Posteado por: Esperanza Jhoncon | abril 16, 2016

Los instintos psicobiológicos y su representación en la realidad social.

dinero sexoEn este breve ensayo nos referiremos a los instintos bajo un enfoque no exclusivamente genético, sino recogiendo sus raíces en la teoría evolutiva de Darwin. Somos conscientes que para los practicantes de cualquier religión que asuma la figura de Dios como creador del universo, la tesis de Charles Darwin respecto a que el ser humano no es sino una especie más de la cadena de evolución de las especies, podría ser contrario a sus principios religiosos. No es, sin embargo, intención de este ensayo discutir acerca de la inacabable controversia si descendemos de los primates o si somos obra de la creación de Dios. Nuestro propósito procura entender cómo el sustrato orgánico–biológico de la especie humana tiene su necesaria representación o correlato en el marco de la realidad social en la que nos desenvolvemos. No somos deterministas, sino analistas. De modo que nuestro análisis nos lleva a reconocer la estrecha correlación entre nuestra naturaleza genética intrínseca y su expresión en la configuración del mundo–sistema que se dibuja conforme nuestros propios impulsos, drive, motivaciones o necesidades.

No pretendemos aquí tampoco entrar al análisis de la jerarquía de necesidades de Abraham Maslow, ni la teoría de la motivación y emoción de William James, ni los fundamentos del instinto en Konrad Lorenz desde el punto de vista de la etología. Quizás abordemos brevemente el enfoque de la teoría de los instintos en Sigmund Freud por su gran influencia en la sistematización de las psicopatologías neuróticas a partir de las fases de la teoría sexual, su obra maestra, y encontrarán también que algunos puntos que exponemos en esta ocasión están relacionados con su ensayo “Más allá del principio del placer”, como enlace al instinto de muerte.

Por otra parte, no nos referiremos a los típicos “instintos de conservación de la especie”, que aparecen como la urgencia perentoria de alimento o bebida para satisfacer una presión biológica inaplazable, o la huida automática frente a un daño o peligro inminente relacionado con un incendio expansivo y abrazador, o un derrumbe de piedras y lodo (huaycos) que se cierne sobre el lugar donde habitamos, o cualquier amenaza que nos apremie a actuar, sin que hayamos previamente aprendido una conducta apropiada que nos permitiría superar el riesgo de perder la vida. Ciertamente, todos sabemos que este instinto de conservación de la especie está mejor desarrollado en los animales que en los humanos, pues aquellos poseen mejores mecanismos de supervivencia o reflejos de acción que los obliga a reaccionar con prontitud y agilidad, mientras los humanos necesitamos un largo proceso de preparación, aprendizaje y experiencia. No obstante, se hará alusión al instinto sexual como componente de los instintos de conservación de la especie, siguiendo la teoría sexual de Freud, que lo denominó Eros en oposición a Thanatos.

Cuáles son entonces los instintos psicobiológicos sobre los que nos ocuparemos para verificar su expresión en el contexto de nuestra realidad social. A nuestro juicio son los que siguen:

Instinto de agresividad. Prácticamente en todas las culturas, la agresividad tiene una connotación negativa. Inclusive, las propias peleas de boxeo, como lucha libre, wresling, artes marciales de distintos países tales como karate, judo, kungfu, etc., aunque son considerados deportes, se presume una condición agresiva intrínseca para su práctica. No obstante, consideramos estos deportes como una canalización adecuada de la carga agresiva instintiva. No merece, sin embargo, la misma deducción que se hace respecto a los enfrentamientos bélicos que han prevalecido desde los inicios de la historia de la humanidad, pues en lugar de canalización positiva, expresan la agresividad de forma directa para obtener un fin determinado; por lo tanto, en el caso de confrontaciones armadas y letales, más bien, se exacerba o refuerza la agresividad como un medio para que el propósito sea alcanzado. La agresividad tiene ciertamente muchas aristas que aquí no vamos a profundizar . Nos limitaremos a la psicogénesis biológica de este instinto que aparece en la primera etapa de la infancia, incluyendo el período de lactancia del bebé, cuando éste muerde el pezón de la madre y “espera” una reacción de ésta, quien suele recriminarlo por expresar su primer acto de agresión. Este acto primigenio de agresión no estaría tanto relacionado con “medir el amor” de la madre, cuanto con la verificación de la fuerza que emana de su boca, específicamente, sus encías. Más adelante, el niño empieza a golpear o pegar, a la madre originalmente (quien es la figura más cercana), prendiéndose de sus cabellos o golpeándole la cara y, pronto, lo hará con otras personas, especialmente, con otros niños. Al niño entonces se le “corrige” diciéndole “eso no se hace”, “no seas malo”, etc. y aprende así las primeras bases del comportamiento moral y el control de los impulsos (o instintos) que la sociedad espera y tiene establecido en el código jurídico penal. De esta manera, la agresión se convierte en uno de los primeros instintos en ser domeñados por la fuerza de la ley por su alto poder destructivo. Pero se obvia que la naturaleza instintiva orientada a la agresión tiene una base orgánica y psicológica, pues el niño desea poner a prueba su musculatura física como organismo viviente en desarrollo. Esta “necesidad” va a prolongarse hasta el inicio de su vida adulta —y probablemente más allá de esta etapa, dependiendo de la maduración— y, desde luego, se hará mucho más visible durante el crítico período de la adolescencia que, con la influencia de las transformaciones hormonales en su organismo, la demanda por desplegar este instinto, dependiendo del entorno familiar, social o escolar, se exteriorizará sin límites (hasta la conformación de pandillas, el bullying, etc.) o el adolescente aprenderá a construir los diques de contención de este instinto (y los otros que acompañan a su desarrollo).

De aquí se desprende que el instinto de agresión tiene una valencia positiva y otra negativa, como las dos caras de una misma moneda. La historia de la humanidad ha sido (y es) la historia de las guerras por la conquista de territorio o el dominio colonial pero también, simultáneamente, han florecido civilizaciones sobre la base de estas luchas de dominación que, una vez entronadas en el poder, han logrado levantar toda la creación de la que el hombre es capaz: domeñar la naturaleza para transformarla a su favor (con las consecuencias devastadoras que ya todos conocemos), la urbanización para reemplazar la vida rural y campesina, la modernidad de fuente industrial, electrónica, tecnológica, digital, etc. De la valencia negativa nos hemos referido en el párrafo anterior y tiene su máxima expresión, ciertamente, en los enfrentamientos bélicos, pero, en el plano cotidiano, en los asesinatos, las violaciones, los actos de destrucción en todas sus formas, etc. Son estas manifestaciones de agresión al orden social y la definitiva falta de límites sociales y éticos, los que determinan el surgimiento del orden jurídico o la carta constitucional de la república, como el cuerpo de leyes sobre la cual se funda cualquier sociedad.

Instinto sexual. No vamos a extendernos respecto a este instinto, extraordinariamente elaborado y sistematizado por el fundador del psicoanálisis: Sigmund Freud. Para los fines de este ensayo, pondremos énfasis en que la urgencia de encontrar un destino que libere su carga no se cristaliza únicamente en los fines reproductivos de la especie humana, sino también legítimamente en la necesidad de placer y felicidad. Pero Freud se refirió de manera incisiva al carácter libidinoso en su teoría de los instintos, haciendo responsable a esta libido de la capacidad o mecanismo de sublimación para la creación de las grandes obras de la humanidad (de allí que la teoría psicoanalítica haya sido catalogada como una expresión de pansexualismo, que a nuestro juicio es erróneo, pues el ser humano sí distingue género en sus relaciones sexuales). No obstante, nuestro punto de vista, como ha sido expuesto en el acápite sobre la agresividad, separa la carga libidinosa de orientación sexual con respecto a la carga agresiva, ambas por cierto como condiciones innatas. ¿Por qué hacemos esta separación? Porque mientras que el instinto sexual tiene su correlato orgánico en los aparatos genitales y su correspondiente componente fisiológico, el instinto de agresividad lo tiene en el desarrollo de la musculatura del ser humano. La capacidad de sublimación es, a nuestro entender, una construcción psíquica que difícilmente podemos verificar de una manera estable, constante y consistente, y en este sentido no coincidimos con su autor ya es nos queda la interrogante de cómo diferenciar si una obra científica, cultural, tecnológica, etc. es el resultado de la inteligencia, el azar o accidente, o la sublimación.

Por otra parte, en el plano de la realidad, el matrimonio, como institución social y legal, ya ha dejado de ser el albergue sine qua non del instinto sexual, pues lo que hasta el siglo pasado aprendimos en las aulas universitarias como perversiones o desviaciones sexuales atribuidas a las relaciones homosexuales, hoy las consideramos aceptables como minorías psicosociales que merecen adquirir derechos patrimoniales, de asistencia en caso de enfermedad, etc. en una gran parte de países, y si la llamada “unión civil” no fue reconocida o ha sido encarpetada en el congreso de la república peruana, por ejemplo, es a causa de la decisiva influencia de la iglesia católica sobre el Estado nacional.

Instinto de posesión . Pocas veces se ha hablado de este instinto como uno absolutamente determinante en la vida de toda colectividad, sociedad o familia. A nuestro juicio aparece precisamente en la interrelación con otros seres humanos y especies que conviven más directamente con las personas. Su psicogénesis está representada por la figura de apropiación del niño respecto del pecho materno y, viceversa, esto es, el sentido de “propiedad” que se desarrolla en la relación de los padres respecto de sus hijos. Ellos son “su propiedad” en la medida que los crían, invierten en ellos, cubren sus gastos, etc. Una de las primeras frases que el niño estructura en el proceso de adquisición del lenguaje es enfatizar la propiedad sobre algo y dice claramente: “Esto es mío”, poniendo los límites a quien quiera usufructuar sobre “su pertenencia”, así sea alguien a quien ame, como su madre.

En el terreno de la realidad socioeconómica, la idea y defensa de la propiedad privada traduce ciertamente la vigencia ancestral de este instinto. Todas las legislaciones del mundo contienen los respectivos candados para garantizar el pleno derecho sobre la propiedad privada, cuya violación constituye un delito, en diversos grados, sancionado hasta con la pena privativa de la libertad. En la economía capitalista sobre la que nos regimos “lo que es mío no puede ser tuyo”, aun se trate de “propiedades colectivas”, como en una junta de propietarios o junta de accionistas, porque los porcentajes de propiedad están claramente establecidos según normas regulatorias infranqueables. Paradójicamente, frente a los intereses sociales, colectivos, de solidaridad, religiosos, etc. se encuentra por encima el interés económico privado o particular. La constitución de la sociedad civil y política ha sido sobrepasada largamente por el interés económico, comercial o financiero del mercado. Son las leyes del mercado las que dictan las pautas de comportamiento, consumo, compra–venta, negocio, trabajo, concepciones laborales. Si, por ejemplo, el mercado laboral atraviesa por un excedente de mano de obra, la remuneración de la fuerza de trabajo se deprecia. Pero, por encima de todo, en medio de las relaciones interpersonales se ha interpuesto un elemento que desnaturaliza la condición humana; esto es, la deforma, deshumaniza o corrompe. Este elemento, ajeno a la condición humana, es el dinero. ¿Qué ha hecho el sistema para entronar el dinero por encima de la condición humana? El sistema ha creado un poderoso aparato institucional para que la vida humana dependa principalmente del dinero. Ese aparato legal es el “sistema monetario, bancario y financiero”, dedicado a usufructuar el tiempo, energía, capacidad, motivación, actividad, etc. de las personas para asegurar la rentabilidad del capital que va acumulando, mientras la gente se va deshumanizando bajo su propio instinto de posesión que le induce a aspirar a un ficticio mundo mejor, pues los dueños del gran capital son ése 1% mundial que se asegura que ése 99% de la población global se debata entre una situación económico–social intermedia y el estado extremo de pobreza con todas las consecuencias derivadas del tránsito entre ambos polos del continuum.

Instinto de muerte. Freud llegó a definir este instinto al establecer la diferenciación entre los instintos de vida y placer (Eros) y el instinto de muerte (Thanatos). Desde luego que su trabajo más elaborado y abundante se refiere al primero de los nombrados. En cuanto al instinto de muerte, Freud lo relacionó en su ensayo “Más allá del principio del placer”, a la patología masoquista —en tanto búsqueda de dolor físico y emocional para sentir placer sexual— complementada con el sometimiento a la personalidad sádica —en tanto ejercicio de la crueldad, agresividad o violencia para experimentar placer sexual—. A esta conocida patología sado–masoquista habría que agregarle los componentes de autodestrucción, suicidio, homicidio, guerras, asaltos brutales y sangrientos, torturas y todo tipo de procesos degenerativos, incluyendo aquél que Freud describió como la propensión a volver al estado inanimado de la materia. Ya que nos hemos referido en los instintos anteriores a cómo se expresan éstos en los niños pequeños, aquí también nos remitidos a la experiencia de “hacerse el muertito” y luego despertar con enorme júbilo y placer “a la vida”, o la experiencia de taparse con una manta y esperar ser destapado para gritar de alegría. Disfrutar de la dicotomía vida–muerte en la infancia de las culturas orientales y occidentales es bastante común y, por cierto, saludable. Pero en los casos de suicidio y homicidio, como patologías con carácter de delito, podemos en cambio extraer la existencia de raíces profundas de una relación desequilibrada y confusa entre los instintos de vida y la muerte.

En cuanto a nuestro entorno de realidad social, ya tenemos claros indicios de la puesta en marcha del instinto de muerte con la extinción de especies de la Naturaleza; la invasión de los aparatos tecnológicos de uso continuo que está contribuyendo decisivamente a la pérdida —tal vez, irreparable— de la capacidad de amar; la profunda crisis económico–financiera que arroja al desempleo y a la situación de homeless a millones de jóvenes que no pueden acceder al estrecho mercado laboral; la incontrolable contaminación ambiental en medio de la cual vivimos y respiramos; la inacción de los gobiernos para adoptar medidas de control contra el cambio climático; la desertización imparable por la tala indiscriminada de bosques, la contaminación y disminución de nuestras fuentes de agua potable; a lo que se suman otros fenómenos producto de cataclismos de la Naturaleza como los terremotos, tsunamis, tornados, huracanes, inundaciones, sequías, etc. tanto como el lento y persistente hundimiento de algunas islas de Japón (otrora segunda economía mundial, ahora superada por China). Asimismo, desde mi particular perspectiva, hay poblaciones de países que durante largas décadas han sucumbido al instinto de muerte, como es el caso de Perú y la mayoría de países de África. Aunque hay similitudes entre Perú como país y África como región, intentaremos explicar sólo brevemente el primer caso como parte de nuestra realidad social inmediata (sin desmerecer en absoluto la atención que debiera tener África por los cuatro siglos de cruenta esclavitud a la que fue sometida su población).

La muerte masiva de la población originaria de Perú tuvo un autor directo: España y su sangrienta conquista territorial, así como el largo proceso de colonización a la que fue sometida la población en condiciones de servidumbre ante el rey de España y la iglesia católica. Los detalles de este proceso serán materia de otra publicación, pero para los propósitos de este ensayo sólo afirmaremos que si bien el instinto de muerte, al igual que los otros instintos psicobiológicos que hemos expuesto, no son fundamentalmente producto de un aprendizaje sistemático, pueden sin embargo ser despertados o incitados por factores externos condicionantes, particularmente debido a la debilidad o vulnerabilidad que se genera a causa de estar sometidos a sistemas verticales donde una figura autoritaria decidía por toda la población incaica. Nuestra población indígena o andina pasó de un autoritarismo propio a su civilización a otro autoritarismo que los obligaba a rendir culto a un rey y una iglesia absolutamente ajenos o desconocidos, bajo acusaciones de blasfemia, herejía y traición que eran castigados con torturas o la muerte. Como en otras culturas autóctonas —la mexicana, por ejemplo; y modernas, como la japonesa—, la muerte es parte de un ritual de veneración, de agradecimiento a los antepasados, reconocimiento a la pervivencia de la tradición ancestral, etc. Pero la muerte con saña causada por manos extrañas, generando violencia sangrienta, humillación y vejación, sólo puede “herir de muerte” y destrucción a las víctimas indígenas. El aniquilamiento de la autoestima llevó inclusive a Túpac Amaru, el gran precursor de la emancipación de América —jamás debidamente reconocido— a declarar ante los realistas que su rebelión de tantos años de preparación no era contra el rey ni la iglesia, sino por mejores condiciones de trabajo y disminución de los tributos. Es decir, ¿dónde estaba la lucha por la tierra, el territorio y la soberanía? A nuestro entender, el instinto de muerte ya se había instalado de manera irremediable en el psiquismo de nuestra población originaria. Hoy, gracias a otros factores externos que lentamente han aparecido en el escenario nacional, un gran sector de esta población se está recuperando para la vida, y los mestizos y criollos tienen la gran responsabilidad ética e histórica de resarcir su deuda con los peruanos nativos.

Lo expuesto en este último párrafo demuestra que nuestros postulados no excluyen en absoluto el papel tan determinante de los factores materiales, socioeconómicos, condiciones medioambientales, influencia de la educación y cultura, el rol de la tecnología aplicada, etc. que, antes bien, cierran el círculo que se inicia con la puesta en marcha de los instintos psicobiológicos, y se reproduce así la cadena en espiral que la especie humana ha expandido a lo largo y ancho de nuestro planeta Tierra.

“Homo Sapiens can be regarded as part of animal kingdom”.
“Love thy neighbor as thyself”.

Lima, 13 de marzo de 2016

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