Posteado por: Esperanza Jhoncon | noviembre 18, 2015

¡Perdón, me equivoqué!

Escuchar¿Cuántas veces ha escuchado usted decir “perdón”? ¿Cuántas veces ha escuchado usted decir “me equivoqué”? Estas expresiones aparentemente sencillas, conllevan un profundo contenido. Por un lado, “pedir perdón” está estrechamente enlazado al sentido de respeto, a la consideración de la dignidad de una persona sin importar su origen ni condición económica y social, e implica una sincera voluntad de resarcimiento por el error o la falta cometida por parte de la persona que lo declara con un mínimo de humildad hacia la persona que siente haber afectado de un modo u otro y en distinta medida. Por otro lado, decir “me equivoqué” lleva implícita la toma de conciencia sobre los actos que cada quien realiza voluntaria o involuntariamente. Dicha expresión indica un acto de madurez psicológica y social, donde la persona es capaz de asumir su responsabilidad o su culpa frente a cualquier situación, grupo o persona. Revela la capacidad para autoexaminarse (o el autoconocimiento del que pocas personas son capaces), y extraer las enseñanzas de la experiencia de vida y enmendar el rumbo para progresar o avanzar a un estado superior. No hay que minimizar la auténtica expresión que dice: “se aprende de los errores”.

No debiera confundirse en modo alguno que, con el necesario propósito de desarrollar la autoestima, se omita o se pase por alto los errores o faltas. La autoestima no se va a desarrollar bajo esquemas de permisividad e irresponsabilidad; al contrario, la estima personal se va a estropear irremediablemente. La autoestima sólo es posible fortalecerla si la persona es capaz de superar los obstáculos y las adversidades que encuentra en su camino. En buena cuenta, si es capaz de superarse a sí misma venciendo sus deficiencias y defectos.

No obstante, en las relaciones cotidianas y, también, desgraciadamente, en el plano político, esta expresión “¡perdón, me equivoqué!” es absolutamente escasa. En su lugar, lo que frecuentemente ocurre en nuestro entorno es la aplicación de dos mecanismos defensivos extraordinariamente nefastos y dañinos para el desarrollo humano y la sociedad. Estos mecanismos son: (a) la negación y (b) la proyección. Vale decir, en el primer caso, frente a un error o falta cometida, o se tiende simplemente a negar la infracción, o, en el segundo caso, mediante una burda astucia ésta se proyecta hacia afuera, particularmente, contra quien hace hincapié en la falta; es decir, que ésta es atribuida precisamente a la persona que la señala y verbaliza.

Bajo el contexto psicoanalítico, sabemos que todos los mecanismos o procesos defensivos operan de manera inconsciente; esto es, nadie planifica cuál mecanismo de defensa utilizar en sus relaciones interpersonales. Sin embargo, cuando la tendencia es reiterativa, ya no en el plano personal, sino a nivel del conjunto de la sociedad, como si fuese un patrón de comportamiento firmemente enraizado, entonces tendríamos que concluir que esta sola deficiencia de personalidad constituye una enorme barrera para el desarrollo de la sociedad. ¿Qué se puede lograr con la negación o la proyección de un problema o conflicto? Sencillamente, se genera el autoengaño y propensión a echar lodo a otros a causa de las propias faltas o errores. Ésta debe ser una de las razones que explicarían por qué la mayoría de personas en general, en un ambiente dominado por las armas psicológicas de lo que comúnmente se llama el “palabreo”, el “floro” o los argumentos subterráneos al amparo incluso de los vacíos legales o los medios de comunicación, se opta normalmente por el silencio, la falta de compromiso, la indiferencia, la apatía, etc. porque lo que prima en el medio peruano es evidentemente la convicción que lo mejor es “no meterse para no entrar en problemas”; esto es, una especie de laissez faire, de modo que el esfuerzo de cambio, modificación, transformación o mutación simplemente desaparece y, por tanto, se mantiene el status quo. Lo que en buena cuenta quiere decir: deja que subsista el problema, aunque el problema se haga más gordo o el conflicto quede irresuelto o se prolongue una eternidad en los juzgados. Y es que, en realidad, el miedo infundido desde temprana edad, paraliza e inmoviliza a las personas a la acción. Cuántas veces hemos escuchado decir a nuestro derredor: “yo no he hecho nada”, “yo no tengo la culpa”, “¿por qué me miran a mí?” Estas son las consecuencias de la educación basada en el miedo a enfrentar los desafíos y las adversidades, así como la privación de la libertad de pensamiento y acción. Esas represiones generadas en las etapas tempranas de vida son difíciles de revertir, pero ése es otro tema que requiere mayor dedicación.

Volviendo específicamente a los mecanismos de negación y proyección, en efecto, se puede entender como “cobardía” y, aunque no seamos demasiado drásticos usando ese término, diríamos que prevalece una debilidad estructural en la psicología peruana. ¿Cuál es su origen? ¿Es posible erradicar estas tendencias nocivas? Lamentablemente, este espacio no nos permite una explicación detallada. Podemos, eso sí, adelantar que sus raíces son ancestrales y tienen que ver con los sistemas de vida y gobierno verticales, donde la libertad ha sido largamente conculcada. La libertad, un valor absolutamente indispensable para el crecimiento, ha sido aquí malentendida. La libertad, valga la aclaración, no significa hacer lo que a uno le viene en gana. Significa sobretodo asumir decisiones, cuyos efectos hay que adoptarlos de manera responsable. En consecuencia, libertad y responsabilidad son valores concomitantes, entrelazados estrechamente uno al otro. Entenderlo es parte de la formación de la personalidad infantil y es tarea del Estado estimular e incentivar la libertad de pensamiento y creación bajo las consecuencias que implica la responsabilidad. Sólo así, es posible fortalecer y enriquecer los recursos humanos de un país y, por tanto, asegurar su crecimiento.

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