Posteado por: Esperanza Jhoncon | julio 20, 2015

¿A qué se refería Huntington con el “choque de civilizaciones”?

Samuel Huntington, miembro asesor del consejo de seguridad de la Casa Blanca, escribió en 1996 que las próximas luchas que tuvieran lugar en el tercer milenio se iban a producir entre civilizaciones, en un intento por contradecir a Francis Fukuyama quien a propósito de la caída del Muro de Berlín señaló que había llegado el momento de “El fin de la historia …”, haciendo un paralelismo con el postulado de Karl Marx respecto a que la historia de la humanidad culminaba con la realización de la sociedad comunista. Ciertamente, al decir de Fukuyama, los sistemas democráticos se han ampliado en el mundo; sin embargo, el impulso socialista no ha desaparecido en el mundo y las democracias instauradas en países no desarrolladas son básicamente democracias formales, electorales y representativas; que contradicen la perspectiva epistemológica de Giovanni Sartori (“¿Qué es la democracia?”, Editorial Patria, México, D.F., 1993, p. 210), quien sostiene categóricamente que:

“… Después de más de un siglo de laceraciones hemos vuelto a entender que a la democracia liberal —el verdadero nombre de la verdadera cosa— no le es necesario solamente el demócrata que espera el bienestar, la igualación y la cohesión social; sino que, además, le es necesario el liberal atento a los problemas de la servidumbre política, de la forma del Estado y de la iniciativa individual. La democracia sin liberalismo, nace muerta …”

De modo que la democracia lleva intrínseca ambas ideas determinantes y concomitantes: libertad e igualdad. La pregunta que queda flotando entonces es ¿cuántos países ejercen los derechos de igualdad y libertad? La igualdad es una condición jurídica que los Estados nacionales debieran garantizar, al igual que la libertad. Pero este último valor requiere no sólo el aval que concede el derecho civil y político, sino que las personas lo adoptan una vez que su nivel educativo y cultural hace posible dicho ejercicio (recuérdese a Erich Fromm en “El miedo a la libertad”, Ed. Paidós, 1941).

Desde luego, no es el propósito de este ensayo discernir específicamente sobre la democracia y sus derechos y atribuciones, obviamente, recortadas en la mayoría de países, desarrollados y no desarrollados, sino sobre el supuesto problema civilizatorio que, según Huntington, enfrentamos. La tesis fundamental de este autor se centra particularmente en el establecimiento de un orden mundial basado en las diferentes civilizaciones que pueblan el planeta. El autor asume, a diferencia de Fukuyama, que esta tesis ubica el conflicto entre civilizaciones, las mismas que generarán guerras donde el contenido ideológico ―como ocurrió en la Guerra Fría― o el factor económico ―como en la Guerra del Golfo Pérsico― será sustituido por las diferencias civilizatorias, una de cuyas variables claves es el tema de la religión que actúa como un componente identificatorio esparcido entre las cinco grandes religiones del mundo: cristianismo, judaísmo, islamismo, budismo e hinduismo. Las diferencias de cultura y religión, sostiene el autor, crean diferencias sobre cuestiones políticas que van desde los derechos humanos a la inmigración, y desde el comercio e intercambio económico hasta el medio ambiente.

No obstante, a pesar que Huntington reconoce una occidentalización planetaria gracias a la influencia de EEUU y Europa a través de las organizaciones internacionales como las NU y el FMI, existe hostilidad de parte de los Estados no occidentales contra Occidente, particularmente de los países islámicos contra los intereses de EEUU (¿Supondrán acaso que eran justas y “legales” sus intervenciones en los países islámicos, destruyéndolos?). Es importante hacer notar que Huntington se refiere a EEUU como la nación legítima y representante válido de Occidente (y la equipara también como “la civilización americana”, p. 118, cuando en realidad es sólo puede ser considerado como un estilo de vida). Por otra parte, el autor no alude en modo alguno que es a consecuencia del abuso del poder hegemónico de su país, su desconocimiento y falta de respeto por las naciones que han optado por un sistema cultural y político diferente a Occidente lo que ha determinado la situación de, digamos, “paranoia” de Washington con respecto a otras civilizaciones no occidentales, principalmente las islámicas y las que él denomina confucianas (lo que por cierto constituye otro error porque el confucianismo no configura por sí mismo la civilización china). De manera que, la perspectiva de dividir el orden mundial bajo las diferencias de civilización es, si no cuestionable, sólo una respuesta que podría interesar a la administración de EEUU para saber con quiénes se enfrenta en su tenaz lucha por la protección de los intereses norteamericanos en todo el planeta o, en buena cuenta, como otros autores prefieren llamar: el “neocolonialismo americano”. Ciertamente, las élites norteamericanas ―abocadas en consolidar su poderío ideológico, político, económico y cultural― han despreciado otras estructuras políticas o naciones que han basado su organización social en parámetros distintos a la cultura anglosajona. No obstante, insisten ―a través de este académico y otros, como F. Fukuyama― que EEUU debe enfrentar a las civilizaciones no occidentales. ¿Para qué? Obviamente, para sojuzgarlas con sus condicionamientos y reforzar así su poder, en lugar de extraer lecciones respecto a sus fracasos en países como Vietnam, Irak, Afganistán, etc. Todo lo cual, en suma, el autor no hace otra cosa que reafirmar, hacia el final de su libro, que el problema de fondo se resume en “que el eje supremo de la política mundial serán las relaciones entre “Occidente y los demás” … Esto exigirá, afirma, que Occidente debe mantener la potencia económica y militar necesaria para proteger sus intereses en relación con esas civilizaciones … (y lo que sigue es una recomendación para la Administración Washington:) Requerirá también, sin embargo, que Occidente desarrolle una comprensión mucho más profunda de los presupuestos religiosos y filosóficos fundamentales que son la base de otras civilizaciones… Finalmente, Huntington llega a una conclusión obvia, y que debieron respetar desde casa: con sus propias comunidades amerindias. No habrá una civilización universal, concluye (y no es nada nuevo), sino un mundo de diferentes civilizaciones, cada una de las cuales tendrá que aprender a coexistir con las demás”, p. 130. Esta última aseveración es la más importante de todo su libro (y desdice el título de su trabajo), pues es coherente con los principios democráticos y los derechos humanos universales. Pero antes de llegar a esta conclusión, el autor realiza un amplio recorrido explicando la situación de amenaza para el mundo occidental por parte del surgimiento del fundamentalismo islámico al afectar sus intereses y su poder global. Desde su perspectiva, la superioridad alcanzada por Occidente, o EEUU propiamente, y su poder atlántico (con la clara exclusión de AL) no debiera ser objeto de cuestionamiento por otras formas de civilización, dado sus enormes avances en materia de desarrollo económico, científico, tecnológico, etc. Huntington refiere así una extensa relación de conflictos originados en lugares ajenos a Europa y EEUU, resaltando los defectos y debilidades y/o las deformaciones confrontacionales producidas en distintas áreas de Medio Oriente, países árabes, Turquía, Rusia, China, etc., sin mencionar una sola palabra respecto del largo y sangriento conflicto religioso e interétnico (e inclusive, terrorismo) entre Irlanda del Norte e Inglaterra y los republicanos irlandeses, ni mencionar tampoco la lucha separatista del país Vasco en España, ni hacer una sola referencia al interminable, cruel, doloroso, asimétrico y humillante conflicto entre Israel y Palestina, y mucho menos referirse a los graves problemas raciales y discriminatorios dentro de EEUU.

Por consiguiente, no es el choque de civilizaciones lo que dominará la política global, sino el desafío que tiene EEUU para conservar su hegemonía mundial aun sin conocer los alcances y limitaciones de cada una las civilizaciones no occidentales, pues la gran potencia ha dedicado más energía en engrandecer su poderío militar ―cuyo presupuesto supera el de siete países juntos (China, Rusia, Arabia Saudita, Francia, Reino Unido, India y Alemania, según el Instituto de Investigaciones para la Paz con sede en Estocolmo (2014) http://books.sipri.org/files/FS/SIPRIFS1504.pdf )― en lugar de intentar un conocimiento profundo de otros sistemas sociales y culturales de vida, y respetarlos.

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