Posteado por: Esperanza Jhoncon | noviembre 24, 2014

El Capitalismo y su desenlace

Es obvio que a todos nos preocupa el desenlace que el capitalismo sufrirá en los próximos años, pues ―a favor o en contra― estamos inmersos en este sistema de vida y orden internacional. Pero nadie tiene una bola de cristal para ver a través de ella el futuro, así como nadie pudo consultar con un oráculo acerca del colapso de la ex–Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, ni podía prever que el socialismo agonizaría dramáticamente y se daba término así a las tensiones internacionales que la guerra fría ocasionó, sustituyéndolas por otro nivel de confrontaciones. Sin embargo, pese a esos acontecimientos tan significativos que ocurrieron antes de concluir el siglo pasado en el bloque socialista y en el plano mundial, todavía subsisten otros regímenes comunistas a pesar de encontrarse muy mermados en su vigor. El caso más relevante es el de China (aunque algunos autores prefieren categorizar a esta nación como “capitalismo de estado”), pero también figuran Cuba y Corea del Norte como tercos bastiones de este régimen. Con lo cual provisionalmente podríamos concluir que si un evento tiene la intensidad necesaria para generar un fuerte impacto en la colectividad, llegando a ocupar un lugar en la historia ―sea de carácter positivo o negativo (como el terrorismo, por ejemplo)―, jamás desaparece. En los tiempos actuales nuestra gran interrogante es ¿qué podemos esperar del capitalismo? Vayamos paso a paso …
El capitalismo no es históricamente el sistema económico más largo que la humanidad haya experimentado. El esclavismo, el feudalismo y el colonialismo ―como parte del prolongado período de mil años de la Edad Media― han ocupado más bien la mayor parte de la historia humana. No obstante, estos esquemas de relaciones socio–económicas fueron sustituidos por el capitalismo a partir del siglo XIX y, entonces, junto con el desarrollo de la revolución industrial y el poder económico adquirido por las metrópolis coloniales, ha sido capaz de imponerse en el mundo occidental creando la clase capitalista, empresaria e inversionista, así como la clase obrera o trabajadora que vende su fuerza laboral a cambio de un salario. Con el capitalismo, según Karl Marx, el trabajo perdió su carácter de actividad humana y se convirtió en una mercancía generadora a su vez de plusvalía o ganancia, la misma que va a parar a manos del capitalista por su condición de propietario de los medios o herramientas de producción. Esta estructura de relaciones productivas subsiste hasta nuestros días.

No cabe duda que el apogeo indiscutible del capitalismo alcanza su mayor esplendor en la segunda mitad del siglo pasado, que es cuando además la burguesía se encamina hacia su irremediable desaparición, al igual que resulta inevitable el declive de poder de los imperios colonialistas. Aparecen entonces las potencias económicas, políticas y militares que pugnan por conseguir hegemonía en el mundo, particularmente después de la II guerra mundial; acontecimiento histórico que marca la indudable supremacía de Estados Unidos de Norteamérica sobre el resto de potencias aliadas. EEUU se erige así como la superpotencia política, económica, militar y cultural, cuya expansión ya no consiste en ocupar territorios y colonizarlos, sino en posicionarse estratégicamente en todos los puntos claves del planeta para ejercer un control militar sobre el área de influencia. Su inigualable dominio tecnológico aéreo a nivel de todo el planeta ―reforzado sin duda durante la guerra fría― no tiene ningún referente comparativo en la historia. No obstante, hoy, está pagando con creces el costo que le ha demandado el papel de superpotencia en el escenario internacional.

Así las cosas, frente a la debacle de la economía estadounidense y sus aproximadamente 15 millones de desempleados, la prolongada recesión económica que vive Europa y los crecientes porcentajes de población que entran diariamente al paro, muchos analistas se preguntan si Karl Marx tuvo razón al afirmar, por una parte, que el capitalismo albergaba en su propio modo de producción las semillas de su irremediable destrucción y, por otra parte, que la lucha de clases era inevitable una vez que las fuerzas productivas alcanzaran un alto grado de desarrollo y concientización. ¿Está el capitalismo en proceso de extinción o decadencia? ¿Asistirá el mundo a un enfrentamiento entre las clases llamadas pudientes y las menos favorecidas? ¿Seguirán teniendo espacio las confrontaciones de naturaleza gremial en esta sociedad post–moderna?

No es nuestro propósito limitarnos a estas interrogantes que podrían tener sentido para los pro–marxistas y anti–marxistas. La evaluación que aquí ofrecemos tiene que ir más allá de las cuestiones doctrinarias, las cuales no hacen sino restringir cualquier análisis al terreno del debate político cuando lo que nos interesa es correlacionar todas las variables relevantes que están en juego en un mundo que empieza a sentir las primeras señales de unos cambios drásticos tanto como otros de carácter gradual, para producir un desenlace no fácilmente previsible.

ESTRUCTURAS DE PODER DEL SISTEMA CAPITALISTA
Ya son muchos los autores que se han ocupado con sobresaliente detalle de las estructuras de poder con que cuenta el sistema capitalista para mantener su vigencia y dominio como orden económico que rige las vidas de la mayor parte de la humanidad. Claro que también hay voces que claman por un nuevo orden económico mundial más justo, sin que hayan alcanzado aún mayor trascendencia. En consecuencia, este trabajo no se extenderá en la descripción y análisis de tales estructuras que sostienen el sistema capitalista. Simplemente haremos una revisión abreviada de ellas, considerando su papel en la sociedad contemporánea.

El sistema financiero

La “misión” del capitalismo es promover el crecimiento económico, el cual se mide por los indicadores económicos, el PBI, la estabilidad de precios en función de la ley de oferta y demanda, la tasa de inflación, el estándar de vida de la población, el empleo de la capacidad instalada, entre otros factores. Para conseguir estos objetivos el capitalismo se vale de la circulación de capital que tiene como principal eje movilizador del dinero a la cadena nacional (o mundial) del sistema bancario, cuya función como intermediario consiste en usufructuar de aquellos clientes ―personas naturales o jurídicas― para obtener beneficios económicos a través de tasas de interés, cartas de crédito, etc.
Actualmente el sistema financiero de cada país está, por decir así, regulado internacionalmente; vale decir, que los países difícilmente pueden salirse de los estándares fijados por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Desde luego que la mayoría de países del mundo se suscribe a esta entidad con el propósito de ser sujetos de crédito y, como contrapartida, el resto de países–miembros exige de cada país comprometerse en asegurar la estabilidad económica mundial. En tal sentido, los países están presionados a equipararse con los estándares económicos antes señalados, siendo sujetos asimismo a evaluación constante por parte de las calificadoras internacionales de riesgo. En las condiciones actuales, por acuerdo con el FMI, los países–miembros se han comprometido a encarar de la mejor manera posible la crisis mundial y a evitar que la recesión se agudice. No obstante, los niveles de inestabilidad monetaria son tan altos que en el caso del dólar, como patrón monetario antes irrebatible, continúa desde hace buen tiempo perdiendo terreno ―los picos de aparente elevación son sólo temporales― y vuelve a ser más confiable la onza de oro y, en menor medida, la plata.

El estado nacional

Probablemente desde el “New deal” de Roosevelt, que si bien no significó ninguna revolución ni política ni económica en EEUU, logró establecer sin embargo el modelo de “estado benefactor” para el resto de países, pues el estado se hizo entonces cargo respecto a que su función no solamente era gobernar y administrar el país, sino también incluía proveer asistencia social a los grupos sociales más vulnerables. Este modelo ha funcionado ―y sigue funcionando a pesar de las deficiencias a causa de la recesión― particularmente en los países desarrollados. Los países no industrializados tratan de emular este modelo de estado, pero confrontan una excesiva carga de problemas de toda índole: algunos, en cuanto a la legitimidad de representación; otros, referidos al enorme tamaño del aparato estatal; otros, traducen problemas de arraigada corrupción; otros, prolongan su existencia con un centralismo crónico, empujando hacia la marginalidad a grandes zonas del país; otros, carecen de solvencia presupuestal para afrontar los problemas nacionales, etc.
Como hemos señalado en otros artículos, los llamados países en vías de desarrollo ―algunos de los cuales son llamados “emergentes”― no lograron constituir el estado–nación como construcción estructural unitaria e internamente articulada. La globalización se les adelantó y ahora no les queda otra opción que funcionar de manera fragmentada frente a otras áreas geográficas pertenecientes a otros territorios nacionales. Por lo tanto, la tarea que tienen ante sí es doble: tanto en la construcción y desarrollo del frente interno, como en el establecimiento de sólidas alianzas de diverso orden con el frente externo. Si ambos frentes no son trabajados eficientemente y a cabalidad, los riesgos de inestabilidad se incrementan para el propio estado nacional. No obstante, para cumplir con ambos cometidos, es imperiosa la necesidad de emprender la reforma del estado a fin de crear una estructura dinámica, flexible y eficiente.

La industrialización y el mercantilismo

Decíamos en el ensayo anterior que la revolución industrial fue obra del empuje agresivo (agresividad constructiva) de aquellos países que tomaron la iniciativa y asumieron el riesgo de convertir las materias primas en productos manufacturados añadiéndoles valor agregado. Con este mecanismo económico, que procuraba el enriquecimiento de los inversionistas, aparecieron las numerosas fábricas: automotriz, metal–mecánica, maderera, textil, confección de prendas de vestir y calzado, etc. Con las inversiones de capital en todos los sectores de la producción fue posible a su vez la inversión en infraestructura y servicios básicos para la población, desarrollándose así las microrregiones y formando un tejido social y económico para el intercambio mercantil–comercial. La población empezó a adquirir productos y artículos de uso industrial, comercial o doméstico y se creó un gran mercado interno, y seguidamente, transnacional para ampliar las ventas y el consumo.
Con el proceso de industrialización y el intenso mercantilismo se generó asimismo la especialización del trabajo. Los empresarios apuntaron a la formación de profesionales y técnicos con especialidad en alguna materia específica que fueran completamente funcionales al sistema. La filosofía del conocimiento integral fue desapareciendo de los centros universitarios, para formar “especialistas” que se adecuaran a las necesidades del mercado cada vez más creciente, y abastecer igualmente a una clase media que iba creciendo en tamaño, gracias también a una dinámica generación de empleo masivo.

El sistema jurídico

Nos referíamos también en el ensayo sobre agresividad que fue necesaria la creación una normativa legal de carácter punitivo–sancionador para aquellos actos delincuenciales, criminales o reñidos con el orden social. Pero, en el marco del capitalismo, no era suficiente incidir sobre la conducta de los individuos, sino determinar también si estas conductas atentaban contra el derecho de propiedad sobre los bienes de las personas naturales y jurídicas. Una legislación específica que protegiera la propiedad se hizo entonces absolutamente necesaria. En tal sentido, las leyes fueron ampliadas y reforzadas para garantizar la inviolabilidad de la propiedad privada, de la misma manera que se han creado instancias que velan por las marcas o patentes registradas, sean éstas de carácter industrial, científico, tecnológico, comercial o intelectual. Las leyes protegen actualmente el derecho de propiedad de los objetos tangibles e intangibles, asegurando legalmente a sus dueños o autores de cualquier usurpación al margen de la ley.
El sistema jurídico en el capitalismo también ha creado un orden tributario que obliga a todas las personas naturales o jurídicas a desembolsar un porcentaje variable de los ingresos que percibe con el propósito de sostener económicamente el aparato estatal y su presupuesto de operaciones. No obstante, en los países menos desarrollados, donde el porcentaje de informalidad es significativamente alto, los impuestos sólo reposan sobre quienes se encuentran bajo control formal, mientras que existe en estos países un alto grado de circulación monetaria que tiene orígenes ilícitos, como el narcotráfico, el contrabando, el tráfico de armas, etc. El sistema capitalista no ha logrado aún controlar estas deformaciones o lacras del sistema, ni tampoco ha podido hacer frente al enorme porcentaje de evasión impositiva.

La educación

Mientras subsistía el espíritu de soberanía y orgullo nacional, muchos estados se ocupaban de proveer a su población escolar de los mejores niveles escolares posibles, promoviendo además el patriotismo a través de los símbolos más representativos y las lecciones incluso de carácter militar y la historia nacional, contrastada muchas veces con los estados fronterizos. Por aquél entonces, en el Perú existían destacadas instituciones educativas, las cuales eran llamadas: “grandes unidades escolares” (GUE), las mismas que contaban con docentes altamente calificados y los alumnos tenían un régimen de estudio completo que ocupaba tanto las horas de la mañana como las tardes, incluyendo las mañanas de los sábados. Pero, conforme la población escolar fue creciendo, el estado optó por declararse incapaz de sostener el nivel de enseñanza–aprendizaje de los alumnos, y dichos centros fueron divididos en dos turnos de enseñanza para albergar al doble de alumnos, con lo cual no sólo se vio mermada la calidad de la enseñanza, sino que la infraestructura educativa se vio expuesta a un acelerado proceso de deterioro.
La situación de la educación estatal no ha mejorado. En su lugar, el estado ha transferido esta función al sector privado, concediendo licencias de funcionamiento a diestra y siniestra, aperturándose así todo tipo de colegios, institutos y universidades, que han convertido a la educación en un negocio altamente lucrativo, aprovechando precisamente que los padres de familia se ven obligados a invertir por este concepto en la esperanza de un futuro mejor para sus hijos.
¿Qué se enseña en los colegios o escuelas y cómo se enseña? Son preguntas claves para determinar cuánta voluntad y disposición tiene el estado para trabajar por el futuro de los niños y jóvenes que son realmente el futuro del país. Si el estado nacional da poco por la formación de sus futuros ciudadanos, poco también es lo que obtendrá el país de ellos. Ningún país que no invierta decididamente en su recurso humano, puede esperar un futuro promisorio para la nación entera. La mayoría de países desarrollados ha realizado grandes inversiones en la educación de su población. De allí que los egresados de una formación de primer nivel hayan sido capaces de generar fuentes de capital para incrementar las inversiones en todos los terrenos de la actividad económica. La férrea convicción en el capitalismo ha tenido siempre en la mira la formación educativa de los ciudadanos para asegurar la perpetuidad del sistema.

El impacto del instinto de agresividad en el desarrollo humano

El uso constructivo y destructivo de la agresividad.

Bien es sabido que Freud definió el mecanismo de sublimación como el proceso psíquico capaz de canalizar positivamente el instinto sexual, permitiendo así que el sujeto se oriente hacia fines altruistas, intelectuales, artísticos o científicos. Sin embargo, la canalización del instinto de agresividad no encuentra razones para adoptar el término de “sublimación”, pues la agresividad no tiene nada de sublime. A mi modo de ver, la agresividad se muestra en dos vertientes, y estos dos lados antitéticos de la agresividad conforman, al mismo nivel, las dos caras de una misma moneda; vale decir, que la agresividad es capaz de tener una valencia positiva y otra negativa, según el uso que quiera darse o según cómo se encamine y canalice este instinto. Está demás decir que la valencia negativa es la responsable del uso altamente destructivo de la agresividad en todas las esferas de la vida humana. Las guerras acontecidas a lo largo de la historia de la humanidad han tenido a la agresividad como eje fundamental de su ocurrencia. Inclusive, hasta la fecha, nuestro mundo nunca ha dejado de experimentar guerras. Habría que asumir entonces que Immanuel Kant tenía razón cuando señalaba que la historia de la humanidad es la historia de las guerras. Muy a pesar de los esfuerzos por la paz, el mundo está colmado de armas altamente destructivas, desde las convencionales a las no–convencionales como las armas químicas, biológicas y nucleares, las cuales siguen produciéndose, ensayándose y perfeccionándose. Los ejércitos de cada país ―que tienen el monopolio del uso de las armas― son los exponentes directos de que el instinto de agresividad se encuentra en la base misma de la naturaleza humana. La agresividad está institucionalizada en las fuerzas armadas y policiales de todos los países, aunque su carta de presentación exprese que son los custodios de la paz. En la práctica, el poder bélico de cada ejército se traduce en la potencia armamentística que posee. Quizás Costa Rica sea el único país que haya renunciado constitucionalmente a contar con unas fuerzas armadas; no obstante, recientemente ante la disputa territorial con Nicaragua se ha visto obligada a pedir ayuda militar a Estados Unidos de Norteamérica basándose en un acuerdo marítimo conjunto. Está claro entonces que no se puede cancelar unilateralmente la agresividad, pues brota fácilmente ante circunstancias o personas que se colocan en situación vulnerable. Por consiguiente, tal parece más bien que para alcanzar un estado de neutralidad, hay necesidad de llegar a entendimientos y acuerdos consistentes, así como desarrollar mecanismos de protección que garanticen la aspiración por la paz entre los estados.

Pero decíamos líneas más arriba que la agresividad tiene también una valencia positiva ¿cómo es posible verificar esta afirmación? Sin duda, algunos docentes pueden testimoniar que asignando responsabilidades y funciones, así como concediendo reconocimiento público, un joven agresivo puede convertirse en un líder carismático y positivo, digno de respeto y admiración. Simultáneamente, en el plano colectivo, grupal o social también nos es posible constatar que la agresividad tiene su vertiente constructiva. En efecto, la agresividad ha sido también el motor de las grandes transformaciones de la civilización. Estadios superiores de civilidad no se han logrado gracias a la libido sublimada, sino a la fuerza muscular que ha sido capaz, por ejemplo, de encargarse de domeñar la Naturaleza y la fiereza de los fenómenos naturales (tornados, vientos huracanados, inundaciones, tempestades, etc.) para ponerla al servicio del género humano y hacer de nuestro habitad un espacio ordenado y organizado. La agresividad también ha sido el impulso básico y decisivo para la creación de la revolución industrial y tecnológica en los países donde ha primado la capacidad para canalizar constructivamente la agresividad. Ahora, sin embargo, esos países tienen desde luego que hacerse cargo de la basura industrial y tecnológica que han generado, contaminando el medio ambiente, y no adscribir tal responsabilidad a los países no desarrollados, ni limitar injustamente sus opciones de desarrollo.

El papel de la religión y la educación en la agresividad.

Es interesante señalar que los países cuyas poblaciones practican principalmente el protestantismo, como las naciones anglosajonas europeas y los Estados Unidos de Norteamérica, son las que han alcanzado el más alto nivel de desarrollo que registra la historia. Me pregunto entonces si el factor oposición al poder del dogma legitimado ―que corresponde a la iglesia católica y el Vaticano― no tendrá acaso incidencia en una mayor capacidad para expresar y desplegar el instinto de agresividad, y convertirlo a su vez en una fuerza constructiva. En los países mayoritariamente católicos, como los que pertenecen a la región latinoamericana, la agresividad está mal vista, no se tolera, inspira temor, e inclusive, espanto; y por lo tanto, nunca se la ha asumido como una variable capaz de incidir decisivamente sobre la transformación de la sociedad, canalizándola apropiadamente y en su justa medida. La influencia de la religión cristiana ha sido absolutamente determinante en la población menos favorecida por el desarrollo. El cristianismo ha inducido a la población a la sumisión, la pasividad, al conformismo y a la anulación del instinto agresivo. Le ha remarcado a los feligreses que “si te dan una bofetada en una mejilla, pon la otra”, y con este proceder “ganarás el reino de los cielos” (recompensa). Las imágenes de la “pasión de Cristo” siendo golpeado, azotado, torturado y humillado, es decir, agredido violentamente por sus verdugos romanos se repiten todos los años, y se transmiten de generación en generación.

La práctica religiosa cristiana en casi todas las escuelas de las sociedades de América Latina está muy extendida y aceptada. Los representantes de la iglesia católica desempeñan un papel educativo clave en la población escolar. Todos los niños son educados bajo el principio de fe, y la fe no se cuestiona ni se razona, sólo se acepta por un acto de convicción hacia la autoridad que representa la iglesia. Los niños son bautizados desde que nacen, y durante su época escolar son preparados para la primera comunión y luego la confirmación. Asisten a los ritos católicos, muchas veces, no necesariamente respaldados por una toma de conciencia, sino como un acto consuetudinario, pues constituye un modelo de ejercicio de la espiritualidad en la escuela tanto como en sus propios hogares. La reiterada declaración, que no admite cuestionamiento alguno, respecto a que “Cristo murió en la cruz por nosotros” no tiene otro propósito que introducir la vivencia de culpa, y los culpables, merecen castigo. Éste es el pilar de la educación alrededor del cual se construye en el Perú ―y otros países latinoamericanos― la postura de sumisión condicionada externamente para anular o hacer abortar la expresión de los instintos humanos. Pero, desde luego, como todo instinto coartado en sus fines busca una descarga subrepticia. La sumisión es sólo aparente y esconde tras sí su verdadera condición biológica, quizás más acentuada en tanto en cuanto el instinto se halla sometido a la prohibición, es decir, a la imposición de un control desde afuera. No obstante, cuando este modelo de comportamiento se reproduce de una generación a otra en forma reiterada, podemos afirmar que dicha postura de sumisión se convierte ya en un producto genético. Y, en efecto, la disposición hacia el sometimiento está enraizada desde la época de la colonia, y ha desempeñado una función completamente nefasta, ya que ha conspirado contra el desarrollo del país. J.C. Mariátegui decía que los peruanos “tienen el cansancio de los que no hacen nada”, para referirse precisamente a esa postura de abandono de sí mismos y de su entorno. La gran pregunta que aquí cabe es ¿cómo cambiar ese estado de cosas? ¿Estaría dispuesta la población peruana a cambiar parte sustancial de su estructura comportamental?

Los instrumentos de control de la civilización.

El principal instrumento de control de la civilización occidental es, qué duda cabe, el sistema jurídico. Las leyes han sido ideadas para controlar y frenar en forma directa el instinto de agresividad, debido a su potencia nociva, dañina y perturbadora de la sociedad y la convivencia humana. La constitución y las normas legales castigan, penalizan y sancionan toda manifestación o acto de agresión. Lo mismo hacen los padres y maestros frente a los diversos grados en que se expresa la agresividad, particularmente cuando irrumpe violentamente con el orden establecido.

Efectivamente, son los aparatos de control institucional los únicos medios diseñados para garantizar la paz, el orden, la estabilidad y la seguridad. Pero las formas de control que se ejerce sobre la agresividad no son las mismas en todas las regiones del planeta. ¿De qué depende que en ciertos países no se vea ningún solo efectivo policial en la calle, mientras que en el Perú por ejemplo tenemos policías en todos los cuellos de botella del tránsito de vehículos, en las instituciones públicas y privadas, en los hoteles y centros de recreación, en los colegios privados, en los centros comerciales, etc.? Nos sería sencillo afirmar y establecer la interrelación entre paz, orden, estabilidad y seguridad con el nivel educativo que alcanza la población. No obstante, no basta la educación por sí sola, también se requiere una sociedad organizada, donde el cumplimiento de las normas permita predecir el comportamiento de las personas. Sin embargo, hay países donde su población “ha aprendido a sacarle la vuelta a la ley”, y por ello la conducta deja de ser predecible. Estas sociedades permanecen desde luego inestables, difusas (o confusas), desorganizadas, desordenadas y, desde luego, también vulnerables. En las sociedades avanzadas, las cámaras de vigilancia reemplazan a los policías; pero además y sobre todo existe en tales países, por un lado, un alto nivel de concientización en relación al acatamiento de la ley y, por otro lado, han construido un sistema estatal de poder tan bien estructurado y articulado que resulta inquebrantable. No es realmente visible a simple vista, pero opera de manera efectiva. El reciente caso del movimiento callejero en Inglaterra es un ejemplo. La alteración del orden establecido se prolongó sólo unos pocos días, pero luego de la protesta catártica todo volvió al usual estado de normalidad. Es por cierto una cuestión que asegura el establishment.

El caso de China es distinto: los controles funcionan esparcidos en todas las instituciones, las provincias y la población en general. El partido comunista chino ha ocupado literalmente cada porción del territorio del país, y sus cuadros partidarios ejercen la labor de supervigilar el funcionamiento de la sociedad, pero también, y como contrapeso, han logrado que la población se mantenga ocupada todas las horas de vigilia, sea en los estudios, el trabajo, los negocios, o en sus metas competitivas de lucha incesante y tenaz por alcanzar un reconocimiento social y/o colectivo, y de ese modo salir de la masa anónima. Son muchos los que están empeñados en esta carrera y el estado estimula, premia y recompensa a quienes ponen en juego este perfil de ciudadano: laborioso y persistente en los propósitos considerados deseables por la sociedad. Paralelamente, no sólo los dirigentes comunistas y los líderes políticos desarrollan la labor de control poblacional, sino también ejercen una labor de persuasión constante por el orden aquellos ancianos de reconocida vida correcta, los maestros y consejeros de la colectividad, y cualquier adulto que tenga perfectamente asimiladas las aspiraciones de la sociedad china como nación unitaria y solvente. Así funciona China, como un coloso que tiene bien asidos a su seno sus recursos, sus componentes y sus metas. Sobre la base de una conveniente canalización del fuerte instinto agresivo, China ha logrado que sus ciudadanos practiquen el autocontrol o la autocensura. Pero no hay que olvidar tampoco que ninguna sociedad tiene garantizada su estabilidad. En el caso particular de China, tal estabilidad puede quebrarse en tanto en cuanto los dirigentes políticos ya no sean capaces de satisfacer las demandas de la población, con lo que perderían legitimidad (los líderes chinos son conscientes de su labor de representación para sostener su legitimidad, y son también plenamente conscientes de las implicaciones que tal función entraña en la nación que todavía cuenta con la más alta población mundial).

La función del estado y los políticos.

Queda claro que el instinto de agresividad es una condición biológica y genética que determina el carácter poblacional. Pero la historia y los condicionamientos inducidos no pueden obviarse. En sociedades que han sido invadidas, arrasadas, y su cultura y modus vivendi han sido destruidos, como en el caso de los nativos indios de Estados Unidos de Norteamérica o Canadá o Australia, y para no ir muy lejos, los propios nativos e indígenas del territorio peruano, el instinto de agresividad ha sido realmente aniquilado y bloqueado, la organización social ha sido derrotada, y gran parte de su población original ha sido exterminada. Quedan los restos, rezagos o huellas de ese mundo indígena. Muchos están en completo abandono, otros en estado de postración, otros deambulando de un lugar a otro como buscando una salida, otros arrinconados en su soledad y aislados del mundo, otros más, dedicados al vicio del alcoholismo o a conductas negativas e ilícitas de todo tipo. Son por cierto los derrotados, los vencidos por el conquistador en las guerras destructivas de invasión, donde se medían en fuerzas claramente desiguales.

¿Por qué Alemania y Japón, siendo potencias derrotadas en la II guerra mundial, lograron levantarse como naciones imponentes y superar el trauma de la guerra? Precisamente porque las potencias aliadas, lideradas por Estados Unidos de Norteamérica, si bien destruyeron el poderío militar de esos países, fueron incapaces de destruir la fuerza biológica motriz o el instinto de agresividad de esas poblaciones. Y, no sólo el instinto de agresividad quedó intacto, sino también la capacidad organizativa de dichas sociedades. Por eso se reconstruyeron y son lo que hoy, a pesar de la recesión mundial, naciones organizadas en lo político, social y cultural, además de poseer solvencia y autonomía económicas.

El caso de China es particularmente especial. China fue efectivamente el país vencedor de la invasión japonesa, donde millones de chinos murieron en esa guerra prolongada que además dejó un país desecho en la más honda destrucción y el caos total. No fue nada fácil levantarse de la miseria y la hambruna. Inclusive, después de la salida de los japoneses, mucha sangre siguió corriendo porque al interior de China se disputaban dos fuerzas: las del kuomindang y las del gongchandang, es decir las fuerzas nacionalistas y las comunistas. Vencieron estas últimas, porque la población le dio su respaldo y la legitimó en el poder. Hoy, después de concluir la guerra civil a mediados del siglo pasado, las dos fuerzas pueden lucir sus logros económicos y comerciales, pero subsiste hasta nuestros días la rivalidad político–ideológica. Con todo, lo más importante a destacar, se resume en la pregunta ¿de qué ha dependido esta fuerza constructiva? Desde nuestra óptica, la respuesta está en que, a pesar del conflicto que la guerra civil china ha dejado pendiente, la población en general no sólo se ha apoyado en la valencia positiva de su instinto de agresividad, sino también en su capacidad e intensa necesidad de organización social. De ambos factores ha dependido sin lugar a dudas sobreponerse a la destrucción y alcanzar desde hace tres décadas un importante papel económico en el mundo.

En consecuencia, nuestro análisis nos revela la extraordinaria importancia de la legitimidad del estado. Es obvio que un estado adquiere incuestionable legitimidad cuando es capaz de integrar a toda su población, enlazándola entre sí sin exclusiones; cuando es capaz de fijar el horizonte de la formación educativa, señalando las líneas maestras del rumbo para los educandos; cuando es capaz de formar un tejido económico y comercial articulando a todos los componentes, regiones y sub–regiones del país para formar una nación; cuando es capaz de conectar a toda la población a través de vías de comunicación para que se desarrolle un mercado interno o un mercado nacional; cuando es capaz de dar protección y sanidad a la población más vulnerable en su seno; y, en relación al tema objeto de este ensayo, cuando es capaz de señalar las rutas por donde debe canalizarse la agresividad natural de la población, sin represiones, sino con mecanismos de expresión constructiva, viables y efectivas que apunten asimismo a ideales compartidos y a metas comunes.

Pero para alcanzar los fines antes mencionados, un estado legítimo debe ante todo representar a cabalidad e íntegramente los intereses de la población por medio de políticos intachables e impecables tanto en su práctica política y profesional como también en el terreno personal y moral. El liderazgo se resquebraja y debilita cuando la población constata actos de corrupción o actos reñidos con la moral, los cuales desgraciadamente gracias a la prensa de investigación y el crecimiento de la burocracia estatal se han generalizado en muchos países del mundo. El liderazgo tal como fue concebido ha caído mayormente en el descrédito, a causa de la falta de convicción y compromiso para dirigir los destinos de los ciudadanos comunes. Dos graves problemas deben trabajarse con ahínco en un país como Perú: (a) la falta de valores colectivos coherentes con la realidad concreta del país, y (b) la carencia de una sociedad organizada en los aspectos claves del desarrollo, tales como: infraestructura y servicios básicos, vías modernas de comunicación, formación de un tejido social para el intercambio comercial, educativo y cultural, y sobre todo eficiencia y eficacia en el aparato estatal, reduciendo su tamaño y reformando tanto tu estructura como sus funciones para delegarlas a la sociedad civil. Una nación que se precia de serlo debe asumir retos y adoptar la iniciativa de cambio, superando el entrampamiento que genera la rutina burocrática. La acción de asumir retos, adoptar iniciativas y emprender cambios implica justamente poner en marcha la valencia constructiva del instinto de agresividad. El Perú y otros países en desarrollo tienen esta opción de desarrollo a pesar de los estrechos márgenes que deja la actual globalización en el mundo.

Consumismo e instinto de posesión

El capitalismo ha generado un consumo masivo de productos, artículos, bienes, etc. Nadie se exime de adquirir alguna posesión que le reditúe al menos una satisfacción parcial o temporal. Poseer objetos se ha convertido en una necesidad imperiosa e impostergable. El capitalismo ha creado un gran mercado donde el objetivo es negociar mercancías y reproducir el sistema. Hoy, sin embargo, los mercados de los países desarrollados están recesados, es decir, no hay ventas, no hay consumo. En estas circunstancias, muchos centros comerciales tienen que reducir personal, mantener al mínimo sus operaciones empresariales o, simplemente, cerrar sus puertas por quiebra en los negocios.

Pero este fenómeno de recesión económica no ocurre por ahora en los países llamados emergentes. Aquí, hay en ciernes una clase media en formación que consume en los mercados, almacenes comerciales, restaurantes, centros de atracción, etc. Aun así, con los mercados llenos y saturados de mercaderías en muchos lugares comerciales, no es posible generar un alto consumo. La circulación monetaria, mecanismo básico para la acumulación de capital, no es tan dinámica como antaño.

De la sociedad consumista se ha hablado y escrito mucho cuando la economía estadounidense era boyante. En aquél entonces la gente compraba, usaba, desechaba y volvía a comprar. Un polo ―incluso de buen algodón tejido― se usaba una sola vez para una excursión y luego era tirado a la basura porque era “más fácil” comprar uno nuevo que lavarlo. Después de dos años de uso de un vehículo se vendía casi como chatarra (o a precio muy desvalorizado) y se adquiría uno nuevo con más potencia y mejor tecnología. Los terrenos baldíos en los países desarrollados estaban llenos de aparatos de la línea blanca: lavadoras, cocinas, refrigeradoras, etc. que habían sido utilizados de dos a tres años. Las cosas ya han cambiado ahora. Hoy, los zapatos no se desechan, se llevan a la renovadora de calzado; los automóviles se reparan y no se cambian por otro nuevo; a los locales comerciales ingresan escasos clientes, etc.

Pero el afán de poseer sigue vigente porque es un instinto natural en el ser humano que, por cierto, gracias al capitalismo se fortalece, refuerza y potencia. Hay así una ansiedad persistente, manifiesta o latente, con respecto a poseer dinero, el mismo que ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin por sí solo. Sin duda, en el contexto capitalista, la posesión de dinero o capital representa un resguardo que brinda seguridad y garantía para mejorar la vida y el entorno.

Si observáramos detenidamente, con el nacimiento del bebé, notaríamos que éste es incapaz de percibirse a sí mismo como un ente (u objeto) independiente. El bebé siente que el pecho de la madre le pertenece. Ella es parte de él, pues no establece diferenciación de ningún tipo. De allí que Freud y Lacan definieran las “relaciones objetales”, como aquellas que se crean dentro de un proceso de madurez donde el niño ya es capaz de percibir a su madre como un objeto separado y diferenciado de él, y a sí mismo como un objeto independiente. Tal como los psicoanalistas han sostenido, en este proceso interviene la figura paterna quien ejerce como autoridad un rol de censura o represión, a la que el niño debe someterse. Sin embargo, el niño sustituye este instinto “edipiano” por otros objetos alternativos que él anhela poseer, vale decir, hacer suyos. Inclusive, en su lenguaje aparece tempranamente la expresión: “(esto) es mío”, que no refleja sino su ansia de posesión.

En las relaciones de pareja, por ejemplo, también se verifica este instinto de posesión. El hombre (y también la mujer) asume que su pareja constituye su propiedad, que puede disponer de ella y decidir por ella. Éstas son las relaciones enfermizas de dependencia exclusiva que reproducen el esquema de relación madre–hijo, y que constituye un obstáculo para el establecimiento de relaciones saludables y maduras. La dependencia en las relaciones interpersonales, donde una de las partes se subordina al otro, no tiene otro futuro que el dolor, el odio, el resentimiento y, finalmente, el quiebre de la relación. ¿La razón? Nadie es propietario de nadie, pues hace mucho que la historia de la humanidad dejó atrás el esquema de relación esclavista (aunque subsisten formas soterradas de esclavismo en varias partes del mundo).
En consecuencia, el consumo no sólo está relacionado con los instintos básicos de supervivencia o conservación de la especie, también está ligado a la posesión, al deseo de propiedad o de apropiación. Basta mirar alrededor y veremos que mucha gente vive con más de lo que necesita para vivir y, en contrapartida, demasiada gente vive con menos de lo necesario para subsistir. No obstante, las desigualdades económicas, sociales, culturales y educativas existen en absolutamente todos los países del mundo. La utopía de la igualdad es sólo eso: una utopía, que no hace mucho pretendió llamarse “comunismo” y que Marx vaticinó que se implantaría en las sociedades desarrolladas (en las actuales circunstancias, no parece desatinado preguntarse si cabe una revolución en el centro más representativo del capitalismo: los Estados Unidos de Norteamérica, dada su situación de estancamiento), pero lo cierto es que el legado marxista sólo tuvo resonancia en los países no precisamente desarrollados, es decir, que no habían acumulado riqueza y, por lo tanto, no tenían mucho o nada que distribuir. Si bien es cierto que no es posible en modo alguno la igualdad absoluta en términos económicos, porque “a cada quien según su trabajo, su capacidad y responsabilidad”, la abismal diferencia de ingresos daña la sensibilidad humana. Éste es un problema que el estado capitalista continúa siendo incapaz de resolver y, como consecuencia de esta ineptitud, vivimos todos en una inseguridad permanente y alarmante, porque la delincuencia o quienes se colocan al margen de la ley exponen con creciente virulencia los dos instintos más dañinos y peligrosos de la naturaleza humana, y los más difíciles de controlar, manejar o canalizar: el instinto de posesión y el de agresión. Pero también son los más potentes en su capacidad para generar cambios radicales y transformaciones de orden superior, siempre que vayan anexados o asociados a otras variables a favor o circunstancias externas que propicien tales cambios y transformaciones. Así es como se han construido grandes transnacionales, se han introducido marcas y patentes comerciales, se han levantado enormes corporaciones económicas y financieras, y se han impuesto los avanzados sistemas tecnológicos en el mundo de las telecomunicaciones.

¿Quiénes y qué instancias sociales son las llamadas a canalizar esos instintos que subyacen en la naturaleza humana? En primer lugar, hay que tener en cuenta que hablamos de “canalización”, es decir, utilización de medios para enrumbar, orientar, dar curso saludable y constructivo a los instintos de posesión y de agresividad, y no nos referimos a la represión o el control que pueda ejercerse sobre ellos de manera coercitiva. En segundo lugar, como cualquiera de los instintos humanos, éstos deben educarse y encaminarse desde la temprana infancia, pues conforme el niño crece y alcanza la adolescencia sin los frenos y mecanismos de autocontrol frente a las frustraciones, fracasos, decepciones o pérdidas, los instintos también se desbordan y pueden llegar a extremos altamente nocivos como la violencia, la criminalidad, etc. debido a la falta de los límites que la coexistencia pacífica exige. En consecuencia, queda claro que empezando por la familia y los medios de comunicación masiva (que son las instancias más cercanas al desarrollo humano), todas las otras estructuras de poder del sistema capitalista descritas, tienen gran responsabilidad en la canalización y el manejo de los instintos humanos.

La democracia

Según “The Economist”, en América Latina se aplica una “democracia defectuosa” si se tiene como referente a la democracia liberal, puesto que no está garantizado al cien por ciento cada uno de los parámetros que describen este nivel ideal de democracia. Para que una sociedad se constituya en democracia liberal, se debe contar antes que nada con la vigencia incuestionable de un cuerpo legal representado por la constitución, con lo que se afirma el estado de derecho. A la promulgación y ratificación de una constitución se suma el derecho a la propiedad privada, claramente respaldada por las leyes constituyentes; el derecho al sufragio universal con el que todos los ciudadanos, en igualdad de condiciones, pueden libremente votar y ser votados; una clara línea demarcatoria de la división de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial; la existencia de no menos de dos partidos políticos (el partido único es inaceptable); la libertad de reunión pública, de asociación y agremiación, la libertad de prensa y expresión popular; y, desde luego, el respeto absoluto por los derechos humanos.

Este conjunto de características responde en efecto a un sistema de democracia liberal, pero cuando la publicación británica mencionada líneas arriba refiere que las democracias de los países latinoamericanos son defectuosas, está indicando ―a mi parecer― que aquí no se cumplen a cabalidad esas características básicas de la democracia liberal, sino que el régimen empleado constituye más bien un remedo de ese sistema avanzado de gobierno y, se estaría aplicando, en su lugar, una democracia de carácter caótico y disfuncional, la cual se basa únicamente en el derecho a la soberanía nacional. Con lo que quiero decir que el pueblo experimenta la noción de pertenencia a una patria principalmente cuando se producen elecciones generales y la población tiene que concurrir en forma obligatoria a depositar su voto (aunque, ciertamente, el espectáculo futbolístico también abona en alguna medida a la identidad nacional). Lo más crítico, sin embargo, es que el pueblo, los ciudadanos de a pie, no tienen espacios para la libre expresión y asociación, o esos espacios están realmente restringidos. La libertad de expresión (medios de comunicación) y asociación (partidos políticos) funcionan mayormente encerrados en sí mismos, en su “argolla grupal”. Se han convertido en pequeños grupos de poder, que responden y velan exclusiva y celosamente por sus intereses personales o de grupo.

En las democracias defectuosas y disfuncionales, las minorías no tienen derechos. Los derechos que concede la democracia son sólo para la mayoría. Los países que han llegado a constituir el estado–nación tienen la particularidad de estar conformados por una etnia o nacionalidad predominante sobre todo el territorio o, en su defecto, por varias etnias que se encuentran en igualdad de condiciones de desarrollo; vale decir, ninguna ejerce un claro dominio, un significativo ascendente o tiene una influencia relevante sobre las otras nacionalidades. Por lo tanto, pueden pactar y establecer alianzas sin que una etnia se subordine a la otra. Esta condicionante de homogeneidad en el nivel de desarrollo y las condiciones de vida ha representado una ventaja pues ha favorecido la integración de la población y la práctica de la democracia con mayor facilidad, forjándose igualmente una clase media dinámica y activa. Mientras que, por otra parte, aquellos países con poblaciones abismalmente desiguales en cuando al desarrollo socioeconómico, como son los casos de muchos países en las regiones de América Latina, África, Asia y Arabia, donde además la población exhibe todavía niveles alarmantes de analfabetismo, la democracia resulta ser una aspiración más que una realidad.

La diversidad étnica y cultural podría ser una variable de enriquecimiento de la sociedad, siempre que a las minorías se les respeten todos sus derechos, incluidos los relativos a la libertad económica, y tengan pleno acceso a todos los canales de información, expresión, asociación y participación en la vida pública y nacional. De otro modo, como suele ocurrir con demasiada frecuencia, los grupos étnicos minoritarios son sólo tomados en cuenta en los procesos electorales que se realizan cada determinado período para cumplir con el marco formal que expresa el sistema democrático, precisamente cuando los candidatos requieren acumular el mayor número de votos. Y a veces, cotidianamente, para el turismo antropológico y las fotografías como recuerdo de una excursión. Sin embargo, gracias a la expansión de los derechos humanos, algunos cambios están operando en la protección de los derechos de las minorías marginadas, pero todavía hay un largo trecho por recorrer para que el sistema democrático sea aplicado en toda su extensión en las sociedades no suficientemente desarrolladas, lo cual comprende alternancia en el poder, reducción significativa del peso del estado central, transparencia en la ejecutoria de las instancias gubernamentales, participación directa de la población en las decisiones que atañen a sus intereses, protección a los sectores más vulnerables de la población, y respeto por las libertades: económica, política y civil en general. En las regiones del mundo, mencionadas en el párrafo anterior, la democracia ―con todas sus deficiencias― está siendo liderada por la región latinoamericana. Asia, África y Arabia se encuentran realmente muy distantes de este sistema que ha demostrado ser el más justo y equitativo entre los otros regímenes de gobierno que han visto la luz en el actual panorama mundial y la historia de la humanidad.

El desenlace del sistema

Cuando se produjo el derrumbe del bloque soviético y la caída del muro de Berlín, la prensa corporativa internacional anunció durante varios días y semanas, bajo distintos esquemas de información, la derrota del comunismo y el fin de la era socialista en el mundo. El propósito de esta información reiterada no era otro que poner en evidencia que el capitalismo se había impuesto en el mundo y con este triunfo se ponía término a la guerra fría. Este manejo mediático del colapso del sistema socialista no sólo dio aliento al capitalismo para prolongar su existencia, sino que además permitió que se extienda con ímpetu en ciertos países no desarrollados, los cuales empezaron a adecuar sus sistemas de gobierno para atraer a los inversionistas o capitalistas transnacionales, es decir, aquellos que no les interesa negociar bajo éste o aquél régimen, sino que lo único que les interesa es asegurar la rentabilidad de su inversión en las mejores condiciones que se les ofrezcan. Es así que, en efecto, seguimos inmersos en este sistema, un sistema que si bien agoniza en Occidente, funciona vigorosamente en Oriente, particularmente en China e India.
Pero no basta esta sola deducción pues el escenario internacional que tenemos ante nuestros ojos nos muestra otras variables que tienen enorme incidencia en el mundo de hoy, entre las que se incluyen:
(a) Potencias económicas reconocidas como los Estados Unidos de Norteamérica, Europa y Japón, que atraviesan graves crisis financieras, una profunda recesión de sus mercados, alarmantes tasas de desempleo y reducción de las horas laborales, una clase media que sufre los estragos de la crisis y que los lleva a descender de estrato socioeconómico, episódicos movimientos sociales de protesta callejera y manifestaciones de oposición a sus gobiernos de turno.

(b) Países emergentes como China, India y Brasil que han acusado recibo del desplazamiento del capitalismo a sus respectivos países, logrando capitalizar sus economías, adquirir o importar maquinaria industrial de los países industrializados y ahora exportan variados productos al resto del mundo a precios inferiores del mercado internacional, antes dominado por las llamadas potencias económicas. Tales precios bajos obedecen ciertamente a la mano de obra barata que aprovechan de su población, lo que por cierto los hace más competitivos, aunque a costa de no cumplir con los estándares de responsabilidad social fijados por la Organización Internacional del Trabajo.

(c) El debilitamiento del poder de influencia de la Organización de las Naciones Unidas y su sistema conexo. La ONU cumplió con su papel de resguardar la seguridad mundial después de la II guerra mundial, pero hoy no solamente atraviesa por una enorme crisis presupuestaria, sino que principalmente carece de poder para dictaminar o emitir resoluciones capaces de ser acatados por los países del planeta. Obsérvense simplemente los casos de Israel e Irán.

(d) El vacío de liderazgo mundial. Ni la ONU, ni EEUU, ni Europa, ni Rusia, ni China lideran el mundo contemporáneo. Nadie tiene la hegemonía mundial y el intento de conformar un mundo multipolar también ha fracasado. China ha sido tentada en repetidas ocasiones (particularmente, por EEUU) para que se constituya en un polo de poder político mundial, que de una u otra forma sustituya el papel que cumplía la ex–Unión Soviética, pues la época de esplendor del capitalismo norteamericano coincidió con la época de la guerra fría. Pero China no ha caído en la tentación de la confrontación bélica o tensional. China no tiene aspiraciones de liderar el mundo. China sólo se ocupa de las negociaciones comerciales y mercantilistas con todos los países sin hacer diferencia en cuanto a los regímenes que éstos representan. China sólo quiere la paz para el desarrollo de su mercado interno y las necesidades de su nación.

(e) La ampliación de la brecha de desigualdad socioeconómica en todo el mundo, poniendo en extremo peligro la estabilidad del sistema democrático, pues sólo una amplia clase media, así como una activa participación de partidos políticos representativos, son capaces de garantizar el funcionamiento y la vigencia de la democracia. Una pequeña minoría enriquecida frente a una enorme mayoría empobrecida, conformando los polos opuestos económicos, no tiene otro destino que la confrontación ―legado histórico de la revolución francesa― y, además, es obvio que una situación tal abona claramente al vaticinio de Marx, vale decir, que el capitalismo contiene en sí mismo la semilla de su autodestrucción: el enfrentamiento de clases sociales divergentes en intereses.

(f) La creciente inseguridad en todos los niveles: mundial, regional y nacional. En teoría, las leyes están previstas para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Pero las organizaciones que operan al margen de la ley (cualquiera sea su carácter criminal: tráfico de narcóticos, de personas, de armas, etc.) han crecido exorbitantemente al punto que compiten entre sí por nichos de poder o se disputan jurisdicciones donde ejercer el delito. Son claramente transfronterizos. El desempleo formal o legal también contribuye a arrojar a ciertas personas a la práctica de la actividad ilícita, con lo cual la inseguridad de la sociedad civil se agudiza. Los propios estados nacionales se ven igualmente azuzados por el terrorismo internacional (o transnacional), cuyo único fin es generar una atmósfera difusa pero de permanente zozobra e inestabilidad ante una amenaza desconocida e incierta, pues no se sabe cuándo, cómo y dónde se va a concretar, precisamente para desorganizar el sistema y generar caos social.

El panorama no parece muy alentador. Es más, todas las señales indican que nos encontramos al filo del colapso o, en el mejor de los casos, frente a una situación de transición. Pero, ¿cuál será el desenlace de esta transición? Si somos optimistas, habremos de presuponer que nos dirigimos hacia un cambio superior, pues la humanidad siempre ha evolucionado hacia estadios más avanzados y no al revés. En consecuencia, nuestra economía puede no operar en la forma capitalista que hemos conocido, sino añadiéndole otro factor que tiene una incidencia determinante en el contexto mundial: la tecnología. En efecto, es obvio que la revolución tecnológica ha transformado los esquemas de vida de la población mundial. La automatización nos está conduciendo claramente a un “mundo de cristal”, con pantallas digitales donde sólo bastarían algunos sensores para accionar las cosas. Sin embargo, si la alta tecnología no ha ingresado todavía con fuerza a nuestro mundo contemporáneo postmoderno es porque hay marcados intereses de las grandes transnacionales capitalistas que inyectan dinero todos los años para mantener vigentes sus patentes y marcas registradas de vehículos, maquinarias, equipos, etc. que se volverían obsoletos con la avanzada tecnología que lanzaría productos no contaminantes, es decir, ecológicos, eficientes y cuya durabilidad no sea manipulada para obligar al consumidor a seguir adquiriendo artículos de corta vida.

Según todos los indicadores mostrados, el desenlace del capitalismo habrá de ser entonces la constitución de poderosos núcleos de poder tecnológico que, por cierto, ya se encuentran en varios países desarrollados a la espera de su despegue y, quizás, la conformación de bloques de poder combinados. Además, todo hace suponer que lo más probable es que estos centros de poder tecnológico operen independientemente de los estados nacionales, pues se hace cada vez más evidente que la tecnología ha superado a la política, la economía, la intelectualidad académica, e inclusive, la ciencia, y ha logrado que pierdan credibilidad y vigencia en el mundo. Pero aún quedan grandes incógnitas por aclarar: ¿Cómo operarán tales centros de poder tecnológico mundial? ¿Cómo se resolverá el problema de la pérdida irrecuperable de empleo masivo en todo el mundo? ¿Será el auto–empleo la variable constante? ¿Cuál será el destino del proceso de deshumanización postmoderna? ¿Tendremos un mundo al estilo de Cyberpunk con poderes que prolonguen las habilidades humanas básicas y/o, más bien, gran parte de la humanidad se verá reducida a la condición de servidumbre al estar sometida al poder tecnológico? ¿Tendremos acaso un acentuado capitalismo tecnológico como forma superior de la actual economía de mercado, que apunte a reducir los costos, incrementar la producción y, por tanto, el consumo? Cualquiera sea el resultado, cada vez se muestra con mayor claridad que ya está en marcha un cambio sustancial de los tradicionales modelos de poder y del esquema de vida de la población mundial.

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