Posteado por: Esperanza Jhoncon | diciembre 22, 2013

Una herencia colonial

Estaba absolutamente convencida que el popular —pero nefasto— dicho o prejuicio que reza “el peor enemigo de un peruano es otro peruano”, era naturalmente de origen peruano. Inclusive, un historiador peruano (desconocido, por cierto) me había “ampliado” la explicación poniendo en contexto tal dicho a instancias de la Guerra del Pacífico, guerra en la que Perú perdió parte de su territorio sureño a manos de los chilenos. Decía aquél amigo que la falta de solidaridad al interior de la tropa peruana fue un factor determinante de aquella derrota. Quizás … Pero si hipotéticamente eso ocurrió, yo no lo llamaría “falta de solidaridad”, sino traición. Si no apoyas a tu compañero de equipo y abres el espacio para que tu adversario ocupe posiciones ¿no se llama eso “traición”? He mencionado en otro contexto que (sin haber estudiado a fondo todos los aspectos acerca de la referida guerra, lo reconozco) debe haber gravitado en las fuerzas militares peruanas la diferencia abismal en el nivel de educación con las fuerzas chilenas (recuérdese que aquí, hace unos años atrás, se encontraron los restos de un soldado chileno y que, entre sus pertenencias, había ¡una libreta de notas! Es decir, este soldado era letrado, mientras que nuestros soldados peruanos deben haber sido, en su gran mayoría, analfabetos en ese entonces. Pues para nadie es ajeno que los gobiernos republicanos “aristocráticos” de aquellos tiempos, deliberadamente mantenían en la ignorancia a la población para saquear más fácilmente los recursos del país, mientras que la burguesía chilena sí se encargó de instruir y educar a la población. Hoy, los chilenos pueden jactarse de liderar el nivel de competitividad educativa de toda América Latina. Pero, éste no es el tema del artículo. Es sólo un aparente desvío del tema central que ahora nos ocupa; vale decir, y retomando lo anunciado al inicio de este primer párrafo, la procedencia u origen de un ingrato dicho popular que además encuentro extremadamente dañino para la formación de la identidad peruana: ¿Cómo un peruano puede ser el peor enemigo de otro peruano? ¿Dónde está la identidad nacional? ¿Dónde está el sentido de pertenencia nacional? ¿Dónde está el sentido de patria y hermandad? A mí no me cabía duda que ese dicho tenía que provenir del Perú o de los peruanos. Pero, no, señores, ¡yo estaba equivocada! El dicho aquél, en cuanto a su origen y gestación proviene de España.

Mucho menos podía yo pensar en el origen hispano de aquél dicho si en España a comienzos de la década del 90, fue un español quien me dijo: “Si vas a Perú, ten cuidado con los ladrones y el tráfico, y no te fíes de lo que dice un peruano de otro peruano porque ‘el peor enemigo …” Y acabo de descubrir el carácter hispánico del referido dicho, leyendo “El sí de las niñas”, de Leandro Fernández de Moratín. En el prólogo relativo a “Advertencia” de la edición de Manuel Camarero (2002) de esta comedia en tres actos, se lee: “¡Cuánta debió ser entonces la indignación de los que no gustan de la ajena celebridad, de los que ganan la vida buscando defectos en todo lo que otros hacen, de los que escriben comedias sin conocer el arte de escribirlas y de los que no quieren ver descubiertos en la escena vicios u errores tan funestos a la sociedad como favorables a sus privados intereses!” Más adelante (págs. 38 a 39), Camarero analiza el contexto de finales del siglo XVIII, época en la que Fernández de Moratín publica la primera edición de la comedia, y señala que los obstáculos antes advertidos han impedido “… en España el progreso rápido de las luces … la indagación de verdades útiles y el fomento y el esplendor de la literatura y de las artes …” En particular, despotrica contra los periodistas que, al parecer, en la España de aquél entonces se les llamaba despectivamente “folicularios” aludiendo a sus tendencias a criticar sin aportar nada.

Este escenario no nos es nada extraño a lo que suele suceder en el contexto, no digamos, peruano sino costeño, y específicamente limeño. Es decir, Lima y sus mestizos y criollos heredan también los vicios de su colonizador. La economía española de ese tiempo, más dada a la rapiña extractiva que a la producción sobre la base del desarrollo de habilidades logra también sentar “escuela” en el Perú. El criollo avispado también “aprende” que para sobrevivir hay que pisotear a los demás, a los que estén en el camino, a los que estorban en sus intereses egoístas. Y, claro, el egoísmo se acrecienta cada vez más cuando precisamente no hay intereses compartidos, ni un proyecto común por el cual trabajar unidos.
¡Cuánto daño ha hecho al Perú ese “aprendizaje colonial” y hasta hoy sufrimos sus efectos! Pero, vayamos por partes. La España del SXVIII, SXIX e inicios del SXX parece, en efecto, haber tenido esas características; vale decir, que de potencia marítima europea a potencia derrotada posteriormente, España seguía siendo —y hasta ahora lo es— un país que no llegaba a cuajar políticamente su unidad debido a sus tendencias separatistas y/o localistas al interior de su conformación nacional. Si bien las tendencias separatistas más claramente conocidas son las del País Vasco y Catalunya, otras regiones con menor relevancia económico–política también han mostrado sus anhelos independentistas, como la comunidad autónoma de Galicia, por ejemplo, o el archipiélago de Canarias, o la comunidad euskera de Navarra, entre las comunidades o regiones más significativas. Quienes han tenido oportunidad de afincarse una temporada en España, deben haberse dado cuenta de que la economía doméstica está marcadamente localizada, a pesar que España tiene un circuito completo de carreteras que entrelaza todas las regiones del país, pero la tendencia a comercializar básicamente de manera local es demasiado evidente para el visitante. Así como evidente es también la inclinación por hacer notar la procedencia regional que cada quien posee, entre sí y frente a ajenos. No he notado, por cierto, animadversión o descalificación mutua entre miembros de diferentes regiones o autonomías. Si bien se llega a enfatizar la diferencia de origen regional, ésta se hace en términos alturados y civilizados.

Hay dos eventos dolorosos y traumáticos sufridos por el pueblo español que configuran, a mi juicio, un punto de gran quiebre en su historia y el devenir de sus circunstancias. Éstos son la guerra civil española y los 30 años en que se prolongó el dominio del franquismo. La guerra civil española dejó, según datos estadísticos del franquismo, cerca de 300 mil españoles (entre varones y mujeres) detenidos en las prisiones del estado y, más de 500 mil, exiliados, repartidos por toda Europa, la mitad de los cuales fueron repatriados y la otra mitad parece haber sido condenada, desaparecida o aniquilada por el nazismo emergente en Europa. Cuando se instaura en España el régimen dictatorial y autárquico del general Francisco Franco, había en el territorio más de 180 campos de concentración franquista y, debido a la extrema represión, perecen más de 200 mil españoles a manos de esta violenta dictadura militar. Con el franquismo, España se sume en la más profunda oscuridad en todos los campos de la actividad humana y debe soportar también un régimen de vida económico miserable y paupérrimo, el mismo que afortunadamente acaba no sólo con la muerte del Gral. Franco (pues el franquismo era ya inviable sin la presencia de Franco), sino con la figura del entonces Príncipe de Borbón, don Juan Carlos I, quien se legitima en el poder y asume la jefatura del estado el 30 de octubre de 1975, inaugurando para España una nueva etapa basada en los fundamentos de la democracia liberal. España opta así por el reinado de don Juan Carlos de Borbón y la corona española logra frenar entonces las tendencias políticas divergentes y se consagran al ejercicio de la democracia parlamentaria.

La crisis que significó la guerra civil, así como los efectos de la tiranía militar de F. Franco, favorecieron un cambio en el sentir colectivo español. Como se dice en China reiteradamente: “Una crisis trae consigo una oportunidad, descúbrela y te superarás” (lo que ciertamente no es otra cosa que la práctica dialéctica). En efecto, los españoles, en medio de tanto sufrimiento y limitaciones, aprendieron a tolerarse mejor y a reconocerse mutuamente como parte de un estado nacional. Hoy, sin embargo, ante una profunda crisis financiera, se enfrentan nuevamente al reclamo separatista de Catalunya que ha anunciado la aplicación legal de un referéndum para determinar su independencia. El estado español sabe que los catalanes votarán a favor de la independencia de España. ¿Qué ocurrirá con este precedente en España y el mundo entero? Si la independencia de Catalunya por la vía del referéndum llegara a materializarse, no es difícil augurar entonces la réplica en muchas partes del mundo de esta demanda.

Volviendo a nuestro contexto peruano, pues es una lástima que hayamos aprendido de España a marcar la diferencia en lugar de labrar la unidad. Más lamentable aún han sido los “aires aristocráticos” de aquellas personas o grupos costeños que presumen de tener antecedentes foráneos, incluyendo desde luego la sangre hispána. El orgullo vanidoso de portar un apellido o nombre extranjero es una constante bastante ridícula en nuestro país. Ejemplos hay muchos: Richard Torres, Jessica Huamán …

Me niego a pensar que lo que define a la cultura peruana es su burda imitación de los vicios heredados de España. Si así fuera, ¿por qué entonces el estado peruano, vía legislativa, no presenta a España una demanda judicial sobre el perjuicio que su interferencia colonialista ha causado en estas tierras? Tan grave es el asunto, ¡al punto de llegar a identificarse con su agresor! (Éste es uno de los mecanismos psíquicos descritos por la teoría psicoanalítica). Pero, claro, ¿y dónde está la responsabilidad de los mestizos y criollos que se hicieron con el poder sin gestar la unidad e integración nacional? Cometieron exactamente el mismo defecto del que adolece el país colonizador (formado básicamente por autonomías). Pero, aquí ¡ni eso! Aquí, sólo hay Lima, o los “herederos legítimos” de España, más, el resto del país. Se ha marcado las diferencias entre Costa, Sierra y Selva, dadas las variedades geográficas, climatológicas y demográficas, pero no ha existido —ni existe, hasta donde me llega el conocimiento— ninguna entidad legítima e integradora de las franjas costeras, andinas y amazónicas. Cada una vive su propio destino. Tampoco existe, como debiera haber ocurrido hace mucho, nexos infraestructurales de interrelación, ni la constitución de un tejido social que se exprese en un mercado interno. Este último punto se revela, exactamente, como en España. Somos un remedo del colonizador. Tan buenos “colonizados” hemos sido que, según el Dr. Lumbreras, cuando se produjo la declaratoria de independencia por parte del así llamado libertador San Martín, la mayoría de criollos ni se había enterado. Tan a gusto estábamos con nuestra situación de colonia española que la independencia, en vez de abrir el espacio para el pensamiento autónomo y el desarrollo de los criterios y parámetros propiamente nacionales, a lo único que se optó es a replicar el estilo de gobierno y de hacer política en España. Vale decir, desarrollar una política centralizada (allá, apoyada jurídicamente en el papel de un rey y, aquí, en la incompetencia de los herederos de España para formar nación).

Expongamos brevemente el caso de China. China también ha sufrido intentos colonizadores (el más importante, desde luego, por parte de Japón), pero el pueblo chino no ha “doblado la cerviz” y ha luchado con todos los medios posibles para expulsar al invasor de su territorio. Cuando han asumido el poder de conducir sus propios destinos, lo primero que han hecho es, por cierto, declarar a la nacionalidad “Han” como dominante, pero paralelamente identificar y reconocer a todas y cada una de sus minorías étnicas, que suman un total de 56, las mismas que, desde que se iniciara la reforma económica han crecido hasta más del triple y conformar así, según el censo poblacional del 2010, más de 113 millones de personas, es decir, poco más del 8% de la población total. ¿Por qué en el Perú no se puede hacer lo mismo? Tiene que haber una nacionalidad dirigente y el reconocimiento de que las otras nacionalidades étnicas, por constituir minoría, deben poseer más ventajas de desarrollo que quienes pertenecen a la nacionalidad dominante. Ésta es una simple deducción racional de justicia social. ¿Por qué aquí tiene que ocurrir al revés? Todas las ventajas son para los criollos mestizos que ostentan el poder y “0” beneficios para las minorías étnicas, las cuales, por lo demás, viven en situación de semi–abandono, pues ni siquiera están identificadas y el estado no las acoge como objetos de derecho.

No ignoren, señores políticos, la influencia del papel cultural, antropológico, sociológico, lingüístico, en el desarrollo económico nacional. Lo que ahora es un boom temporal de la economía se desplomará si no se trabaja por afirmar los soportes sobre los que se asienta el desarrollo de un país. Y la cultura es un factor determinante en la economía. No tomarlo en cuenta es un suicidio. ¿Qué es entonces la cultura peruana? No puede ser la culinaria, ni la chicha, ni la “criollada”. La cultura se sostiene en dos factores gravitantes: (a) una nacionalidad de base y (b) una lengua común. No parece haber conflicto mayor el tema de la lengua común. Sobre el particular ya hay mucho escrito. Pero ¿cuál es la nacionalidad dirigente? Y, desde luego, para ser dirigente tiene que ser capaz de abarcar a las otras minorías nacionales. ¿Cuándo resolverá el Perú explícitamente su dilema entre lo mestizo y lo andino? ¿Y lo amazónico? De la respuesta a esta incógnita depende la capacidad de los políticos para liderar el país. ¿Por qué la clase política peruana no es una clase dirigente? Ya sabemos que hay una herencia colonial de por medio. Pero, ya es hora que se produzca la ruptura de ese estigma y que los políticos no se ocupen principalmente de sus intereses privados, como ocurría antiguamente en España. Ya es hora que den el gran salto para superar sus deficiencias; de lo contrario, las consecuencias pueden ser catastróficas. ¡Está en vuestras manos, señores!

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