Posteado por: Esperanza Jhoncon | agosto 18, 2013

¿Se acabó el “milagro chino”?

Dos colegas, por separado, me han pedido que exprese mi opinión sobre lo que ya muchos autores –políticos, economistas, periodistas, sinólogos– han escrito respecto del fin del apogeo económico de China. Ya se ha abundado en demasía acerca del agotamiento del modelo chino, el enfriamiento de la economía, la imposibilidad de que China muestre las extraordinarias cifras de crecimiento económico que ha obtenido durante más de tres décadas, las grandes desigualdades que ese modelo ha generado en la población, las decenas de miles de protestas sociales que el gobierno tiene que enfrentar mes a mes, el enriquecimiento de una casta burocrática de políticos basado en la corrupción, las grandes brechas económicas y sociales entre las provincias de la costa y las del interior del país, etc.

Ciertamente, todo parece indicar que es evitable un freno en la economía y el desarrollo chino. Sin embargo, pongamos las cosas en perspectiva. Ningún país puede crecer durante más de 30 años sin que se produzcan desequilibrios en otros sectores de su vida política y social. El PCC, partido gobernante, nunca se propuso adoptar el capitalismo para siempre. A lo que se propusieron es a acumular riqueza por la vía del capitalismo sin recusar del comunismo. China es políticamente comunista y económicamente capitalista. La frase que dio inicio a la reforma económica, emprendida por Deng Xiaoping, era: “un país, dos sistemas” y esta fórmula sigue prevaleciendo en la política central de los gobernantes.

Es sobre la base de esa fórmula que China se ha convertido en la potencia comercial más grande del mundo y en la segunda economía del planeta. Es sobre la base de esa fórmula que China ha logrado industrializarse y producir en gran escala toda clase de artículos. Es sobre la base de esa fórmula que este país ha sido capaz de pasar de una economía fundamentalmente rural a una economía industrializada y tecnológica. Es sobre la base de esa fórmula que China ha logrado una extraordinaria urbanización de las ciudades, con infraestructura moderna, digital y cosmopolita. Es sobre la base de esa fórmula que se han creado grandes grupos e individuos dedicados a las inversiones dentro y fuera del país. Es sobre la base de esa fórmula que China ha adquirido 900 mil mdd en bonos del tesoro norteamericano y puede exhibir cuantiosas inversiones en todas las regiones del mundo. China, en efecto, ha expandido sus capitales a una velocidad sólo comparable con la expansión económica de Estados Unidos después de la II Guerra Mundial.

¿Hay un plazo de vigencia para dicha fórmula? ¿Tienen los dirigentes de China un plan o una nueva fórmula que dé por terminada la reforma económica? ¿Saben las autoridades chinas el momento propicio para revirar el barco hacia un nuevo rumbo? No tenemos la respuesta precisa e inmediata. Pero 80 millones de ciudadanos chinos que conforman el PCC son conscientes que los logros alcanzados han dejado también consecuencias que deben afrontar para equilibrar, no sólo la economía, sino la sociedad entera. Sin embargo, hay pugnas internas. Hay quienes están a favor de continuar con el ritmo de crecimiento aun a costa de la inflación cada vez más creciente; hay quienes sostienen (sin declararlo abiertamente) que ya es momento de emprender una reforma política y por lo tanto no limitar las elecciones sólo a los 80 millones de militantes mono- o uni-partido sino a toda la población, como en cualquier democracia multi- o bi- partidaria; hay quienes demandan un retorno a la práctica del socialismo, pues el país ya ha acumulado suficiente riqueza y los dirigentes deben aplicar ahora una justa distribución de la riqueza.

Existe en efecto una diferencia abismal entre el modo de vida de las ciudades y del campo, particularmente de las zonas montañosas. Los dirigentes chinos saben que tienen una deuda moral y económica con estas zonas, pues fueron baluartes de la revolución china. Ello explica por qué el actual presidente Xi Jinping ha puesto énfasis en el llamado “China Dream” (un remedo del “sueño americano”) para promover la idea e importancia de la creación de oportunidades para todos.

Pero China no sólo tiene esa tarea pendiente, tiene también otra que, a mi juicio, es absolutamente vital para determinar su rumbo. Esta tarea es la reconstrucción de su cultura. La revolución cultural de la era Mao Zedong destruyó todo elemento asociado a la tradición china, pues su régimen lo tipificaba como atraso, parálisis o estancamiento. Así, la mayoría de los templos budistas y taoístas fueron destruidos, y estaban prohibidas todas las prácticas tradicionales relacionadas con conocimientos ancestrales como el “Feng Shui”, el “I Ching”, el “Qigong”, etc. Mao se oponía a estas prácticas y, en su lugar, impuso el estudio de las obras de Marx y Lenin, así como su “libro rojo” (que se convirtió en “la biblia” de todo estudiante y ciudadano chino) pues estaba convencido que era la herramienta fundamental para construir el comunismo con características chinas.

A diferencia de Perú, por ejemplo, en China no existe ninguna crisis de identidad porque la identidad china está sumamente arraigada, quizás por las largas luchas emprendidas por el pueblo para defenderse del colonialismo. La más reciente se llevó a cabo en julio de 1997, con el retorno pacífico de Hong Kong a la parte continental. Los británicos, con el gobernador Chris Patten a la cabeza, hicieron hasta lo imposible para que el pueblo hongkonés se oponga al retorno de HK a China, pero la respuesta de esta población fue: “somos chinos”. De manera que el nacionalismo es inobjetable en el pueblo chino.

Sin embargo, a mi modo de ver, el nacionalismo es sólo un factor de desarrollo. Hay también otros factores de desarrollo, entre ellos: la cultura. China tiene la enorme tarea de recuperar o reconstruir su cultura. Ésa que en sus manifestaciones no sistematizadas aún, fue liquidada e ignorada en favor de la adopción de una ideología y filosofía foránea: la que Marx, Lenin o Stalin elaboraron para los llamados pueblos oprimidos del mundo (pero que sólo era —y es— aplicable en los países desarrollados). Y en China no sólo la etapa maoísta se apoyó en los conocimientos importados, sino la propia reforma económica que se iniciara en 1978. Éste es el nudo de la cuestión en China para determinar la continuidad de su desarrollo.

Un país que tiene definida su cultura se convierte en nación y tiene todas las posibilidades de desarrollo. La cultura de los países europeos, particularmente de la Europa central, por ejemplo, está definida por la racionalidad. La cultura norteamericana se define por su practicidad y la cultura japonesa se define por el “bushido” (la ética del guerrero samurái). ¿Qué define la cultura china? ¿El confucianismo? Yo diría que sólo en parte, aunque oficialmente se reconoce el pensamiento de Confucio como el núcleo de la cultura china, de ahí que el gobierno haya creado en la mayoría de países y grandes ciudades “el Instituto Confucio” que brinda principalmente cursos de idioma chino oficial, además de materiales y recursos sobre el conocimiento de China como país-civilización. No obstante, la filosofía confuciana está mayormente centrada en el arte de gobernar, por lo que es muy útil y necesaria su aplicación e identificación por parte de quienes aspiran a asumir el rol de funcionarios del gobierno, pero su vinculación con los aspectos básicos de la vida del pueblo es limitada y demasiado general como para que sea asumida por cada habitante como su bandera o símbolo de identidad.

China entonces tiene una gran tarea pendiente con respecto a fusionar cultura y economía con la sociedad. Hoy, más que nunca, la economía por sí sola está mostrando sus límites, pues no logra resolver los problemas humanos para proveer bienestar y satisfacción. Si el objetivo del género humano, al decir de Sigmund Freud, es alcanzar la felicidad, el desarrollo económico no garantiza ese estado. Por lo tanto, si China o cualquier otro país aspira al completo bienestar del pueblo tiene que hacer algo más que alcanzar crecimiento económico. En mi opinión, no está en duda que China puede continuar con un crecimiento económico relativamente más alto que el resto de países, incluso a pesar de —o debido a— la mayor competitividad de su creciente clase media, simplemente porque el volumen de su mercado interno y sus necesidades de inversión en infraestructura básica son lo suficientemente vastos como para seguir creciendo. No ha habido ningún “milagro chino” como refiere la prensa internacional y se percibe a China desde la óptica Occidental. Por lo tanto no puede acabar lo que no ha existido. Lo que ha habido —y sigue habiendo— es un planeamiento estratégico para alcanzar los objetivos de desarrollo. Pero la gran pregunta pendiente es la que mencioné líneas más arriba:  ¿Llegará el gobierno chino a dar por concluida la reforma económica? Y si es así, ¿qué sigue a la reforma económica?

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: