Posteado por: Esperanza Jhoncon | agosto 29, 2012

La cultura en América Latina y Asia*

América Latina y Asia, dos realidades distantes geográficamente, ¿qué tienen de similar? ¿en qué difieren? ¿son asimilables las experiencias de una a otra sociedad?  ¿es posible la “homogeneidad”, donde los pueblos —aun de regiones tan distantes como aquellos a los que nos referimos— terminen por uniformizarse por efecto de la globalización? 

Acercarnos a la comprensión de América Latina y Asia, a través de sus formas naturales de expresión, no sólo nos permite realizar un ejercicio de cultura, sino que nos debe llevar a reconocer las concepciones que se manejan en las relaciones humanas en uno y otro lado regional, pues de ello depende el porvenir de estas sociedades en estos tiempos de alta competitividad comercial y económica. 

Si partimos de la idea de aprovechar las ventajas que ofrece la puesta en escena de la globalización, el proceso estaría obligado a encontrar puntos de entronque con el propio modo de vida de los pueblos para que sea exitoso.  Empecemos entonces por establecer los enlaces antropológicos y psicológicos.

 

La cultura se lleva grabada en la personalidad

Las huellas del coloniaje son imborrables.  Forman parte efectivamente de la historia de los pueblos colonizados.  Pero esas huellas se han configurado de modo diferenciado en América Latina y en Asia.  Así, mientras que en América Latina la penetración ideológica a causa del coloniaje posee un impacto mayor, en Asia lo es sólo selectivamente.  A pesar de los largos años de experiencia colonial, los asiáticos no se desprenden fácilmente de sus estructuras organizativas básicas.  La firme adherencia a aquellos patrones mentales que dieron origen a su civilización y cultura, condiciona una relación esquizoide con los moldes procedentes del exterior.  Los asiáticos marcan claramente la diferencia entre su identidad étnica y la del extranjero.  Adoptan esos modos extranjeros en las relaciones públicas y laborales, pero retornan a los esquemas tradicionales cada vez que pueden prescindir de ellos y, a medida que se acercan a la edad madura, el retorno se fija irreversiblemente.                                                                                                                                                                                                                                                        

En América Latina, el coloniaje produjo un efecto “envolvente” por acción de la fusión cultural con el conquistador.  La transferencia de cultura abarcó todos los aspectos de la vida prehispánica.  Probablemente la condición más importante de esa fusión fuera la mezcla étnica.  No hubo lo que podría llamarse “asco racial”.  El conquistador de la España colonialista se introdujo en las fibras sanguíneas de la población indígena, formando un amplio fenómeno de mestizaje, que posteriormente se extendió entre otros grupos étnicos subordinados al período colonial.  Es el caso de los esclavos negros y los coolíes chinos.

El conquistador hispano fue en cierta manera el conquistador del amor, sin abjurar en absoluto de su lealtad a la corona imperial española, pero desatando sus impulsos básicos para fundirse con una realidad que, estaban convencidos, debían transformar.  Crearon así una nueva formación étnica:  el mestizo, cuyo papel histórico consistió en privilegiar lo hispano y negar lo indígena.  No por acción, sino por omisión, la nacionalidad indígena nunca fue reconocida como tal.  Y es que la mentalidad de casta señorial que ese grupo social suscribía, se vanagloriaba de llevar “sangre blanca” y se avergonzaba de tener origen indígena.  Los atributos del vencedor colonialista se impusieron en una identificación que supera el vínculo sanguíneo. 

España logró en los países latinoamericanos colonizados lo que no pudo en su propio territorio:  la unificación lingüística.  Y logró también, por obra de sus misioneros católicos, la unidad religiosa.  Dos factores de larga duración en la constitución inquebrantable de la identidad psicológica, que, en cambio, no lograron echar raíces en la población asiática colonizada, tenazmente adherida a la lengua nativa, al vínculo de sangre y a la propia cosmovisión fundamental.

Así, en tanto que los estados asiáticos son básicamente de carácter étnico, los latinoamericanos expresan una cultura mixta, heterogénea, difusa y variable.  Ambos son portadores de un pasado  —que en su momento y en distinta intensidad—  fue floreciente.  Pero, mientras que los asiáticos miran el pasado con orgullo, los latinoamericanos lo hacen de modo ambivalente.  Una ambivalencia que proviene de la relación “culposa” con lo indígena y la vanidad de la “superioridad europea” a través de lo hispano. 

No hay resolución posible a este conflicto de ambigüedad, si no se integra la fuente original indígena con el legado heredado de la época colonial.  Fundir ambas fuentes en una unidad cultural nueva es tarea que ya han emprendido artistas y literatos, sensibles a la necesidad de resolver el duelo por los restos de una cultura aborigen y conscientes de la amplitud de la herencia hispánica.  La reconciliación supone efectivamente la asimilación de un mestizaje cultural, rico y diverso.  Y supone también transformar esta heterogeneidad, de debilidad en fuerza política.

 

El sentido del tiempo y la idea de muerte         

El tiempo es un factor clave en el desarrollo histórico que no puede ser menospreciado.  El tiempo está intrínsecamente ligado a la vida.  De cómo se maneje y se utilice el tiempo de vida depende la historia y cultura que construimos, y este manejo está fundamentalmente precedido por la conceptualización subyacente que de él tenemos.

¿De dónde proviene el motor básico de inspiración del concepto de tiempo?  Proviene ciertamente de aquellas imágenes y símbolos ancestrales, cuya metamorfosis ha derivado en recuerdos idealizados y divinizados de la mitología popular.  Para las poblaciones nativas de los continentes de nuestro análisis, esas imágenes y símbolos tenían su origen en los elementos de la Naturaleza.  La Naturaleza, única fuente de vida, era explicada en función de las condiciones análogas a la especie humana; es decir, dotada de fuerza y movimiento, aunque dentro de una jerarquía de superioridad.  Y toda superioridad era objeto de culto y reverencia.

El cristianismo introducido por los conquistadores españoles desplazó los mitos de la población nativa de América Latina, mientras que Asia encontró sus intérpretes en la noción de respeto a la superioridad de la Naturaleza, condensada en los sabios y filósofos que propagaron la elaboración de esas ideas en distintos lugares y tiempos.  Así, la función humana primordial que se desprende de los precursores de la filosofía oriental consiste en no contrariar la Naturaleza, sino actuar en correspondencia con ella.  Los dos elementos básicos de la Naturaleza son las fuerzas masculina (yang) y femenina (yin) y el equilibrio entre ambas representa la conservación de la armonía natural.  Todo proviene de la Naturaleza y todo retorna a ella.  Si en Asia se sigue practicando el “culto a los muertos” es porque el acto representa la “devolución” simbólica de un objeto que pertenece a la Naturaleza y su veneración significa un homenaje al papel que cumplió en ella.

Para los asiáticos, el concepto de Naturaleza va más allá de la idea de universo o mundo físico.  Representa la vida misma.  No es, estrictamente, la vida biológica que enseña la civilización cristiana.  Es la vida que forma parte de un ciclo que incluye la muerte.  La idea de muerte no está pues alejada de la idea de vida porque, ambas, son componentes de un mismo movimiento circular.  El acto de morir significa aquí “pagar tributo a la Naturaleza” o, lo que es lo mismo, significa una acción de retribución por haber sido …, haber recibido …  y haber completado el ciclo de vida.  Los héroes en Asia son tales porque tuvieron la virtud de retar a la Naturaleza en favor de una causa colectiva común y la Naturaleza “compensa” la ofrenda restituyendo el equilibrio o la justicia.

Para el cristianismo  —cuya versión católica es la forma institucional que se difundió en América—  el tiempo de vida no es circular, sino lineal.  El catolicismo hispano coteja la idea de la población indígena acerca del poder sobrenatural de las fuerzas de la Naturaleza y le da entonces nombre y contenido de divinidad:  es obra de Dios todopoderoso y creador de todas las cosas, incluyendo la Naturaleza y el universo físico.  Así, mientras que esta concepción se resume en un testimonio de fe, la oriental se basa en un testimonio de los sentidos.  El acto de fe determina las acciones del mundo católico, tanto como la regulación de las sensaciones conduce la vida oriental.  Ninguna de estas convicciones admite explicación racional ni son transferibles la una a la otra.

Con la introducción de la idea de pecado y el concepto del bien y el mal (conceptos que, por cierto, han sufrido sustanciales modificaciones para adecuarlos a los tiempos modernos), queda configurado un sistema de vida orientado hacia la valoración de la idea de progreso.  Vale decir, del recto comportamiento se logra alcanzar el máximo bienestar y la plenitud de la vida.  El papel que desempeña el esquema de premios y castigos despierta la inclinación por el éxito y el rechazo al fracaso.  La experiencia de éxito significa ubicarse en el camino ascendente y la experiencia de fracaso significa estancamiento, retroceso o pérdida.  Una experiencia y otra refuerzan la concepción de la vida en el sentido de progreso lineal y ascendente.

En la óptica cristiana la muerte se concibe como un fenómeno extraño a la vida porque desencadena una ruptura total con el movimiento de ascenso vital.  La muerte aquí representa un corte o interrupción de la vida, mientras que, en la perspectiva asiática, la muerte está incorporada a la vida, en la medida en que es concebida con capacidad para regenerarse en el tiempo en el ser colectivo.  Y si la muerte significa desaparición en el mundo occidental, se debe ciertamente a la concepción individual de la especie humana.

Por consiguiente, no es difícil deducir que el empleo del tiempo en la sociedad latinoamericana difiere de aquél que se practica en la asiática.  Así, para quienes han bebido de la ideología cristiana, el tiempo es de uso y disfrute personal.  Es propiedad exclusiva de cada persona.  Por el contrario, el tiempo, en la sociedad asiática, pertenece a la colectividad, al punto tal que su empleo, con fines estrictamente personales, se considera clandestino (no obstante la “homologación” asiática con la cultura occidental está produciendo cambios importantes en este terreno).                

 

¿Cómo actúa la colectividad sobre el individuo?

Es sabido que la influencia que ejerce el colectivo social en la conformación de un modelo de comportamiento define tendencias básicas de los miembros que componen la sociedad, perfilando también una personalidad colectiva coherente con los patrones culturales heredados históricamente.  Los rasgos característicos que se dibujan en una personalidad colectiva no son pues casuales.  Y reconocer esos rasgos nos permite comprender mejor la evolución de la sociedad en cuestión, e inclusive, predecir su desarrollo.

Una sociedad como la asiática, que carece de los espacios habitables necesarios para la enorme población que posee, ha tenido que adecuarse a la estrechez de espacio y renunciar a las actividades “extratensivas” o de esparcimiento.  La magnitud poblacional numérica de Asia se ha visto compelida a adoptar mecanismos de regulación en la vida cotidiana, que son completamente desconocidos para los pobladores latinoamericanos, no limitados en absoluto ni por espacio ni por número.  Los asiáticos han aprendido el arte de sobrevivir bajo esas condiciones, estimulados por su filosofía de la Naturaleza (que, hay que recordar, no se refiere a la naturaleza panorámica) y al concepto de vida que se desprende de ella.

¿Por qué, del conjunto de campos de especialización de la división del trabajo, los asiáticos se inclinan por las ciencias abstractas (matemática, contabilidad, economía, finanzas), así como la práctica de la tecnología?  Precisamente por dos razones:  la primera, porque esas especialidades no plantean, en primer orden, el complejo tema de las relaciones humanas y, la segunda, porque el rendimiento de tales especialidades se efectúa en espacios reducidos, aptos para la manipulación numérica o tecnológica.  Esta marcada inclinación ha favorecido, a todas luces, la orientación de ciertos países asiáticos a conducir el país como si fuera una empresa contable y financiera.

En Asia, hablar puede resultar conflictivo o perturbador.  Se obvian las palabras y se opta por la comunicación del silencio porque se asume que todo está sobreentendido.  Por tanto, sobran las explicaciones cuando se opera sobre una base de comunión de valores que no admite discusión.  En el mundo latinoamericano ocurre lo opuesto:  hablar constituye un placer.  Es la “salsa” de la vida.  Se disfruta con las explicaciones, discusiones, repeticiones o descripciones.  No hay nada que no pueda ser relatado “N” veces.  Es como si los parlantes latinoamericanos necesitaran confirmar y reconfirmar aquello que se verbaliza;  es, asimismo, como si no se estuviese convencido de nada.

Los asiáticos no conocen el sentido de la intimidad que manejan los latinoamericanos.  Los chinos, por ejemplo, se lanzan a preguntar:  “¿qué edad tienes? y ¿cuánto dinero ganas?”, sin ningún reparo, porque toda vida es pública y colectiva.  No es sólo que carecen de espacio físico para crear su propia intimidad, sino que no existe el espacio psicológico para vivir una intimidad.  La colectividad bien puede conceder el “derecho” de reserva; es más, estimula la existencia un “reservado silencio”, que sólo puede romperse ante una demanda familiar o colectiva.  Y es que el concepto de salud, para la sociedad asiática, significa capacidad para controlar los impulsos, es decir, para no rozar, chocar o atropellar a los muchos a quienes se tiene cerca.  Los asiáticos empeñan todo su tiempo en persuadir que funcione el esquema del autocontrol.                                                                                                                                                                                                                                                                 

Distinto es el concepto de salud para la colectividad latinoamericana.  Los latinoamericanos necesitan liberar sus impulsos.  La sociedad es permisiva frente a esa necesidad.  No importa si las cargas psíquicas son de carácter sexual, laboral, marital, emocional o de duelo psicológico.  Esas cargas reclaman su desahogo correspondiente. Y en América Latina, la intimidad se comparte y se protege como el espacio privado único, alimentado por la relación de amor.

 

Cuando la libertad queda confiscada

Mucho se ha hablado y escrito respecto de la libertad y, hoy, frente a las enormes restricciones que supone el beneficio de vivir bajo un esquema civilizado, la libertad aparece como una dádiva, objeto o no de concesión.  No hay nada que no se haya usurpado tanto como la libertad humana.  Y esa usurpación se ha hecho en nombre de una autocracia esclavista, de un código religioso fundamentalista o de pasiones arcaicas y racistas.

Pero la libertad no es un derecho político que se otorga.  Es un derecho natural de la especie humana, confiscada subrepticiamente y soterrada por unos en perjuicio de otros.  ¡Qué absurdo hablar de “choque de civilizaciones” cuando pertenecemos a la misma especie biológica!  ¡Qué absurdo hablar de “superioridad” cuando ésta no es más que una transitoria ilusión!

La humanidad, entrampada en su discurso “civilizado” y atada por toda forma de poder, ya no puede dibujar en su mente lo que quiere.  Todo lo que más asoma a su conciencia es lo que no quiere.  Esos discursos civilizados y esos poderes han ido boicoteando y socavando los verdaderos deseos humanos.  En un mundo con las características que conocemos, decir lo que se desea suena a anarquía, mientras que buscar vivir con más de lo que realmente se necesita, es “normal” y significa progreso.

En los restos de libertad que queda, los miembros de la cultura latinoamericana han aprendido a “arañar” sus espacios de libertad.  Viven y gozan intensamente esos espacios, como parte de una necesidad afectiva que es indeclinable.  Aun con la libertad fraccionada, la espontaneidad latinoamericana exige su curso natural.  Y es que los afectos están en el centro de esta cultura, que no teme al riesgo del compromiso emocional si de ello depende sentir la vida y la libertad.      

Los asiáticos no piensan en términos de libertad o de carencia de ella.  La vida tiene una intencionalidad, regida por una tradición milenaria, con la que actúan en correspondencia.  Por tanto, no prueban, no ensayan, van “sobre seguro” y con garantía en mano, aunque tarden otros tantos cientos de años.  Tanto por las características que poseen como por las concepciones tradicionales que abrazan, planear conforme a una intención específica representa una salvaguarda de supervivencia.  No cabe aquí pues espontaneidad de acción, porque los sentimientos están obligados a una estricta regulación.  De ahí que las relaciones suelan establecerse en función de un interés concreto y sin que medie compromiso afectivo.  Y no es éste un tema de falsedad o hipocresía.  Es un tema de autoprotección.

 

El concepto de vida    

A América Latina se la reconoce por el don que posee para cautivar al forastero, y eso precisamente expresan sus canciones populares.  No es sólo su variado paisaje el motivo de este encanto, sino, sobre todo, su gente.  Los latinoamericanos disfrutan vivamente del contacto humano.  Las relaciones entre sí constituyen parte indispensable del diario vivir.  Todo puede ser postergado en beneficio de la empatía que produce una relación.  La vida para el mundo latinoamericano tiene básicamente el color que brindan los afectos y las emociones humanas.  Sin ellos, la vida pierde su verdadero sentido.

Asia asume la vida bajo otra perspectiva.  Es la perspectiva que orienta la vida en función de una meta irrenunciable (que ciertamente ha ido remplazando la idea del destino prefijado).  Significa la adopción del papel que cada quien tiene que desempeñar en una organización u orden, diseñados  —tácita o explícitamente—  para responder a una rutina establecida que funcione en concordancia con el patrón ancestral de vida.  No se admiten sorpresas.  Las reglas de juego del ordenamiento humano están definidas con antelación y resumen un consenso casi orgánico.

Los latinoamericanos se resisten a seguir la norma, haya o no acuerdo sobre ella.  La vida gira en torno a sus emociones y, como toda emoción es variable, sus acciones son también imprevisibles.  El encanto de la vida se sustenta precisamente en la libre expresión de una sensibilidad que late a flor de piel.  No hay nada que motive más dedicación de energía que la intensa búsqueda de aquello que provee satisfacción placentera.  Sentirse a gusto no tolera pues dilación ni sustitución. 

Independientemente del factor económico que hoy dominan las relaciones interpersonales, las representaciones tradicionales que configuran el esquema de relación de los grupos humanos determinan una tendencia definida, de la que es difícil sustraerse, a pesar de y debido a la influencia del capitalismo moderno.  En más de dos siglos de supervivencia de esta corriente económica, la predisposición por los vínculos sanguíneos en Asia y por los vínculos de amistad en América Latina conserva su vigencia.  En el primer caso, la experiencia de confianza se anuda sobre la base de la garantía indeleble de la unidad de sangre y, en el segundo caso, la confianza se elabora a partir de una continuada experiencia de intuición, fiel a la mística de la fraternidad.  La traición a la raza y la traición a la lealtad de amistad son así, en uno y otro caso respectivamente, imperdonables.                                                                                                                                                                                                   

Para los asiáticos, la noción de vida va unida a la función social que la colectividad asigna.  No es la voluntad personal aquello que se pone por delante, sino la definición de lo factible o no, de acuerdo con el patrón admitido convencionalmente.  La falta de cumplimiento de la función asignada significa reprobación social.  Siendo ciertamente limitado el juego de posibilidades, una vez concedida una determinada función, hay que sujetarse a ella, a riesgo de quedar fuera del esquema de relaciones.  La vida depende del juicio de evaluación social antes que del propio criterio.  Por ello asumen que su misión en la vida consiste principalmente en servir a aquellos de quienes se depende para ser evaluados.  Y es en este sentido que los asiáticos conceptualizan la vida como una tarea.

Para los latinoamericanos, una conversación entretenida, una fiesta divertida, un debate interesante o, simplemente, un agradable encuentro imprevisto es capaz de posponer cualquier programa de agenda, aun sacrificando horas de sueño.  Prolongar aquello que es grato constituye una necesidad de la que difícilmente pueden sustraerse.  Las relaciones interpersonales representan por sí mismas una motivación de alto orden.  En nombre del afecto y la amistad, se dedican grandes cantidades de energía y se aplazan compromisos con carácter de obligación.  Lo rutinario no se tolera con facilidad.  La seducción y el coqueteo forman parte inseparable del atractivo de la vida.  Y es que, en América Latina, la vida significa placer.

 

Si hemos de sintetizar las ideas que preceden, nos animaríamos a afirmar que América Latina y Asia llevan en las propias venas una rica cultura que ha sido capaz de echar raíces y proyectarse en todos los ámbitos de la vida nacional.  Esa cultura no sólo representa el sello que caracteriza la región, constituye fundamentalmente la fuente primaria de todas las motivaciones de la actividad humana.  Subvalorar esta condición significaría soslayar la imperiosa necesidad de actuar en correspondencia con las inclinaciones naturales, de modo que cualquier estrategia de desarrollo para estos pueblos debiera tomar en cuenta aspectos tan arraigados como los aquí se describen con el propósito de ampliar la comprensión de estas colectividades y dibujar un rumbo certero al proceso de globalización en marcha.

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* Ensayo publicado por la revista “Casa del Tiempo”, Vol. XIV, Nº 76, México, junio, 1998.

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