Posteado por: Esperanza Jhoncon | agosto 22, 2012

La racionalidad*

Navegamos por un rumbo tenebroso, a través de una cultura ideada por el poder masculino y la supuesta racionalidad.  Esa cultura ha alcanzado ya todos los límites admisibles y, hoy, nos sentimos como el estertor, al filo del colapso.  Los grandes triunfos científicos y tecnológicos de la época contemporánea, unidos a su alto poder destructivo, en vez de proveernos seguridad, conspiran contra la paz.

El poder de la masculinidad

La unidad mujer–hombre es la única unidad completa y eterna.  Los moralistas dirían, sin embargo, que la unidad madre–hijo está por encima de aquélla.  Mas la unión entre madre e hijo es fundamentalmente sublime, a pesar de estar expuesta a la transitoriedad porque es un lazo que tiene que quebrarse para dar paso a la liberación de ambos.  Por siglos y siglos, la unidad mujer–hombre se ha resuelto en favor del segundo.  Vivimos un mundo absolutamente masculinizado.  Sin embargo, el carácter masculino y femenino no está únicamente ligado a la condición biológica de la genitalidad orgánica, aunque, por cierto, es la variable más determinante de la especie humana.  La masculinidad y la feminidad están proyectadas en todas las esferas de la vida humana.

El orden masculino adquirió superioridad cuando transcendió la naturaleza, dominándola y encarnando la fuerza y la acción.  La conservación de la naturaleza significó el matriarcado, la afirmación de la vida, la libertad y la igualdad.  Lo femenino representaba residencia (familia, tribu, clan, comunidad) y, por tanto, fuente de seguridad.  Las diosas de la mitología popular proveían amparo, consuelo y misericordia.  Pero la mujer perdió su rol directriz cuando transfirió al hijo su poder.  Lo masculino así la sobrepasó, imponiéndose sobre ella.  El mundo devino entonces en reino patriarcal.  La mujer y lo femenino quedaron sojuzgados a una gimnasia de ataque y defensa, donde ella fue arrojada a la superficialidad, la frivolidad y la debilidad.  Frente a la no acción natural se impuso el caos, la desigualdad y la sujeción.  La paz desapareció del contexto de la historia, cuando, en lugar de identificarnos con la naturaleza, la sometimos a nuestro antojo.

Desde que los sexos se “especializaron” en la división social del trabajo, ambos géneros humanos quedaron tullidos en capacidad.  Uno y otro fueron acotados a una sola actividad durante toda la vida.  El varón estaba compelido a asumir el “reto” de convertirse en amo de la naturaleza, cuando en realidad se ha convertido en esclavo de las cosas y circunstancias.  La mujer se ha visto obligada a repudiar la primigenia idea de debilidad derivada del imperio masculino, para lanzarse al mercado laboral.  A esto le llaman pragmatismo, pero ¿no debería acaso llamarse violencia?  De una colisión sexual, con la mujer subordinada, asistimos a otra, con la mujer virilizada.  El sistema familiar patriarcal está, por de pronto, económicamente acabado.

En una cultura masculinizada por el dominio ostensible de lo que se entiende por razón lógica, el apetito de poder no tiene límites.  Los sentimientos o afectos poco cuentan.  Deben ser sofocados.  Se impone la ley del más poderoso, y con ella todos los excesos son admisibles por un derecho apenas consuetudinario.  Hoy, sin embargo, esa misma masculinidad está aterrada frente a la destrucción de la que ha sido capaz.  La cultura antropocéntrica canjeó seguridad por una presumible felicidad.  Sigmund Freud  ¾el más claro exponente de la cultura masculina¾  creía que era a la inversa:  que las enormes restricciones morales que planteaba la Europa de su tiempo estaban ideadas para proveer seguridad, a costa de renunciar a la felicidad.  Pero Freud erró el juicio, porque de lo masculino no puede emanar seguridad.  La felicidad, traducida en los impresionantes éxitos de la cultura masculina, ha tenido la virtud de conferir un bienestar sólo inestable porque sólo halaga la propia estima del género masculino, mientras que el sexo opuesto, la mujer, no tiene cabida para expresar su propia naturaleza.  Y más grave aún, esa inversión de felicidad ha derivado en desafiante trampa, porque nos ha colocado a todos en una situación explosiva de riesgo, donde yacemos sumergidos en una espesa nube mortal.

De la industrialización a la mercantilización

La era de la industrialización nos maravilló con su dinamismo.  La imagen de la fábrica echando humo despertaba la idea de movimiento y actividad.  Lejos estábamos entonces de asociar esa imagen con el empobrecimiento de unos países y el enriquecimiento de otros.  Se abrigaba la falsa ilusión de que el modelo industrial iba a generalizarse a todos los países.  La carrera por vender materias primas para alimentar esas fábricas agotó nuestras mejores energías.  Aún seguimos en lo mismo, con la diferencia que, a la desazón de la infranqueable distancia que separa una realidad de otra, se suma la saturación de un modo de producción salvaje.  Y así, ocurre que la libertad se nos presenta tan sólo como una ficción en un mundo donde los medios de subsistencia tienen, hace mucho, poderosos dueños.

La saturación industrial ha provocado ciertamente el desempleo masivo.  La creación del sector económico de servicios tampoco ha significado un paliativo al problema social.  Cuando el fin supremo de la vida es la ganancia, no hay ninguna consideración que se ponga por delante.  Las cadenas del determinismo económico siguen su trayectoria para producir una asfixia paralizadora.  Y es que el poder del dinero se ha impuesto hasta ubicarse en el centro de las relaciones humanas.  La idolatría a la economía ha mutilado los aspectos propiamente humanos de la gente, ha distorsionado el sentido de bienestar, ha desvirtuado el rol del estado nacional, ha debilitado la estructura familiar, ha destruido la vida cultural de los pueblos y ha estropeado el aire que respiramos.  La llamada “alta tecnología” está, por cierto, más al servicio de la economía que del propio bienestar.  La comodidad que nos reporta la tecnología es, sin duda, muy estimable, pero deja de ser valiosa en cuanto nos ofrece un mundo congelado, que sólo se anima cuando entra en funcionamiento todo el poderío de las maquinarias de propaganda.

Atrapados en necesidades inventadas, hemos abandonado la vida colectiva.  La modernidad ha barrido los patios y lugares de encuentro.  Ahora protegemos nuestros productos tecnológicos como si éstos fuesen prolongación de nosotros mismos.  La cultura monetaria nos ha empujado a sobre valorar el tener por encima de desarrollar el ser.  Intentamos así vestir un vacío de vida con demasiadas cosas “útiles” que dan como resultado individuos inútiles.  La “fiebre” de compra no atenúa, acaso acentúa, la soledad y el aislamiento de la sociedad consumista.

En un sistema de vida mercantil, sólo los intereses comerciales tienen vigencia.  Los sectores sociales más sensibles no se resignan, sin embargo, a adoptar un sincretismo economicista a todas luces castrante.  Desde luego que no hay forma de retroceder ni retrasar el reloj del tiempo.  Por lo tanto y efectivamente, ¿por qué no hemos de impulsar el libre mercado?, pero hagámoslo insertándolo dentro del contexto local, distrital y microregional, como forma de estrategia de desarrollo de la vida nacional y promoción del intercambio múltiple de las relaciones humanas.

La representación libidinal en la expresión cultural

Son pocas las personas que desconocen el término libido.  Su uso se ha extendido desde que la teoría psicoanalítica aporta como herramienta terapéutica. Sea en la versión de Freud o en la de Jung, el concepto de libido sirve para explicar la fuerza psíquica que subyace a la acción.  En otras palabras, es el impulso básico y responsable de dirigir la actividad.  Ese impulso apunta asimismo a la satisfacción de una “urgencia” primaria e inaplazable, que, de acuerdo con los autores citados, es sexual y psicológica, respectivamente.  Ahora bien, ¿cómo se ha orientado la libido en las distintas poblaciones que ocupan el planeta?  No de un modo uniforme, ciertamente.  Pero, además, no hay que olvidar que los factores genéticos no actúan de manera pura, sino unidos a las determinaciones histórico–sociales que en su momento han sido objeto de repetición en las generaciones siguientes, terminando por condicionarse mutuamente.

La forma cómo se instala la representación mental de la libido y la forma cómo ésta opera en la realidad, depende en gran proporción de las circunstancias sociales que rodean al individuo.  De esta interacción surge necesariamente la organización psicológica de la vida.  Y esta organización se ha configurado de modo disímil en las macro regiones de la Tierra.

La cultura anglosajona, inspirada en la civilización grecorromana, resume en todas sus producciones la lógica de la razón.  La “autoridad” sobre la que se ampara radica en el criterio de verdad.  Los impulsos pueden ser liberados a condición de que sean remplazados por el conocimiento racional.  Hablamos entonces de un mecanismo de desplazamiento y sublimación de la libido en la organización de la vida.

China y Japón son dos de las sociedades asiáticas donde se ejemplifica más claramente la lógica de la disciplina en la organización de la vida.  Se asume que la liberalización de los impulsos es dañina, en la medida en que perturba el orden e impide el bienestar.  La represión de la libido es el mecanismo básico para organizarse.

En Latinoamérica y África, la simpatía constituye un poderoso factor de motivación, sobre la que se asienta la confianza personal.  Si América Latina goza con los primores del talento verbal (la amenidad, la nota graciosa, el humor y la picardía verbales), África disfruta con el deleite muscular del movimiento.  Para ambos, los impulsos se expresan sin ataduras.  Hay aquí, por tanto, una libre práctica libidinal. 

Si colocáramos este análisis dentro del esquema de salud, tendríamos que concluir que, desde el punto de vista psicológico, la autenticidad y la proximidad humana están del lado de América Latina y África, aunque la “guerra económica” actual los obligue a “caminar pisando huevos”.

Tejiendo la voluntad

Hemos caracterizado las grandes culturas contemporáneas en función de su representación libidinal.  Conviene, sin embargo, sintetizar diciendo que, en efecto, Latinoamérica y África se recrean en el esparcimiento, Asia se sujeta al conformismo de la norma y Europa  –con su principal heredera, los Estados Unidos de Norteamérica–  imponen la racionalidad.  Pareciera coherente que la racionalidad tenga que imponerse; más aún, cuando se repite como un estribillo.  Así, nos hemos habituado a dar automáticamente por bueno todo lo que lleve sello “racional”.  Nadie cuestiona, por ejemplo, la racionalidad educativa, cuya formación académica se basa en sustituir lo emocional por lo racional.  Tampoco se discute que la educación enfatice la necesidad de especialización, es decir, que cada quien se ocupe sólo de su tema, aunque tenga como resultado una visión fragmentada y encasillada de las cosas.  Y es que el acicate de esta lógica está en que la racionalidad procura la trascendencia y la trascendencia el cambio.  Pero debemos pensar, sin embargo, que hay un punto en donde humanamente corresponde detenernos, a riesgo de admitir que, a quien presumiblemente maneje la verdad, le asiste el derecho de libre expansión, atropello e invasión de la libertad de otros, bajo el argumento de la razón.  Por lo demás, ¿de qué “verdad” se trata?  De una que, en realidad, se afirma sobre un modelo de vida que ni siquiera es ya válido para sus propios autores …  y, entonces, ¿dónde están los derechos humanos?  

Las culturas que aquí describimos excluyen, sin excepción, a la mujer.  No es, como muchos creen, que la mujer es responsable de haberse dejado vapulear.  Es más bien que la naturaleza de la mujer expresa una invitación inagotable a dejar actuar y dejar vivir, y, más allá de esa invitación, está en un plano superior su ferviente deseo de conservar, proteger y brindar calor a toda la existencia lograda, de la que ella es fuente única.  Se yerra también en afirmar que la mujer tiene una libido débil y difusa, y se yerra más todavía cuando se la supone “adormecida” o “anestesiada”.  La no acción natural debe entenderse como una fuerza extraordinaria que sí hace algo mucho más vital aún:  cuidar del mundo para permitir que cada elemento de la naturaleza  —incluida la especie humana—  se realice plenamente.

Ninguna sociedad es mejor que otra.  No existe el paraíso.  La sociedad ideal a la que aspiramos se construye o se deja de construir sobre la base de la voluntad.  Pero un anhelo de esta índole sólo puede alcanzarse en una ecuación, en donde lo femenino y lo masculino tenga su propio espacio, sin subordinación de uno a otro componente y sin que se sustituyan el uno al otro.  Esa misma ecuación tendrá que poner también en igual proporción los afectos y la razón, como único medio de reconciliación capaz de enlazar seguridad y felicidad, para garantizar así la vida y su belleza. 

____________________________________

* Título original: “Las dramáticas consecuencias de la racionalidad”. Primer premio en el concurso internacional de literatura “Latinidad en el Umbral del Tercer Milenio”, organizado por Fundatia Pentru Cultura Universala “Noua Junime”, Bucarest, abril 1999.

Anuncios

Responses

  1. Gracias Esperanza por mandarme este rticulo. Lo leer detenidamente maana. Son mas de las once pm y no me funciona mas la cabeza. Carios Sylvie


Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: