Posteado por: Esperanza Jhoncon | mayo 16, 2012

Errores sobre China (Parte II)

El control del poder.

El PCCh tiene ya más de 60 años en el poder. Salvo uno que otro disidente, no hay mayor cuestionamiento a su legitimidad. Para cumplir con las presiones internacionales, se han constituido cerca de una docena de pequeños partidos, pero todas estas agrupaciones políticas son “satélites” del PCCh y coordinan, cuando es necesario, acciones conjuntas. La dirigencia del PCCh es muy consciente sin embargo que no tiene una legitimidad gratuita. Saben que el pueblo les demanda resultados y logros que deben traducirse en un incremento, año tras año, en las mejoras de las condiciones de vida.

Los dirigentes chinos han ocupado todo su territorio, milímetro a milímetro. Han “colonizado” sus zonas fronterizas, que es donde se ubican mayormente las minorías étnicas, siendo las más conflictivas las regiones del Tibet y Xinjiang, por lo que han desplazado a estas regiones muchas familias de la etnia mayoritaria: “汉(Hàn)” que compone más del 95% de la población. Las minorías étnicas no están sometidas a las restricciones de la política de un solo hijo y se respeta sus costumbres, tradiciones y eventos populares. Pero, el gobierno chino no admite ningún acto o intención separatista. Son absolutamente intolerantes con la posibilidad de fragmentación del territorio y las amenazas a la soberanía nacional. Un factor que contribuye al entendimiento de la población es que a lo largo y ancho del territorio se ha logrado uniformizar la lengua con la enseñanza del 普通话 o lengua común que se deriva principalmente del idioma mandarín. Esta lengua se ha convertido en la oficial y se aplica en todas las instancias gubernamentales, la educación, los negocios, el turismo, la publicidad, etc.

China ha logrado recuperar Hong Kong y Macao. Pero en ambos casos se trataba de situaciones de rezagos del colonialismo ya dejados atrás en el siglo pasado. Hay otras disputas menores con respecto a algunas islas, así como con el Mar Meridional de China. Sin embargo, la gran tarea pendiente y compleja es la reunificación con Taiwán. Ésta es una cuestión extremadamente álgida porque remite a un conflicto histórico no resuelto: el conflicto de la guerra civil entre el Partido Comunista (共产党) y el Partido Nacionalista (国民党). El actual presidente de Taiwán, el señor Ma (马), es de filiación nacionalista, lo que hace más viables las conversaciones entre ambos lados del estrecho de Formosa que en los casos de los anteriores presidentes taiwaneses de filiación independentista o separatista. No obstante, a pesar de las marcadas y aparentemente irreconciliables posiciones políticas de ambas partes, las relaciones económicas y comerciales entre ellos son muy relevantes y fluidas. Taiwán ha sido la principal fuente de inversiones en China, al lado de los capitales de Hong Kong y otras inversiones provenientes de chinos de ultramar; de manera que durante mucho tiempo –y hasta ahora– los mayores inversionistas en China han sido –y son– chinos.

El sentido de pertenencia y unidad.

Quizás las constantes guerras entre los antiguos reinos en territorio chino, o las reiteradas invasiones de las potencias extranjeras, o la prolongada invasión japonesa, o los 40 años de encierro en que vivió China bajo el control de Mao Zedong, líder de la revolución china, hicieron que los chinos desarrollaran un impenetrable sentido de pertenencia y unidad. A tal extremo llega este sentido de pertenencia a la raza o etnia china que para cualquier ciudadano chino el mundo se divide entre chinos y extranjeros. La sociedad china remarca claramente esta diferenciación y se expresa en (a) la condición de ser chino es válida dentro y fuera del territorio chino, vale decir, si una persona china se encuentra en cualquier país fuera del territorio chino sigue siendo “chino”, mientras que el poblador nativo o local de ese país es “extranjero”; o sea, el chino no se convierte en extranjero aunque resida fuera de China; (b) productos de origen chino y productos extranjeros; (c) tarifas educativas diferenciadas para chinos y extranjeros; (d) actividades “típicas” que realizan los chinos y los extranjeros; (e) costumbres que son propias de los chinos y otras que caracterizan a los extranjeros, (f) placas (o matrículas) de vehículos, sean automóviles o bicicletas, para chinos diferentes de las que usan los extranjeros, etc.

El pueblo chino siente que su historia es única en relación con otras historias de otros países, y que esa historia los ha llevado a convertirse en el país más poblado del Planeta. El pueblo chino siente que ningún otro país ha atravesado por tantas guerras que han teñido de rojo su suelo y tampoco ningún país, con el volumen de población que ellos tienen, ha experimentado tantas hambrunas, ni tantas humillaciones, violencia, explotaciones y maltrato de muchas fuerzas extranjeras que han codiciado su territorio y su población para satisfacer sus fines egoístas y no han tenido reparos en tratar a las personas chinas como bestias de carga, como esclavos o siervos, o simplemente como objetos de uso y descarte.

Ésta es la realidad histórica que ha sufrido el pueblo chino y, para la mentalidad china, la historia no es “pasado”. En el esquema chino, el “pasado” y el “futuro” se funden en el “presente”. En el lenguaje chino no existe el tiempo pasado ni el tiempo futuro, porque los verbos (que son caracteres chinos) no se conjugan como en otros idiomas. Todos los verbos se expresan en presente y en infinitivo. Para que una oración se defina como “pasado” o como “futuro”, es necesario añadir un adverbio de tiempo o una partícula que así lo indique. Lo que cuenta en la comunicación con el chino es concretamente si el suceso ocurrió, no ocurrió o está por ocurrir. Pero el hecho de que ocurrió no significa que desapareció, porque tuvo una presencia y por tanto tiene relevancia o significación. Por eso el pueblo chino no hace “borrón y cuenta nueva” ni “voltea la página” y empieza de “cero”. Lo pasado se lleva en el presente. Aquél que da la espalda a su pasado, no merece la condición de pertenencia a la etnia china. En cierta forma, se puede decir que el olvido es pecado.

Lo que acabo de describir se traduce sencillamente en la condición legal y consuetudinaria de que los chinos usan por delante el apellido y luego uno o dos nombres, según la generación que le ha tocado al nacer. Se coloca y se nombra a la persona por su apellido porque cada persona, independientemente de su género y edad, debe hacer honor a sus antepasados y respetar su legado. Vale decir, toda persona china carga responsablemente sobre sus hombros, en el presente, el pasado de sus ancestros y el suyo propio, lo que en buena cuenta significa que su pasado es también presente. Por eso los chinos perdonan pero no olvidan. Por eso los chinos saben –por las enseñanzas de sus antepasados– que si estás en el hoyo no hay que perder la moral, ni el aliento para un futuro prometedor o brillante (pues todo lo que baja, luego sube, y viceversa, por efecto de la dialéctica del Yin (阴) y el Yang (阳). Igualmente saben que “si eres humillado, no debes perder la dignidad” y “si estás en la gloria, no debes perder la humildad”.

No es difícil deducir por tanto que la democracia, como sistema de vida y gobierno, colapsa con el esquema tradicional de pensamiento de los chinos. Para que la democracia se ponga en práctica en toda su extensión, se requiere a mi juicio de una buena dosis de individualismo y del desarrollo de la individualidad, es decir, que la persona sea capaz de funcionar como ente independiente, con autonomía de pensamiento y expresión, y con capacidad de decisión y elección (en mi opinión, una orientación tal sólo es posible aprenderla en casa, desde la infancia, en la relación con los padres, hermanos, abuelos). De ahí que las democracias en muchos países no desarrollados sean, de acuerdo con los analistas de The Economist, “democracias defectuosas”. Esto es así porque los miembros de la mayoría de estas sociedades no poseen niveles adecuados o suficientes de educación, han sido sometidos en repetidas ocasiones a dictaduras militares o gobiernos autoritarios, los niveles de desarrollo socioeconómico son abismalmente disparejos impidiendo esta condición que sea posible crear una sólida clase media, y en algunos de estos países –como los casos de Perú y México– hay una ancestral práctica de colectivismo histórico, cuyas huellas son imborrables.

No obstante, volviendo a China, he podido constatar en mi último viaje a este país (2009) que los jóvenes que visten traje y corbata para ir a trabajar en grandes transnacionales, en centros financieros regionales e internacionales, en enormes corporaciones o conglomerados de empresas, y que pagan impuestos al estado, anhelan que la próxima APN a realizarse en octubre de este año introduzca gradualmente algunos alcances que apunten hacia la implementación de una reforma política en China, particularmente en el rubro que se refiere a la libertad de expresión, es decir, que se levante la censura a ciertas páginas web, estaciones extranjeras de TV y radio, prensa extranjera, y que ellos puedan también opinar a través de medios de comunicación, como los blogs por internet, sin temor a ser hostilizados o arrestados. A mi juicio, algunos cambios en el esquema político tienen que producirse, no sólo porque China se ha convertido en un importante actor económico mundial, sino porque muchos individuos que conforman la enorme población de jóvenes ha recibido formación e influencia de Occidente cuando han ido a Europa y Estados Unidos a realizar sus maestrías (actualmente, hay 57 mil estudiantes chinos sólo en Estados Unidos) y aspiran ciertamente a que se cristalice su derecho a la libre expresión.

China ¿potencia mundial?

China ha sido y es un país pacífico. En todas las ocasiones en que ha sido tentada de manera provocativa e insistente por Estados Unidos para que ocupe el lugar que dejó la Unión Soviética al concluir la Guerra Fría, China ha respondido prudentemente en favor de la necesidad de entablar el diálogo y las negociaciones que conduzcan a la paz y la estabilidad regional y mundial (está claro que a los intereses políticos, económicos y militares de Estados Unidos le hubiese convenido una China beligerante para así reforzar su liderazgo en el mundo). A los chinos no les ha sido nada fácil alcanzar el nivel actual de desarrollo que poseen y los dos dígitos de crecimiento económico que muestran hace más de tres décadas. El acelerado e intensivo proceso de industrialización manufacturera que emprendió para salir del estancamiento económico ha sido desarrollado bajo presiones, amenazas y sanciones de parte de Estados Unidos y los países europeos por contaminar sobre todo el medio ambiente; la Organización Mundial de Comercio también le ha impuesto sanciones en repetidas ocasiones al país asiático bajo acusaciones de dumping. China está frecuentemente en el ojo de la tormenta, en primera plana, cada vez que recurre a métodos represivos para controlar los desbordes populares particularmente en las dos regiones más conflictivas por sus tendencias separatistas: Tibet y Xinjiang que étnicamente no pertenecen a la nacionalidad Hàn, es decir, no son chinos; pero cuyos territorios y población están históricamente anexados a la nación china.

China no tiene aspiraciones de liderazgo político mundial porque asume que los sistemas políticos de gobierno de cada país son asuntos referidos a su soberanía nacional y consideran una violación de los derechos soberanos interferir en los asuntos internos de otros países. Así lo han declarado sus dirigentes cientos de veces en conferencias de prensa y declaraciones formales y escritas. China considera que tiene suficiente responsabilidad con más de mil 300 millones de población china en el mundo. En lo personal puedo dar fe de esta postura cuando realizaba mi trabajo en Beijing para el Alto Comisionado de Refugiados de las Naciones Unidas como especialista, y los dirigentes chinos se negaban a conceder la residencia a individuos y familias que se encontraban al amparo de las NU en condición de refugiados. China sólo aceptaba la permanencia temporal de los refugiados hasta que un tercer país los acogiera de manera permanente, pues argumentaban razones relacionadas a su superpoblación.

Como ya he expuesto líneas más arriba, los chinos tienen un claro sentido de pertenencia a su etnia y la diferencian tajantemente de otros grupos étnicos, no sólo por las características antropomórficas diferenciadas, sino sobre todo por las raíces histórico–culturales que marcan un esquema mental, filosófico y psicológico diametralmente opuesto. Por ejemplo, en la concepción greco–romana occidental la vida es asumida dentro de un continuum, y este concepto lineal de la vida supone una idea de progreso o de desarrollo ascendente. En cambio, en la concepción oriental la vida se percibe de forma circular, donde el nacer y el morir, por así decir, se re–encuentran una vez que concluye el ciclo de vida. Durante cientos de años, por influencia del taoísmo y el budismo, los chinos estaban sumidos en la no–acción o la contemplación, pues contradecir las leyes de la Naturaleza era causar una injuria al Dao (道), que equivale a la vía o el camino. (Ésta es sólo una simplificación de una de las bases vitales de la filosofía china, pues el tema es mucho más complejo, pero escapa a la temática que aquí tratamos). Así, entonces, mientras que para el mundo occidental la vida representa la búsqueda de felicidad, para el mundo oriental la vida representa una responsabilidad, vale decir, la vida es una tarea que hay que cumplir. ¿Cómo entonces se puede aspirar a liderar mundos distintos y esquemas mentales diferenciados?, se preguntaría sin duda un dirigente político chino. China ha hecho esfuerzos enormes –y los sigue haciendo– para entender e interactuar con la mentalidad extranjera en el plano político, económico y comercial fundamentalmente. Durante muchos años han contratado “expertos extranjeros” para que los asesoren en el manejo de las lenguas de otros países. En todas las negociaciones intergubernamentales, han puesto siempre como condición la transferencia tecnológica de los países avanzados para que éstos envíen capacitadores a China (las ventajas económicas y en anhelo de modernización estaban en primer lugar, desde luego). Los chinos han aprendido gradualmente y con esfuerzo los modos de actuar, las técnicas o los modus operandi de los extranjeros. Con todo, aún les es muy difícil ponerse en el marco de referencia de cualquier extranjero.

Mucho menos aspira China a ser una potencia militar mundial. Como mencioné antes, si ése hubiere sido el caso, se habría colocado en posición confrontacional frente a Estados Unidos a instancias de la Guerra Fría. Pero los chinos han sabido actuar con prudencia y han buscado siempre alianzas estratégicas de beneficio mutuo con todos los países. Los dirigentes chinos son además muy conscientes respecto al poderío tecnológico–militar de Estados Unidos de Norteamérica. Ningún país del mundo ha invertido tantos miles de millones de dólares para tener la avanzada tecnología militar como la tiene dicho país, aun a costa de generar un forado fiscal en su tesoro público (la deuda fiscal de Estados Unidos asciende nada menos que a la suma de ¡14 trillones de dólares!). China, en cambio, tiene una tecnología militar limitada que, por lo demás, no la puede mejorar debido a que está sometida a un embargo de armas luego de los sucesos en la plaza Tiananmen. ¿Cómo entonces podría pretender convertirse en una superpotencia militar?

A mi juicio, en lo que está empeñada China es a convertirse en la primera economía mundial, es decir, pasar del segundo al primer lugar; porque para ello se ha estado preparando en las últimas décadas: para demostrar al mundo que ha logrado ser autosuficiente económicamente aun a pesar de todos los obstáculos que ha encontrado en el camino, y para demostrar también, y especialmente, a la población china que la dirigencia comunista ha cumplido largamente con mejorar sus condiciones de vida y que, por lo tanto, tiene bien ganada su legitimidad para perpetuarse en el poder.

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