Posteado por: Esperanza Jhoncon | mayo 13, 2012

Errores sobre China (Parte I)

Me ha tomado mucho tiempo decidirme a escribir sobre China. A pesar de mi origen chino y los muchos años que he vivido en Beijing, me resistía a pronunciarme sobre China principalmente porque parecía inevitable que tendría que alinearme con una de las tendencias prevalentes: estar a favor o en contra de China, tal como se expresa en la prensa internacional o por medio de los analistas, sinólogos o simplemente viajeros circunstanciales que van a China por turismo o negocios, y luego manifiestan fáciles opiniones a favor o en contra de China. En lo particular, no me cabe estar en contra del pueblo chino al cual estuve integrada en una de las etapas más significativas de mi vida, ni de su gente que acogió y vio crecer y desarrollarse a mis hijos hasta convertirse en jóvenes talentosos. No estoy tampoco a favor ni en contra de los gobernantes chinos. Ellos han desplegado acciones que son ciertamente criticables, pero también muchas otras que son claramente loables.

Pero no sólo la falta de objetividad para evaluar y juzgar a China me incomoda, sino sobre todo los errores de percepción e interpretación tan gruesos o sesgados de la mayor parte de la prensa internacional que presenta deformada la información de los acontecimientos en China y lo que este país y su cultura proyectan. Hace más de 30 años que China está en el centro de la coyuntura mundial. Y es, hoy más que nunca, uno de los países protagonistas de cómo se están dibujando las tendencias globales, en especial frente a los países que han conformado el así llamado Primer Mundo, es decir, las naciones o potencias desarrolladas. Al respecto, hay varias interrogantes en la actual coyuntura económica y política que están pendientes de respuesta: ¿cuál es el papel que jugaría China en esta economía mundial recesada?, ¿qué resultado pueden generar los ajustes fiscales en las llamadas potencias occidentales?, ¿cómo manejará Estados Unidos su abultada deuda fiscal y cuál es su proyección ante los comicios electorales de este año?, ¿qué efecto puede generar una Francia socialista en el actual contexto europeo?, ¿cuáles son los objetivos que el próximo octubre se propone la Asamblea Popular Nacional de China para el próximo quinquenio?, ¿será capaz China de iniciar reformas políticas en su sistema de gobierno?, ¿el actual modo de producción capitalista tiene aún aliento para mantener su vigencia?, ¿está la democracia en crisis? …  Son preguntas críticas que este ensayo no pretende abordar aquí. Me limitaré únicamente a exponer ciertas particularidades importantes del mundo chino que no son cabalmente conocidas fuera de China, porque no se puede acceder a la idiosincrasia de este pueblo sin conocer su lengua, así como también se puede deducir fácilmente, los ciudadanos chinos no son tampoco capaces de describir la sociedad china, sea por la censura a la libertad de expresión o sea por la dificultad de tomar distancia de la realidad en la que viven para analizarla imparcialmente.

La reforma económica

Soy testigo de excepción del proceso seguido por China hasta nuestros días, pues tuve la experiencia decompartir la vida en China antes y después de la reforma económica emprendida por Deng Xiaoping. Esta reforma significó un extraordinario “giro de timón” en la historia contemporánea china. Fue un proceso realmente complejo, cuyo punto de quiebre se sitúa en los dramáticos sucesos de la Plaza Tiananmen. Notablemente, el cambio de una economía con planificación central a una economía abierta fue más fácilmente asimilado en las zonas rurales que en las ciudades. Los campesinos ya estaban hartos de sembrar y cosechar según ordenaba el cuadro de planificación estatal y ansiaban decidir su propia producción agrícola y agropecuaria. Tanto el gobierno como los campesinos deseaban también acabar con el mercado negro donde se comercializaba “por lo bajo” productos que no estaban definidos en la planificación de la parcela familiar o comunal. Con la incorporación de la reforma aparecieron, en distintos puntos de las zonas urbanas, los “mercados libres” donde se vendía una variedad de productos que no se podía encontrar en los establecimientos estatales, pero que la gente promedio tampoco podía adquirirlos fácilmente por falta de liquidez monetaria. En ese entonces –incluso bien entrada la década de los 80– la población seguía manejándose con los “boletos de racionamiento”, otorgados por el gobierno para que cada familia satisfaga sus necesidades básicas.

En consecuencia, el descontento en la población urbana empezó a crecer. El campo había iniciado la reforma económica dos años antes de empezar la década de los 80. Al cabo de unos pocos años muchos campesinos ya vivían en mejor situación que el promedio de los empleados estatales y los obreros de las fábricas. Los que sabían producir, por ejemplo, aceite de sésamo y tenían un molinillo para triturar el ajonjolí, ya no vendían “a escondidas” su producto, sino que empezaron a aumentar su producción, se consiguieron envases de vidrio, etiquetas, cajas de embalaje, camiones para despachar y comercializar su producto. Lo mismo ocurría con quienes eran capaces de producir jabón, shampoo, tinte para el cabello, confección de ropa, etc. Es decir, quien tuviese algún artículo para su producción en gran escala, tenía el mercado asegurado y, por lo tanto, también estaba garantizado su enriquecimiento.

Con la consigna dictada por el gobierno que rezaba así: “cada quien debe gestionarse su tazón de arroz”, se suspendió la entrega de “boletos de racionamiento” y las decenas de millones de familias tenían que ver cómo resolver el tema de su supervivencia. La gente, habituada a la estricta organización comunista, simplemente se desorganizó. Desde bien entrada la primavera de 1988 el descontento y la agresividad de la gente en la calle crecía y crecía. Las personas que normalmente solían respetar los espacios físicos mínimos de distancia entre uno y otro debido a la superpoblación, ya no lo hacía. La hostilidad iba en aumento …

Sucesos en la Plaza Tiananmen

La plaza Tiananmen se ubica en el mismo centro de la capital china: Beijing. Es un espacio abierto y gigantesco en cuyos lados se alzan el Palacio Imperial (Ciudad Prohibida), el museo de historia de China, el mausoleo de Mao Zedong y el Palacio del Pueblo. Éste fue el centro de concentración a donde acudieron primero los estudiantes universitarios e intelectuales y luego los obreros urbanos para expresar su malestar y descontento frente a la nueva situación creada. Posteriormente se sumaron gente de distinto origen y propósito, y la gigantesca plaza de llenó de ciudadanos que instalaron sus carpas para pernoctar, sus banderolas con todo tipo de consignas, una réplica de la estatua de la libertad de NY, etc. Era un Occupy Wall Street pero multiplicado por varios cientos más de personas. La situación se tornó absolutamente incontrolable, pese a que la plaza estaba rodeada de tanques militares. En un país carente de libertad de asociación, reunión y expresión, el escenario creado en esta plaza era completamente inaudito para los gobernantes y el resto de la población. También se produjeron manifestaciones similares en otras provincias importantes, como Shanghai, Xinjiang, Chongqing etc. (ahora podemos decir que estos movimientos de ocupación son los precursores de los Occupy… tal o cual ciudad o centro financiero en Estados Unidos de Norteamérica y los países europeos).

Nunca antes la dirigencia china había enfrentado una situación similar de protestas y levantamiento de la población desde que se hicieran con el poder en 1949. En consecuencia había un gran desconcierto, pues no atinaron a reaccionar sino hasta largas semanas después, creándose, qué duda cabe, un vacío de poder. Se barajaban varias explicaciones frente a estos incidentes: la muerte (por enfermedad) del líder Hu Yaobang (considerado como representante del ala liberal del PCCh), el derrumbe de la Unión Soviética y la debacle socialista en los países de Europa del Este, la Glasnost de Mijail Gorvachov, las demandas por reformas políticas y adopción de libertades democráticas. No había tampoco una representación válida a nivel de la masa que protestaba, de manera que los dirigentes no sabían con quién(es) debían negociar si la negociación se planteaba como opción, tal como el defenestrado secretario general del PCCh, Zhao Ziyang, proponía para evitar a toda costa el uso de la violencia. Pero el primer ministro Li Peng era partidario de la represión para acabar con el caos y fue apoyado por Deng Xiaoping y los ancianos del partido comunista, con lo que se dictó la Ley Marcial que permitió que el Ejército Popular de Liberación ingresara a desalojar la plaza, persiguiendo a los participantes de la protesta en las calles laterales para acribillarlos o arrestarlos. Según la CIA y las cifras oficiales chinas, perecieron entre 180 y 500 manifestantes, pero según la Cruz Roja y la prensa extranjera en China, murieron entre 2,600 y 3,000 manifestantes.

China y la democracia

En muchos sectores de la población china, los incidentes relacionados con las protestas en la plaza Tiananmen, así como el tema de la democracia, son considerados hasta ahora tabú. Es decir, sólo puede ser tratado en círculos muy privados y entre amigos íntimos. Muchos de los que perdieron parientes o amigos en esa masacre, reniegan de la brutalidad con la que se actuó para controlar a los manifestantes. Pero la mayoría de gente opina que no había ninguna otra cosa que hacer, que era necesario poner orden y restablecer la estabilidad para que haya desarrollo, ya que sin estabilidad y paz no es posible el desarrollo.

Aquí es donde yo ubico el primer error de interpretación de la prensa internacional y los países occidentales: el creer o hacer creer que la protesta en la plaza Tiananmen se trataba de un movimiento en favor de la democracia (me pregunto si ¿no ocurre lo mismo con aquello que los medios de comunicación recientemente han denominado “la primavera árabe”?).

Si hubiese una verdadera vocación por la democracia en el pueblo chino, el movimiento que se formó en favor de la democracia en China con el apoyo de un grupo de ciudadanos de Hong Kong y varias ONGs norteamericanas no se hubiera disuelto. Los propios honkoneses que han vivido bajo la influencia británica, como colonia, por muchos años tampoco tienen vocación democrática. Antes de la transferencia de Hong Kong por parte de Gran Bretaña a China en julio de 1997, los británicos hicieron todo lo posible para que los honkoneses se opongan al proceso de transferencia y reclamen su derecho a la autodeterminación. Pero pese a los múltiples esfuerzos ingleses, prevaleció en los ciudadanos de Hong Kong, primero, saber que sus negocios estaban resguardados y, segundo, la idea central de que son étnicamente chinos y deben retornar a la madre patria, aceptando también que su sistema se mantenga incólume por 50 años, tal como fuera propuesto por Deng Xiaoping a la entonces primera ministra Margaret Thatcher, como parte de la fórmula de negociación.

El pueblo chino no ha ejercido nunca antes en su historia ninguna práctica democrática. Lo más cercano a la democracia es la votación que realizan los 80 millones de miembros que conforman el Partido Comunista Chino cada cinco años para elegir a sus delegados ante la Asamblea Popular Nacional. Incluso así, la democracia es obviamente mucho más que una elección formal. Pero para los chinos, la democracia no es una cuestión prioritaria. Las prioridades son la supervivencia, el desarrollo, el orden, la autoridad, la estabilidad y la paz. Y la mayor lacra es desde luego la corrupción en todas las instancias gubernamentales.

Intensificación de la reforma económica

Luego de los sangrientos sucesos en la plaza Tiananmen, Deng Xiaoping propuso a Jiang Zemin (ex–alcalde de Shanghai) para que condujera a la nación china, supuestamente, en mérito a que fue capaz de controlar el desborde popular en Shanghai en 1989. La nación china retomó entonces su despegue económico para intensificar los objetivos de la reforma económica bajo dos consignas explícitas:

(a)  La primera consistía en la fórmula planteada por Deng Xiaoping para recuperar Hong Kong del dominio colonial de Gran Bretaña. Esta fórmula tenía como premisa una simple deducción de carácter doméstico para justificar la incorporación del capitalismo a la vida económica china: “no importa el color del gato con tal que cace ratones”. La fórmula se concretaba así en el siguiente enunciado: “China: un país, dos sistemas”. Aquí es donde medios de prensa internacionales, analistas y hasta altos dignatarios de países occidentales cometen el segundo error, pues básicamente proyectan sus propios intereses o deseos, y afirman, a partir de una rápida percepción del extraordinario consumismo al que ha llegado la sociedad urbana china, que esta nación “ya es capitalista”. Grave error, porque si bien China es efectivamente capitalista, lo es sólo desde el punto de vista económico; es decir, se maneja con los principios básicos del libre mercado. Pero China jamás ha recusado de su condición como país comunista desde el punto de vista político, tal como lo declara su constitución política fundacional desde que el Partido Comunista tomara el poder en 1949.

(b)  La segunda consigna importante que se planteó China después de los sucesos en Tiananmen, no fue incrementar la represión y el control, como muchos sectores de la sociedad imaginaron. Todo lo contrario. En todas las ciudades aparecieron banderolas que a la letra decían “a more open China”, lo que literalmente en castellano significa “una China más abierta”. Independientemente de los reparos con respecto a esta expresión, lo que trataban de transmitir los dirigentes chinos es que estaban convencidos de la necesidad de tumbar las enormes barreras que bloqueaban el ingreso a la inversión extranjera. Al concederse mayores facilidades al capital externo para que ingrese al mercado chino, se multiplicaron los puestos de trabajo y el país se vio envuelto en una vorágine de producción industrial y tecnológica masiva. Con la mayor apertura, se superó el celo propio de las sociedades comunistas cerradas que son adversas a la “contaminación occidental o burguesa”.

Hoy, las grandes ciudades y las zonas económicas especiales que están particularmente ubicadas en la costa Este y la parte Sur, son boyantes y prósperas economías, donde puede encontrarse toda clase de productos y artículos, donde la gente desarrolla una frenética actividad productiva, comercial o de servicios, donde los negocios están abiertos a toda hora del día y todos los días de la semana, donde los restaurantes y centros de entretenimiento, diversión y recreación están llenos de público consumidor. Atrás quedaron los boletos de racionamiento y las largas colas (filas) para adquirir productos muchas veces estropeados o de baja calidad. Pero el estado chino tiene todavía una deuda con las zonas montañosas, ésas que fueron baluarte de la revolución china, donde persiste la desnutrición y la pobreza. Hace aproximadamente una docena de años, la cifra oficial de pobres era de 48 millones. Actualmente es probable que esta cifra haya disminuido. No obstante, la desigualdad –como en toda sociedad capitalista– se ha acrecentado: al lado de los pobres relegados en las áreas rurales de montaña, se calcula que hay 200 millones de multimillonarios dispuestos a hacer negocios dentro y fuera de China. Hasta el 2010 los fondos de estas personas ascendían a 2,627 millones de dólares. Beijing es la ciudad que alberga a las personas más ricas de toda China: 460 mil.

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