Posteado por: Esperanza Jhoncon | noviembre 4, 2011

Balance

Desigualdad vs. Igualdad.                 

En tiempos de globalización el término diversidad o diversificación se ha puesto de moda en ciertos campos de la actividad humana.  En el terreno de la producción,  el desarrollo económico y  las relaciones comerciales ―que por cierto son desde hace mucho los temas más dominantes―, los empresarios no sólo hablan de la importancia de añadir valor agregado al artículo o producto comercial para incrementar su cotización en el mercado, sino también de la necesidad de diversificar la producción (vale decir, no producir un solo artículo), y al mismo tiempo todos los comerciantes están a la búsqueda de ampliar las relaciones comerciales para que éstas no se restrinjan al plano bilateral, sino multilateral. Mientras mayor sea la diversificación que una unidad productiva alcance, mayor serán sus posibilidades de crecimiento económico. Obviamente, si una empresa vende un solo producto a un solo cliente, sus opciones de desarrollo son bastante limitadas. Basta ver cómo los grandes centros comerciales, tiendas por departamentos o cadenas de supermercados han desplazado a las pequeñas bodegas con poca variedad de mercadería. Hoy, la gente quiere tiendas comerciales surtidas, llenas de variados artículos al escoger y desde luego a precios competitivos.

Pero no es la economía, el comercio o la producción lo que motiva este breve artículo, sino cómo la diversificación ha sido capaz de llenar nuestro espacio de consumo. Y si hablamos de diversificación, tenemos que referirnos a múltiples objetos diferentes que, por ser distintos, son desiguales unos de otros. Estos objetos diferenciados son expresión o producto a su vez de autores, productores o fabricantes de procedencia diferente. Desde luego que existe la tendencia a copiar,  imitar o reproducir una primera elaboración o producción, pero esta inclinación no tiene que sorprendernos ni puede ser objeto de rechazo. Es sencillamente parte del aprendizaje social en el que la colectividad está involucrada. No obstante ninguna copia es igual a otra, ningún ejemplar es igual a otro, ningún objeto es igual a otro, ninguna persona es igual a otra, ninguna situación es igual a otra. El mundo está colmado de desigualdades en el más amplio sentido de la palabra y éstas comprenden distinto tipo y orden. Paradójicamente, la globalización ha acortado las distancias, pero ha ampliado también las diferencias y desigualdades o, al menos, las ha hecho más visibles. Paradójicamente también, en la “aldea global”, todos parecemos iguales, fundamentalmente porque se ha perdido la desconfianza a lo desconocido. Ahora todos nos conocemos más. Hemos aprendido a convivir con las diferencias, nos hemos hecho más tolerantes (a veces, hasta indiferentes) a las desigualdades. El asiático, el africano, el indio, el árabe, el latino, ya no son especies raras dentro del dominante contexto anglosajón. Es más, todas las variedades étnicas conviven en el marco occidental. ¿Se han occidentalizado o se han universalizado? Probablemente sí. A nadie sorprende ahora la enorme cantidad de matrimonios mixtos con descendencia que tiene sus propias características faciales, distintas a uno u otro progenitor.

Unidad de los contrarios.

“Lo desigual es también igual”, pues forman parte de un mismo universo: el universo de los compuestos determinados por su variedad o simplemente el “universo de la variedad”, la misma que es equiparable a la dicotomía homogeneidad–heterogeneidad, así como semejanzas–diferencias. Si colocáramos los polos opuestos en un continuum, veremos que los componentes de la oposición no son estáticos, sino que sufren constantes mutaciones. Este concepto no tiene, ni mucho menos, raíces contemporáneas. Data de hace aprox. 700 años AC, con la primera referencia al Yin y al Yang que aparece en el “Libro de las Mutaciones” o “I Ching” o, en chino moderno, “Yi Jing”, de autoría anónima. Las combinaciones que se producen entre el componente Yin y Yang, simbolizan todos los posibles fenómenos que pueden ocurrir ―han ocurrido u ocurren― en el universo.

Algunos connotados filósofos occidentales (e inclusive, el propio fundador del psicoanálisis: Sigmund Freud) fueron marcadamente influidos por este principio teórico de la relación Yin–Yang. La fórmula tantas veces aplicada académicamente que se expresa en el planteamiento de la “Tesis, Antítesis y Síntesis” no tiene otro origen que esta antigua concepción filosófica. A los polos opuestos que traducen el Yin y el Yang, algunos autores los llaman antinomias, otros prefieren referirse a dicotomías, otros los denominan antítesis y otros más, simplemente, los califican de contrarios.

La relación que se establece entre los lados opuestos o contrarios no plantea mayor complejidad. Vale decir, es fácil entender que:                                                                                                                                   

  • El día corresponde al Yang y la noche corresponde al Yin.
  • El cielo es Yang y la tierra es Yin.
  • Lo redondo es Yang y lo cuadrado es Yin.
  • El sol sale por el Este (Yang) y se oculta por el Oeste (Yin).
  • La izquierda corresponde al Yang y la derecha al Yin.

La complejidad se presenta cuando no se asimila correcta y dinámicamente que los polos opuestos conforman un universo y se manifiestan como dos fases de un mismo movimiento cíclico.  Así por ejemplo: la lentitud y la rapidez corresponden al universo “velocidad”, el frío y el calor corresponden al universo “temperatura”, la inhibición y la excitación corresponden al universo “ansiedad”, el cansancio y el descanso corresponden al universo “actividad”, etc. La unidad de los contrarios se verifica así en la relación de interdependencia de los componentes opuestos.

En el manejo de la dinámica de los contrarios está el BALANCE.

La teoría del Yin y el Yang nos enseña que hay una interacción constante entre los opuestos; que uno de ellos no se expresa separadamente de su antítesis, sino que más bien hay una alternancia temporal de los componentes opuestos. Cuando un polo alcanza su pico o máxima expresión, empieza a decaer, y el otro polo empieza gradualmente a desplegarse. Cada componente o fenómeno contiene dentro de sí mismo la semilla de su opuesto, en diferentes grados de manifestación dentro del continuum. Es decir, nada es totalmente Yin ni totalmente Yang. En el plano del género humano sostenemos que el hombre no es completamente masculino, ni la mujer es completamente femenina. Ambos géneros tienen componentes masculinos y femeninos. Lo que hace la diferencia es que el componente masculino es preponderante en el varón, así como el componente femenino es preponderante en la mujer. Pero todo depende también de las condiciones de vida que a ambos géneros les toca vivir. Si por ejemplo una mujer se ve sola, abandonada por el marido y enfrentada a sacar adelante a sus hijos, pone en juego los componentes masculinos, como la sobreactividad, la agresividad, la obstinación o terquedad, etc. Si acaso un varón estuviera sobreprotegido por la madre y la abuela, pondría en juego los componentes femeninos, como la pasividad, la sumisión, el recato, etc. Pero estas tendencias no son inmutables e invariables. Llegado el momento, al cambiar las condiciones internas o externas, cambian también las características con las que se manifestaba el estado anterior. La ley de las mutaciones se cumple: nada es fijo, invariable o permanente, todo cambia. La capacidad del ser humano para sobrevivir y desarrollarse depende precisamente de su habilidad para adecuarse al cambio, para prever o anticiparse al cambio, así como para manejar las condiciones del cambio, y vivir dentro de los márgenes del equilibrio, el justo medio o el balance.

Se ha dicho en repetidas ocasiones y contextos que “todo exceso es malo o negativo”. Efectivamente es así, porque el exceso de un componente implica el detrimento de su antítesis, lo que significa la ruptura del equilibrio. Por ejemplo: (a) Un hombre mujeriego que expone su virilidad con todas las mujeres disponibles pasará necesariamente por un ciclo de asexualidad, e incluso de homosexualidad si su impulso primario a la intensa sexualidad heterosexual no era sino una forma de evadir su homosexualidad latente. (b) Una persona que trabaja de 10 a 16 horas al día, tendrá necesariamente mermado su descanso diario; por lo tanto, no sería extraño que el desgaste físico y mental le genere trastornos somáticos o de otro tipo. (c) Una persona o grupo humano que vive en permanente estado de sometimiento y humillación, encontrará el momento y los medios para rebelarse o sublevarse de ese estado e intentar a toda costa su liberación.

Es importante entender que los opuestos están en permanente contradicción y en movimiento. Estas propiedades constituyen el estado natural de su condición de opuestos, pero no se trata de una oposición absoluta, sino relativa, porque ―como antes he señalado― nada es totalmente Yin o totalmente Yang. Ambos componentes no deben tampoco percibirse de manera aislada y hay que tener en cuenta que nunca están presentes en una proporción de 50/50, sino en un balance dinámico, en confrontación y en constante cambio. Toda situación o fenómeno debe evaluarse, por lo menos, en su dualidad antitética a fin de alcanzar el balance deseado. Por ejemplo: una marcada adulación e insistente elogio hacia un personaje, no necesariamente revela afecto sincero, sino que puede ser indicativo de hostilidad encubierta.

Vivimos en constante oposición antitética y esta confrontación dual constituye realmente la fuerza motriz de todas las transformaciones, el desarrollo y el declive de todas las cosas. Sólo se puede desembocar en el balance o equilibrio a través de un proceso de maduración de las antítesis que conforman el universo “X”, y una vez alcanzado tal balance o equilibrio no ha de suponerse que se ha logrado una “meta fija e inamovible”, porque el balance no es un estado inmutable, sino una condición dinámica que surge bajo determinadas condiciones internas o externas, así como el factor tiempo y oportunidad. Si quisimos conservar el estado de balance o prolongar su permanencia, todos los elementos y las circunstancias que componen y rodean un determinado “universo” (vg. el universo variedad socioeconómica, conformado por la dicotomía desigualdad e igualdad), tendrían que aportar en una misma dirección: en la dirección del equilibrio o balance.  Cada persona, grupo humano y la sociedad en su conjunto tienen la responsabilidad de asumir y propiciar el balance necesario y contrarrestar los extremos dañinos y perjudiciales para la supervivencia y coexistencia pacífica de la humanidad y su entorno social, cultural, económico y político.

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