Posteado por: Esperanza Jhoncon | octubre 26, 2011

Premio y castigo

El modelo de educación basado en la modificación de la conducta por medio del “premio y castigo” nos deja como efecto que no somos capaces de actuar sobre la base de la autoconciencia, sino que más bien refuerza la dependencia de la etapa primaria del desarrollo humano. No obstante,  hay que reconocer que todo el sistema de vida está organizado para que funcionemos (a) o motivados por una recompensa, una compensación o un beneficio, como en el caso simple de los sueldos o salarios como resultado de la actividad laboral, pues nadie trabaja gratis ni se esfuerza en vano;  y (b) o para evitar ser sancionados, cuestionados o criticados, por ejemplo: las leyes o normas tienen carácter punitivo e imponen multas o sanciones pecuniarias que inhiben ciertos comportamientos.

Todas las religiones del mundo basan sus concepciones y preceptos de conducta en la influencia que ejerce sobre los fieles la norma del premio y castigo. Si se practica un determinado orden moral fijado por el creo religioso, éste ofrece al fiel practicante una recompensa relacionada con la salvación de su alma o espíritu. Si por el contrario el creyente se aleja del código moral y comete actos reñidos con este código de moralidad, es castigado como pecador y debe someterse a la penitencia que fije la autoridad o representante religioso.

Este modelo formativo se aplica en todas las esferas de la vida humana, y sirve definitivamente para la educación en masa. Nadie duda que es efectiva pues induce a generar nuevas conductas o cambios de conductas. Conforme la población se ha ido multiplicando en tamaño, las sociedades ―a través de los padres, maestros y otras autoridades― han ido actuando más selectivamente, es decir, escogiendo o premiando las conductas deseables y castigando las conductas indeseables o negativas. Desde luego, el modelo pre– y post–skinneriano basado en el “premio y castigo” supone que existe alguien que premia y alguien que castiga. Es decir, la presencia y afirmación de una AUTORIDAD que por cierto cumple un rol paternalista.

La psicología en Asia no es sino la fiel representación de este modelo en los campos social, educativo, familiar y laboral. En la región asiática no es concebible otro modelo de relaciones sociales, puesto que el concepto de autoridad está fuertemente internalizado. Los chinos por ejemplo llevan primero el apellido familiar y después su nombre o nombres, para hacer honor precisamente a sus antepasados. Igualmente, los japoneses se someten claramente a la autoridad, primero, del padre y, luego, de la madre, y si hay abuelos, el ascendente que ellos ejercen no se discute, se acata y se respeta al cien por ciento. No obstante, fuera del marco familiar, los japoneses actúan con toda la libertad que la modernidad y la competitividad estimula. Esta dualidad de vida, ya relativamente antigua, se ha generalizado al resto de países asiáticos que imitan el modelo que practica Japón: obediencia en el hogar y libertad ―desenfrenada a veces― fuera del marco familiar.

En América Latina, donde ―como dice The Economist― se practica una democracia defectuosa, se intentan combinaciones de modelos educativos, pero prevalece el esquema de premio y castigo. Inclusive, en el Perú se señaló, en su primera constitución política, la importancia de la “igualdad ante la ley para el premio y el castigo …”. Se podría decir que mientras el alumno está bajo la tutela de la escuela o el colegio se aplica íntegramente este modelo educativo. El docente premia a los mejores alumnos con buenas calificaciones, diplomas de honor al mérito, reconocimiento público, etc., mientras que castiga a los alumnos deficientes con bajas calificaciones, suspensión de actividades, citación a los padres de familia y, a veces, exposición pública que da como resultado merma en la autoestima de estos alumnos.  No obstante, cuando un porcentaje de estudiantes accede al sistema universitario, ellos pueden experimentar que el seguimiento de la autoridad que premia o castiga ya no está en contacto directo con el alumno, desapareciendo así abruptamente la dependencia y produciéndose un desfase o un vacío de relación que algunos llegan a superarlo si tienen capacidad para la autonomía de pensamiento y son capaces de recomponer la confianza en sí mismos, pero otros no saben cómo actuar por sí solos y se desorientan al punto que pueden llegar a desertar del claustro universitario.

Los casos más críticos y preocupantes que podrían catalogarse como víctimas del sistema son los casos de chicos hipersensibles o vulnerables al sistema, pues no pueden tolerar o resistir la competitividad y al mismo tiempo tienen una estructura mental absolutamente dependiente e inmadura.  Son los casos de los chicos que entran al mundo de las adicciones de todo tipo para suplir a su modo el estado de indefensión al que se ven expuestos sin el apoyo o afecto permanente de los adultos significativos de su entorno: padres, maestros o tutores.

Otro de los efectos secundarios o colaterales del sistema de premios y castigos proviene de aquellos que se ponen por encima de este sistema y se ubican en una posición de poder. A ellos no les basta la compensación legal por el ejercicio público de sus funciones, vale decir, su significativa remuneración,  sino que desde sus puestos de poder se dedican a obtener ventajas personales a través de la coima, el tráfico de influencias, etc.  Son los políticos corruptos que a su vez corrompen el sistema y pasan por encima del marco legal para actuar subrepticiamente perjudicando la fe pública de los ciudadanos. Esta tendencia generalizada en todo el mundo es en gran parte la responsable del deterioro del sistema de autoridad antes señalado y que tanto ha costado labrar en épocas pasadas, haciendo que hoy la gobernabilidad de la mayoría de países esté en cuestión o seriamente debilitada.

El mundo de hoy es, en efecto, altamente competitivo y exigente, y sólo los que tienen las condiciones a su favor pueden sostenerse en competencia debido a que cuentan con la preparación, así como las calidades y cualidades mentales y psíquicas (además de una buena dosis del factor suerte u oportunidad).  Ellos pueden inclusive aspirar a alcanzar logros que los lleven a los premios de carácter internacional tales como: el Oscar, el Nobel, el Grammy, etc.). Uno de los costos desde luego es saber cómo manejar el stress que genera el alto grado de competitividad que el mundo contemporáneo exige. Pero parece que hoy en día sólo hay dos opciones: o estás en competencia o estás excluido y eres un paria dentro del sistema.

Los padres de familia y los maestros de escuela debieran ocuparse menos en conceder premios, como “caritas felices”, “puntos” o “estrellas” por un buen resultado, logro o buen comportamiento y, en su lugar, deben volver sobre el tema materia del éxito (fracaso o frustración) para promover el interés y la motivación por el tema o la conducta por sí mismos; es decir, extraer el valor de esas expresiones para que el niño perciba la importancia de la materia en relación a sus propias percepciones, objetivos e intereses, las cuales deben tener vinculación con su propia psicología. El ser humano es algo más que un perrito que saliva ante una campanilla asociada a alimento, según el clásico experimento de Ivan Pavlov del reflejo condicionado. El ser humano tiene una conciencia que es capaz de la libre elección y de actuar según criterios propios.

Definitivamente, esas metas son las que la primera educación tiene que estimular desde las primeras etapas de desarrollo, a pesar de que estas tendencias sólo pueden alcanzarse con una educación personalizada (vale decir, y dicho en palabras vulgares, no la apurada que trata de meter todo en la cabeza del niño en el menor tiempo posible para cumplir con los objetivos de aprendizaje, o porque los padres no disponen de la voluntad o del tiempo necesario de dedicación individualizada para cada uno de sus hijos). Los grupos de clase durante la primera etapa de formación no debieran sobrepasar los 10 alumnos por aula, si queremos formar y preparar ciudadanos pensantes, creadores, autónomos de pensamiento y acción, y con claridad de conciencia para que sean capaces de tomar decisiones por sí mismos, e inclusive afirmarse o forjarse en el autoempleo que, por cierto, parece ser la opción más viable en un mundo donde todos los días se destruyen miles de puestos de trabajo que ya son irrecuperables dado el alto nivel tecnológico que ha dejado obsoletos los métodos anteriores de desempeño laboral.

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Responses

  1. Interesantísimo este artículo que nos permite entender algunas actitudes de la gente que nos rodea. El funcionar a través del premio y castigo en la educación parte de una buena intención cuya meta es formar alumnos motivados e independientes para que sean ciudadanos responsables y pensantes. Sin embargo, según estas líneas el resultado es todo el contrario. Nos deja mucho que reflexionar. Gracias Esperanza.
    Sylvie

    • Gracias a ti, Sylvie, por comentar y, principalmente, suscribirte a mi blog. La metodología basada en premios y castigos para generar conductas deseables funciona no solamente en casos especiales, como síndrome de down, deficiencias mentales, etc., sino también es eficiente hasta cierta etapa de la vida en el desarrollo. Pero conforme el niño se hace más consciente de las cosas y su entorno, debiera aproximarse a las personas, objetos y situaciones en base a su autoreflexión, contrastando los estímulos exteriores con su propia naturaleza, inclinaciones, motivaciones, deseos, impulsos, etc., a fin de, por un lado, poner en juego sus procesos mentales (de los que hablaré más adelante) y, por otro lado, superar la dependencia con quien(es) otorgan premios y castigos para más bien desarrollar la necesaria autonomía de pensamiento y criterio, como expresión de una firme autoconciencia.


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