Posteado por: Esperanza Jhoncon | octubre 17, 2011

El capitalismo y su desenlace―Parte V: El desenlace

El desenlace del sistema

Cuando se produjo el derrumbe del bloque soviético y la caída del muro de Berlín, la prensa corporativa internacional anunció durante varios días y semanas, bajo distintos esquemas de información, la derrota del comunismo y el fin de la era socialista en el mundo. El propósito de esta información reiterada no era otro que poner en evidencia que el capitalismo se había impuesto en el mundo y con este triunfo se ponía término a la guerra fría. Este manejo mediático del colapso del sistema socialista no sólo dio aliento al capitalismo para prolongar su existencia, sino que además permitió que se extienda con ímpetu en ciertos países no desarrollados, los cuales empezaron a adecuar sus sistemas de gobierno para atraer a los inversionistas o capitalistas transnacionales, es decir, aquellos que no les interesa negociar bajo éste o aquél régimen, sino que lo único que les interesa es asegurar la rentabilidad de su inversión en las mejores condiciones que se les ofrezcan.  Es así que, en efecto, seguimos inmersos en este sistema, un sistema que si bien agoniza en Occidente, funciona vigorosamente en Oriente, particularmente en China e India.

Pero no basta esta sola deducción pues el escenario internacional que tenemos ante nuestros ojos nos muestra otras variables que tienen enorme incidencia en el mundo de hoy, entre las que se incluyen:

(a)  Potencias económicas reconocidas como los Estados Unidos de Norteamérica, Europa y Japón, que atraviesan graves crisis financieras, una profunda recesión de sus mercados, alarmantes tasas de desempleo y reducción de las horas laborales, una clase media que sufre los estragos de la crisis y que los lleva a descender de estrato socioeconómico, episódicos movimientos sociales de protesta callejera y manifestaciones de oposición a sus gobiernos de turno.

(b)  Países emergentes como China, India y Brasil que han acusado recibo del desplazamiento del capitalismo a sus respectivos países, logrando capitalizar sus economías, adquirir o importar maquinaria industrial de los países industrializados y ahora exportan variados productos al resto del mundo a precios inferiores del mercado internacional, antes dominado por las llamadas potencias económicas. Tales precios bajos obedecen ciertamente a la mano de obra barata que aprovechan de su población, lo que por cierto los hace más competitivos, aunque a costa de no cumplir con los estándares de responsabilidad social fijados por la Organización Internacional del Trabajo.

(c)  El debilitamiento del poder de influencia de la Organización de las Naciones Unidas y su sistema conexo. La ONU cumplió con su papel de resguardar la seguridad mundial después de la II guerra mundial, pero hoy no solamente atraviesa por una enorme crisis presupuestaria, sino que principalmente carece de poder para dictaminar o emitir resoluciones capaces de ser acatados por los países del planeta. Obsérvense simplemente los casos de Israel e Irán.

(d)  El vacío de liderazgo mundial. Ni la ONU, ni EEUU, ni Europa, ni Rusia, ni China lideran el mundo contemporáneo. Nadie tiene la hegemonía mundial y el intento de conformar un mundo multipolar también ha fracasado. China ha sido tentada en repetidas ocasiones (particularmente, por EEUU) para que se constituya en un polo de poder político mundial, que de una u otra forma sustituya el papel que cumplía la ex–Unión Soviética, pues la época de esplendor del capitalismo coincidió con la época de la guerra fría. Pero China no ha caído en la tentación de la confrontación bélica o tensional. China no tiene aspiraciones de liderar el mundo. China sólo se ocupa de las negociaciones comerciales y mercantilistas con todos los países sin hacer diferencia en cuanto a los regímenes que éstos representan. China sólo quiere la paz para el desarrollo de su mercado interno y las necesidades de su nación.

(e)  La ampliación de la brecha de desigualdad socioeconómica en todo el mundo, poniendo en extremo peligro la estabilidad del sistema democrático, pues sólo una amplia clase media, así como una activa participación de partidos políticos representativos, son capaces de garantizar el funcionamiento y la vigencia de la democracia. Una pequeña minoría enriquecida frente a una enorme mayoría empobrecida, conformando los polos opuestos económicos, no tiene otro destino que la confrontación ―legado histórico de la revolución francesa― y, además, es obvio que una situación tal abona claramente al vaticinio de Marx, vale decir, que el capitalismo contiene en sí mismo la semilla de su autodestrucción: el enfrentamiento de clases sociales divergentes en intereses.

(f)   La creciente inseguridad en todos los niveles: mundial, regional y nacional. En teoría, las leyes están previstas para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Pero las organizaciones que operan al margen de la ley (cualquiera sea su carácter criminal: tráfico de narcóticos, de personas, de armas, etc.) han crecido exorbitantemente al punto que compiten entre sí por nichos de poder o se disputan jurisdicciones donde ejercer el delito. El desempleo formal o legal también contribuye a arrojar a ciertas personas a la práctica de la actividad ilícita, con lo cual la inseguridad de la sociedad civil se agudiza. Los propios estados nacionales se ven igualmente azuzados por el terrorismo internacional (o transnacional), cuyo único fin es generar una atmósfera difusa pero de permanente zozobra e inestabilidad ante una amenaza desconocida e incierta, pues no se sabe cuándo, cómo y dónde se va a concretar, precisamente para desorganizar el sistema y generar caos social.

El panorama no parece muy alentador. Es más, todas las señales indican que nos encontramos al filo del colapso o, en el mejor de los casos, frente a una situación de transición. Pero, ¿cuál será el desenlace de esta transición? Si somos optimistas, habremos de presuponer que nos dirigimos hacia un cambio superior, pues la humanidad siempre ha evolucionado hacia estadios más avanzados y no al revés. En consecuencia, nuestra economía puede no operar en la forma capitalista que hemos conocido, sino añadiéndole otro factor que tiene una incidencia determinante en el contexto mundial: la tecnología. En efecto, es obvio que la revolución tecnológica ha transformado los esquemas de vida de la población mundial. La automatización nos está conduciendo claramente a un “mundo de cristal”, con pantallas digitales donde sólo bastarían algunos sensores para accionar las cosas. Sin embargo, si la alta tecnología no ha ingresado todavía con fuerza a nuestro mundo contemporáneo postmoderno es porque hay marcados intereses de las grandes transnacionales capitalistas que inyectan dinero todos los años para mantener vigentes sus patentes y marcas registradas de vehículos, maquinarias, equipos, etc. que se volverían obsoletos con la avanzada tecnología que lanzaría productos no contaminantes, es decir, ecológicos, eficientes y cuya durabilidad no sea manipulada para obligar al consumidor a seguir adquiriendo artículos de corta vida.

Según todos los indicadores mostrados, el desenlace del capitalismo habrá de ser entonces la constitución de poderosos núcleos de poder tecnológico que, por cierto, ya se encuentran en varios países desarrollados a la espera de su despegue y, quizás, la conformación de bloques de poder combinados. Además, todo hace suponer que lo más probable es que estos centros de poder tecnológico operen independientemente de los estados nacionales, pues se hace cada vez más evidente que la tecnología ha superado a la política, la economía, la intelectualidad académica, e inclusive, la ciencia, y ha logrado que pierdan credibilidad y vigencia en el mundo. Pero aún quedan grandes incógnitas por aclarar: ¿Cómo operarán tales centros de poder tecnológico mundial? ¿Cómo se resolverá el problema de la pérdida irrecuperable de empleo masivo en todo el mundo? ¿Será el auto–empleo la variable constante? ¿Cuál será el destino del proceso de deshumanización postmoderna? ¿Tendremos un mundo al estilo de Cyberpunk con poderes que prolonguen las habilidades humanas básicas y/o, más bien, gran parte de la humanidad se verá reducida a la condición de servidumbre al estar sometida al poder tecnológico? ¿Tendremos acaso un acentuado capitalismo tecnológico como forma superior de la actual economía de mercado, que apunte a reducir los costos, incrementar la producción y, por tanto, el consumo? Cualquiera sea el resultado, cada vez se muestra con mayor claridad que ya está en marcha un cambio sustancial de los tradicionales modelos de poder y del esquema de vida de la población mundial.

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