Posteado por: Esperanza Jhoncon | octubre 12, 2011

El capitalismo y su desenlace ― Parte III: consumismo e instinto de posesión

La sociedad consumista ― El instinto de posesión

El  capitalismo ha generado un consumo masivo de productos, artículos, bienes, etc. Nadie se exime de adquirir alguna posesión que le reditúe al menos una satisfacción parcial o temporal.  Poseer objetos se ha convertido en una necesidad imperiosa e impostergable. El capitalismo ha creado un gran mercado donde el objetivo es negociar mercancías y reproducir el sistema. Hoy, sin embargo, los mercados de los países desarrollados están recesados, es decir, no hay ventas, no hay consumo. En estas circunstancias, muchos centros comerciales tienen que reducir personal, mantener al mínimo sus operaciones empresariales o, simplemente, cerrar sus puertas por quiebra en los negocios.

Pero este fenómeno de recesión económica no ocurre por ahora en los países llamados emergentes. Aquí, hay en ciernes una clase media en formación que consume en los mercados, almacenes comerciales, restaurantes, centros de atracción, etc. Aun así, con los mercados llenos y saturados de mercaderías en muchos lugares comerciales, no es posible generar un alto consumo. La circulación monetaria, mecanismo básico para la acumulación de capital, no es tan dinámica como antaño.

De la sociedad consumista se ha hablado y escrito mucho cuando la economía estadounidense era boyante. En aquél entonces la gente compraba, usaba, desechaba y volvía a comprar. Un polo ―incluso de buen algodón tejido― se usaba una sola vez para una excursión y luego era tirado a la basura porque era “más fácil” comprar uno nuevo que lavarlo. Después de dos años de uso de un vehículo se vendía casi como chatarra (o a precio muy desvalorizado) y se adquiría uno nuevo con más potencia y mejor tecnología. Los terrenos baldíos en los países desarrollados estaban llenos de aparatos de la línea blanca: lavadoras, cocinas, refrigeradoras, etc. que habían sido utilizados de dos a tres años. Las cosas ya han cambiado ahora. Hoy, los zapatos no se desechan, se llevan a la renovadora de calzado; los automóviles se reparan y no se cambian por otro nuevo; a los locales comerciales ingresan escasos clientes, etc.

Pero el afán de poseer sigue vigente porque es un instinto natural en el ser humano que, por cierto, gracias al capitalismo se fortalece, refuerza y potencia. Hay así una ansiedad persistente, manifiesta o latente, con respecto a poseer dinero, el mismo que ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin por sí solo. Sin duda, en el contexto capitalista, la posesión de dinero o capital representa un resguardo que brinda seguridad y garantía para mejorar la vida y el entorno.

Si observáramos detenidamente, con el nacimiento del bebé, notaríamos que éste es incapaz de percibirse a sí mismo como un ente (u objeto) independiente. El bebé siente que el pecho de la madre le pertenece. Ella es parte de él, pues no establece diferenciación de ningún tipo. De allí que Freud y Lacan definieran las “relaciones objetales”, como aquellas que se crean dentro de un proceso de madurez donde el niño ya es capaz de percibir a su madre como un objeto separado y diferenciado de él, y a sí mismo como un objeto independiente. Tal como los psicoanalistas han sostenido, en este proceso interviene la figura paterna quien ejerce como autoridad un rol de censura o represión, a la que el niño debe someterse. Sin embargo, el niño sustituye este instinto “edipiano” por otros objetos alternativos que él anhela poseer, vale decir, hacer suyos. Inclusive, en su lenguaje aparece tempranamente la expresión: “(esto) es mío”, que no refleja sino su ansia de posesión.

En las relaciones de pareja, por ejemplo, también se verifica este instinto de posesión. El hombre (y también la mujer) asume que su pareja constituye su propiedad, que puede disponer de ella y decidir por ella. Éstas son las relaciones enfermizas de dependencia exclusiva que reproducen el esquema de relación madre–hijo, y que constituye un obstáculo para el establecimiento de relaciones saludables y maduras. La dependencia en las relaciones interpersonales, donde una de las partes se subordina al otro, no tiene otro futuro que el dolor, el odio, el resentimiento y, finalmente, el quiebre de la relación. ¿La razón? Nadie es propietario de nadie, pues hace mucho que la historia de la humanidad dejó atrás el esquema de relación esclavista (aunque subsisten formas soterradas de esclavismo en varias partes del mundo).

En consecuencia, el consumo no sólo está relacionado con los instintos básicos de supervivencia o conservación de la especie, también está ligado a la posesión, al deseo de propiedad o de apropiación. Basta mirar alrededor y veremos que mucha gente vive con más de lo que necesita para vivir y, en contrapartida, demasiada gente vive con menos de lo necesario para subsistir. No obstante, las desigualdades económicas, sociales, culturales y educativas existen en absolutamente todos los países del mundo. La utopía de la igualdad es sólo eso: una utopía, que no hace mucho pretendió llamarse “comunismo” y que Marx vaticinó que se implantaría en las sociedades desarrolladas (en las actuales circunstancias, no parece desatinado preguntarse si cabe una revolución en el centro más representativo del capitalismo: los Estados Unidos de Norteamérica, dada su situación de estancamiento), pero lo cierto es que el legado marxista sólo tuvo resonancia en los países no precisamente desarrollados, es decir, que no habían acumulado riqueza y, por lo tanto, no tenían mucho o nada que distribuir. Si bien es cierto que no es posible en modo alguno la igualdad absoluta en términos económicos, porque “a cada quien según su trabajo, su capacidad y responsabilidad”, la abismal diferencia de ingresos daña la sensibilidad humana. Éste es un problema que el estado capitalista continúa siendo incapaz de resolver y, como consecuencia de esta ineptitud, vivimos todos en una inseguridad permanente y alarmante, porque la delincuencia o quienes se colocan al margen de la ley exponen con creciente virulencia los dos instintos más dañinos y peligrosos de la naturaleza humana, y los más difíciles de controlar, manejar o canalizar: el instinto de posesión y el de agresión. Pero también son los más potentes en su capacidad para generar cambios radicales y transformaciones de orden superior, siempre que vayan anexados o asociados a otras variables a favor o circunstancias externas que propicien tales cambios y transformaciones. Así es como se han construido grandes transnacionales, se han introducido marcas y patentes comerciales, se han levantado enormes corporaciones económicas y financieras, y se han impuesto los avanzados sistemas tecnológicos en el mundo de las telecomunicaciones.

¿Quiénes y qué instancias sociales son las llamadas a canalizar esos instintos que subyacen en la naturaleza humana? En primer lugar, hay que tener en cuenta que hablamos de “canalización”, es decir, utilización de medios para enrumbar, orientar, dar curso saludable y constructivo a los instintos de posesión y de agresividad, y no nos referimos a la represión o el control que pueda ejercerse sobre ellos de manera coercitiva. En segundo lugar, como cualquiera de los instintos humanos, éstos deben educarse y encaminarse desde la temprana infancia, pues conforme el niño crece y alcanza la adolescencia sin los frenos y mecanismos de autocontrol frente a las frustraciones, fracasos, decepciones o pérdidas, los instintos también se desbordan y pueden llegar a extremos altamente nocivos como la violencia, la criminalidad, etc. debido a la falta de los límites que la coexistencia pacífica exige.  En consecuencia, queda claro que empezando por la familia y los medios de comunicación masiva (que son las instancias más cercanas al desarrollo humano), todas las otras estructuras de poder del sistema capitalista descritas en la segunda parte de esta serie, tienen gran responsabilidad en la canalización y el manejo de los instintos humanos.


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