Posteado por: Esperanza Jhoncon | octubre 5, 2011

El capitalismo y su desenlace ― Parte II: Las estructuras de poder

Las estructuras de poder del sistema capitalista

Ya son muchos los autores que se han ocupado con sobresaliente detalle de las estructuras de poder con que cuenta el sistema capitalista para mantener su vigencia y dominio como orden económico que rige las vidas de la mayor parte de la humanidad. Claro que también hay voces que claman por un nuevo orden económico mundial más justo, sin que hayan alcanzado aún mayor trascendencia. En consecuencia, este trabajo no se extenderá en la descripción y análisis de tales estructuras que sostienen el sistema capitalista. Simplemente haremos una revisión abreviada de ellas, considerando su papel en la sociedad contemporánea.

El sistema financiero

La “misión” del capitalismo es promover el crecimiento económico, el cual se mide por los indicadores económicos, el PBI, la estabilidad de precios en función de la ley de oferta y demanda, la tasa de inflación, el estándar de vida de la población, el empleo de la capacidad instalada, entre otros factores. Para conseguir estos objetivos el capitalismo se vale de la circulación de capital que tiene como principal eje movilizador del dinero a la cadena nacional (o mundial) del sistema bancario, cuya función como intermediario consiste en usufructuar de aquellos clientes ―personas naturales o jurídicas― para obtener beneficios económicos a través de tasas de interés, cartas de crédito, etc.

Actualmente el sistema financiero de cada país está, por decir así, regulado internacionalmente; vale decir, que los países difícilmente pueden salirse de los estándares fijados por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Desde luego que la mayoría de países del mundo se suscribe a esta entidad con el propósito de ser sujetos de crédito y, como contrapartida, el resto de países–miembros exige de cada país comprometerse en asegurar la estabilidad económica mundial. En tal sentido, los países están presionados a equipararse con los estándares económicos antes señalados, siendo sujetos asimismo a evaluación constante por parte de las calificadoras internacionales. En las condiciones actuales, por acuerdo con el FMI, los países–miembros se han comprometido a encarar de la mejor manera posible la crisis mundial y a evitar que la recesión se agudice. No obstante, los niveles de inestabilidad monetaria son tan altos que en el caso del dólar, como patrón monetario antes irrebatible, continúa desde hace buen tiempo perdiendo terreno y vuelve a ser más confiable la onza de oro y, en menor medida, la plata.

El estado nacional

Probablemente desde el “New deal” de Roosevelt que si bien no significó ninguna revolución ni política ni económica en EEUU, logró establecer sin embargo el modelo de “estado benefactor” para el resto de países, pues el estado se hizo entonces cargo respecto a que su función no solamente era gobernar y administrar el país, sino también incluía proveer asistencia social a los grupos sociales más vulnerables. Este modelo ha funcionado ―y sigue funcionando a pesar de las deficiencias a causa de la recesión― particularmente en los países desarrollados. Los países no industrializados tratan de emular este modelo de estado, pero confrontan una excesiva carga de problemas de toda índole: algunos, en cuanto a la legitimidad de representación; otros, referidos al enorme tamaño del aparato estatal; otros, traducen problemas de arraigada corrupción; otros, prolongan su existencia con un centralismo crónico, empujando hacia la marginalidad a grandes zonas del país; otros, carecen de solvencia presupuestal para afrontar los problemas nacionales, etc.

Como hemos señalado en otros artículos, los llamados países en vías de desarrollo ―algunos de los cuales son llamados “emergentes”― no lograron constituir el estado–nación como construcción estructural unitaria e internamente articulada. La globalización se les adelantó y ahora no les queda otra opción que funcionar de manera fragmentada frente a otras áreas geográficas pertenecientes a otros territorios nacionales. Por lo tanto, la tarea que tienen ante sí es doble: tanto en la construcción y desarrollo del frente interno, como en el establecimiento de sólidas alianzas de diverso orden con el frente externo. Si ambos frentes no son trabajados eficientemente y a cabalidad, los riesgos de inestabilidad se incrementan para el propio estado nacional. No obstante, para cumplir con ambos cometidos, es imperiosa la necesidad de emprender la reforma del estado a fin de crear una estructura dinámica, flexible y eficiente.

La industrialización y el mercantilismo

Decíamos en el ensayo anterior que la revolución industrial fue obra del empuje agresivo (agresividad constructiva) de aquellos países que tomaron la iniciativa y asumieron el riesgo de convertir las materias primas en productos manufacturados añadiéndoles valor agregado. Con este mecanismo económico, que procuraba el enriquecimiento de los inversionistas, aparecieron las numerosas fábricas: automotriz, metal–mecánica, maderera, textil, confección de prendas de vestir y calzado, etc. Con las inversiones de capital en todos los sectores de la producción fue posible a su vez la inversión en infraestructura y servicios básicos para la población, desarrollándose así las microrregiones y formando un tejido social y económico para el intercambio mercantil–comercial. La población empezó a adquirir productos y artículos de uso industrial, comercial o doméstico y se creó un gran mercado interno, y seguidamente, transnacional para ampliar las ventas y el consumo.

Con el proceso de industrialización y el intenso mercantilismo se generó asimismo la especialización del trabajo. Los empresarios apuntaron a la formación de profesionales y técnicos con especialidad en alguna materia específica que fueran completamente funcionales al sistema. La filosofía del conocimiento integral fue desapareciendo de los centros universitarios, para formar “especialistas” que se adecuaran a las necesidades del mercado cada vez  más creciente, y abastecer igualmente a una clase media que iba creciendo en tamaño, gracias también a una dinámica generación de empleo masivo.

El sistema jurídico

Nos referíamos también en el ensayo sobre agresividad que fue necesaria la creación una normativa legal de carácter punitivo–sancionador para aquellos actos delincuenciales, criminales o reñidos con el orden social. Pero, en el marco del capitalismo, no era suficiente incidir sobre la conducta de los individuos, sino determinar también si estas conductas atentaban contra el derecho de propiedad sobre los bienes de las personas naturales y jurídicas. Una legislación específica que protegiera la propiedad se hizo entonces absolutamente necesaria. En tal sentido, las leyes fueron ampliadas y reforzadas para garantizar la inviolabilidad de la propiedad privada, de la misma manera que se han creado instancias que velan por las marcas o patentes registradas, sean éstas de carácter industrial, científico, tecnológico, comercial o intelectual. Las leyes protegen actualmente el derecho de propiedad de los objetos tangibles e intangibles, asegurando legalmente a sus dueños o autores de cualquier usurpación al margen de la ley.

El sistema jurídico en el capitalismo también ha creado un orden tributario que obliga a todas las personas naturales o jurídicas a desembolsar un porcentaje variable de los ingresos que percibe con el propósito de sostener económicamente el aparato estatal y su presupuesto de operaciones. No obstante, en los países menos desarrollados, donde el porcentaje de informalidad es significativamente alto, los impuestos sólo reposan sobre quienes se encuentran bajo control formal, mientras que existe en estos países un alto grado de circulación monetaria que tiene orígenes ilícitos, como el narcotráfico, el contrabando, el tráfico de armas, etc. El sistema capitalista no ha logrado aún controlar estas deformaciones o lacras del sistema, ni tampoco ha podido hacer frente al enorme porcentaje de evasión impositiva.

La educación

Mientras subsistía el espíritu de soberanía y orgullo nacional, muchos estados se ocupaban de proveer a su población escolar de los mejores niveles escolares posibles, promoviendo además el patriotismo a través de los símbolos más representativos y las lecciones incluso de carácter militar y la historia nacional, contrastada muchas veces con los estados fronterizos. Por aquél entonces, en el Perú existían destacadas instituciones educativas, las cuales eran llamadas: “grandes unidades escolares” (GUE), las mismas que contaban con docentes altamente calificados y los alumnos tenían un régimen de estudio completo que ocupaba tanto las horas de la mañana como las tardes, incluyendo las mañanas de los sábados. Pero, conforme la población escolar fue creciendo, el estado optó por declararse incapaz de sostener el nivel de enseñanza–aprendizaje de los alumnos, y dichos centros fueron divididos en dos turnos de enseñanza para albergar al doble de alumnos, con lo cual no sólo se vio mermada la calidad de la enseñanza, sino que la infraestructura educativa se vio expuesta a un acelerado proceso de deterioro.

La situación de la educación estatal no ha mejorado. En su lugar, el estado ha transferido esta función al sector privado, concediendo licencias de funcionamiento a diestra y siniestra, aperturándose así todo tipo de colegios, institutos y universidades, que han convertido a la educación en un negocio altamente lucrativo, aprovechando precisamente que los padres de familia se ven obligados a invertir por este concepto en la esperanza de un futuro mejor para sus hijos.

¿Qué se enseña en los colegios o escuelas y cómo se enseña? Son preguntas claves para determinar cuánta voluntad y disposición tiene el estado para trabajar por el futuro de los niños y jóvenes que son realmente el futuro del país. Si el estado nacional da poco por la formación de sus futuros ciudadanos, poco también es lo que obtendrá el país de ellos. Ningún país que no invierta decididamente en su recurso humano, puede esperar un futuro promisorio para la nación entera. La mayoría de países desarrollados ha realizado grandes inversiones en la educación de su población. De allí que los egresados de una formación de primer nivel hayan sido capaces de generar fuentes de capital para incrementar las inversiones en todos los terrenos de la actividad económica. La férrea convicción en el capitalismo ha tenido siempre en la mira la formación educativa de los ciudadanos para asegurar la perpetuidad del sistema.

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