Posteado por: Esperanza Jhoncon | septiembre 22, 2011

El impacto del instinto de agresividad en el desarrollo humano–Parte II

El uso constructivo y destructivo de la agresividad.

Bien es sabido que Freud definió el mecanismo de sublimación como el proceso psíquico capaz de canalizar positivamente el instinto sexual, permitiendo así que el sujeto se oriente hacia fines altruistas, intelectuales, artísticos o científicos. Sin embargo, la canalización del instinto de agresividad no encuentra razones para adoptar el término de “sublimación”, pues la agresividad no tiene nada de sublime. A mi modo de ver, la agresividad se muestra en dos vertientes, y estos dos lados antitéticos de la agresividad conforman, al mismo nivel, las dos caras de una misma moneda; vale decir, que la agresividad es capaz de tener una valencia positiva y otra negativa, según el uso que quiera darse o según cómo se encamine y canalice este instinto. Está demás decir que la valencia negativa es la responsable del uso altamente destructivo de la agresividad en todas las esferas de la vida humana. Las guerras acontecidas a lo largo de la historia de la humanidad han tenido a la agresividad como eje fundamental de su ocurrencia. Inclusive, hasta la fecha, nuestro mundo nunca ha dejado de experimentar guerras. Habría que asumir entonces que Immanuel Kant tenía razón cuando señalaba que la historia de la humanidad es la historia de las guerras. Muy a pesar de los esfuerzos por la paz, el mundo está colmado de armas altamente destructivas, desde las convencionales a las no–convencionales como las armas químicas, biológicas y nucleares, las cuales siguen produciéndose, ensayándose y perfeccionándose. Los ejércitos  de cada país ―que tienen el monopolio del uso de las armas― son los exponentes directos de que el instinto de agresividad se encuentra en la base misma de la naturaleza humana. La agresividad está institucionalizada en las fuerzas armadas y policiales de todos los países, aunque su carta de presentación exprese que son los custodios de la paz. En la práctica, el poder bélico de cada ejército se traduce en la potencia armamentística que posee. Quizás Costa Rica sea el único país que haya renunciado constitucionalmente a contar con unas fuerzas armadas; no obstante, recientemente ante la disputa territorial con Nicaragua se ha visto obligada a pedir ayuda militar a Estados Unidos de Norteamérica basándose en un acuerdo marítimo conjunto. Está claro entonces que no se puede cancelar unilateralmente la agresividad, pues brota fácilmente ante circunstancias o personas que se colocan en situación vulnerable. Por consiguiente, tal parece más bien que para alcanzar un estado de neutralidad, hay necesidad de llegar a entendimientos y acuerdos consistentes, así como desarrollar mecanismos de protección que garanticen la aspiración por la paz entre los estados.

Pero decíamos líneas más arriba que la agresividad tiene también una valencia positiva ¿cómo es posible verificar esta afirmación? Sin duda, algunos docentes pueden testimoniar que asignando responsabilidades y funciones, así como concediendo reconocimiento público, un joven agresivo puede convertirse en un líder carismático y positivo, digno de respeto y admiración. Simultáneamente, en el plano colectivo, grupal o social también nos es posible constatar que la agresividad tiene su vertiente constructiva. En efecto, la agresividad ha sido también el motor de las grandes transformaciones de la civilización. Estadios superiores de civilidad no se han logrado gracias a la libido sublimada, sino a la fuerza muscular que ha sido capaz, por ejemplo, de encargarse de domeñar la Naturaleza y la fiereza de los fenómenos naturales (tornados, vientos huracanados, inundaciones, tempestades, etc.) para ponerla al servicio del género humano y hacer de nuestro habitad un espacio ordenado y organizado. La agresividad también ha sido el impulso básico y decisivo para la creación de la revolución industrial y tecnológica en los países donde ha primado la capacidad para canalizar constructivamente la agresividad. Ahora, sin embargo, esos países tienen desde luego que hacerse cargo de la basura industrial y tecnológica que han generado, contaminando el medio ambiente, y no adscribir tal responsabilidad a los países no desarrollados, ni limitar injustamente sus opciones de desarrollo (aunque éste es ya otro tema).

El papel de la religión y la educación en la agresividad.

Es interesante señalar que los países cuyas poblaciones practican principalmente el protestantismo, como las naciones europeas y los Estados Unidos de Norteamérica, son las que han alcanzado el más alto nivel de desarrollo que registra la historia. Me pregunto entonces si el factor oposición al poder del dogma legitimado ―que corresponde a la iglesia católica y el Vaticano― no tendrá acaso incidencia en una mayor capacidad para expresar y desplegar el instinto de agresividad, y convertirlo a su vez en una fuerza constructiva. En los países mayoritariamente católicos, como los que pertenecen a la región latinoamericana, la agresividad está mal vista, no se tolera, inspira temor, e inclusive, espanto; y por lo tanto, nunca se la ha asumido como una variable capaz de incidir decisivamente sobre la transformación de la sociedad, canalizándola apropiadamente y en su justa medida. La influencia de la religión cristiana ha sido absolutamente determinante en la población menos favorecida por el desarrollo. El cristianismo ha inducido a la población a la sumisión, la pasividad, al conformismo y a la anulación del instinto agresivo. Le ha remarcado a los feligreses que “si te dan una bofetada en una mejilla, pon la otra”, y con este proceder “ganarás el reino de los cielos” (recompensa). Las imágenes de la “pasión de Cristo” siendo golpeado, azotado, torturado y humillado, es decir, agredido violentamente por sus verdugos romanos se repiten todos los años, y se transmiten de generación en generación.

La práctica religiosa cristiana en casi todas las escuelas de las sociedades de América Latina está muy extendida y aceptada. Los representantes de la iglesia católica desempeñan un papel educativo clave en la población escolar. Todos los niños son educados bajo el principio de fe, y la fe no se cuestiona ni se razona, sólo se acepta por un acto de convicción hacia la autoridad que representa la iglesia. Los niños son bautizados desde que nacen, y durante su época escolar son preparados para la primera comunión y luego la confirmación. Asisten a los ritos católicos, muchas veces, no necesariamente respaldados por una toma de conciencia, sino como un acto consuetudinario, pues constituye un modelo de ejercicio de la espiritualidad en la escuela tanto como en sus propios hogares. La reiterada declaración, que no admite cuestionamiento alguno, respecto a que “Cristo murió en la cruz por nosotros” no tiene otro propósito que introducir la vivencia de culpa, y los culpables, como antes decía sobre la base de la óptica psicoanalítica, merecen castigo. Éste es el pilar de la educación alrededor del cual se construye en el Perú ―y otros países latinoamericanos― la postura de sumisión condicionada externamente para anular o hacer abortar la expresión de los instintos humanos. Pero, desde luego, como todo instinto coartado en sus fines busca una descarga subrepticia. La sumisión es sólo aparente y esconde tras sí su verdadera condición biológica, quizás más acentuada en tanto en cuanto el instinto se halla sometido a la prohibición, es decir, a la imposición de un control desde afuera. No obstante, cuando este modelo de comportamiento se reproduce de una generación a otra en forma reiterada, podemos afirmar que dicha postura de sumisión se convierte ya en un producto genético. Y, en efecto, la disposición hacia el sometimiento está enraizada desde la época de la colonia, y ha desempeñado una función completamente nefasta, ya que ha conspirado contra el desarrollo del país. J.C. Mariátegui decía que los peruanos “tienen el cansancio de los que no hacen nada”, para referirse precisamente a esa postura de abandono de sí mismos y de su entorno. La gran pregunta que aquí cabe es ¿cómo cambiar ese estado de cosas? ¿Estaría dispuesta la población peruana a cambiar parte sustancial de su estructura comportamental?

Los instrumentos de control de la civilización.

El principal instrumento de control de la civilización occidental es, qué duda cabe, el sistema jurídico. Las leyes han sido ideadas para controlar y frenar en forma directa el instinto de agresividad, debido a su potencia nociva, dañina y perturbadora de la sociedad y la convivencia humana. La constitución y las normas legales castigan, penalizan y sancionan toda manifestación o acto de agresión. Lo mismo hacen los padres y maestros frente a los diversos grados en que se expresa la agresividad, particularmente cuando irrumpe violentamente con el orden establecido.

Efectivamente, son los aparatos de control institucional los únicos medios diseñados para garantizar la paz, el orden, la estabilidad y la seguridad. Pero las formas de control que se ejerce sobre la agresividad no son las mismas en todas las regiones del planeta. ¿De qué depende que en ciertos países no se vea ningún solo efectivo policial en la calle, mientras que en el Perú por ejemplo tenemos policías en todos los cuellos de botella del tránsito de vehículos, en las instituciones públicas y privadas, en los hoteles y centros de recreación, en los colegios privados, en los centros comerciales, etc.?  Nos sería sencillo afirmar y establecer la interrelación entre paz, orden, estabilidad y seguridad con el nivel educativo que alcanza la población. No obstante, no basta la educación por sí sola, también se requiere una sociedad organizada, donde el cumplimiento de las normas permita predecir el comportamiento de las personas. Sin embargo, hay países donde su población “ha aprendido a sacarle la vuelta a la ley”, y por ello la conducta deja de ser predecible. Estas sociedades permanecen desde luego inestables, difusas (o confusas), desorganizadas, desordenadas y, desde luego, también vulnerables. En las sociedades avanzadas, las cámaras de vigilancia reemplazan a los policías; pero además y sobre todo existe en tales países, por un lado, un alto nivel de concientización en relación al acatamiento de la ley y, por otro lado, han construido un sistema estatal de poder tan bien estructurado y articulado que resulta inquebrantable. No es realmente visible a simple vista, pero opera de manera efectiva. El reciente caso del movimiento callejero en Inglaterra es un ejemplo. La alteración del orden establecido se prolongó sólo unos pocos días, pero luego de la protesta catártica todo volvió al usual estado de normalidad. Es por cierto una cuestión que asegura el establishment.

El caso de China es distinto: los controles funcionan esparcidos en todas las instituciones, las provincias y la población en general. El partido comunista chino ha ocupado literalmente cada porción del territorio del país, y sus cuadros partidarios ejercen la labor de supervigilar el funcionamiento de la sociedad, pero también, y como contrapeso, han logrado que la población se mantenga ocupada todas las horas de vigilia, sea en los estudios, el trabajo, los negocios, o en sus metas competitivas de lucha incesante y tenaz por alcanzar un reconocimiento social y/o colectivo, y de ese modo salir de la masa anónima. Son muchos los que están empeñados en esta carrera y el estado estimula, premia y recompensa a quienes ponen en juego este perfil de ciudadano: laborioso y persistente en los propósitos considerados deseables por la sociedad. Paralelamente, no sólo los dirigentes comunistas y los líderes políticos desarrollan la labor de control poblacional, sino también ejercen una labor de persuasión constante por el orden aquellos ancianos de reconocida vida correcta, los maestros y consejeros de la colectividad, y cualquier adulto que tenga perfectamente asimiladas las aspiraciones de la sociedad china como nación unitaria y solvente. Así funciona China, como un coloso que tiene bien asidos a su seno sus recursos, sus componentes y sus metas. Sobre la base de una conveniente canalización del fuerte instinto agresivo, China ha logrado que sus ciudadanos practiquen el autocontrol o la autocensura. Pero no hay que olvidar tampoco que ninguna sociedad tiene garantizada su estabilidad. En el caso particular de China, tal estabilidad puede quebrarse en tanto en cuanto los dirigentes políticos ya no sean capaces de satisfacer las demandas de la población, con lo que perderían legitimidad (los líderes chinos son conscientes de su labor de representación para sostener su legitimidad, y son también plenamente conscientes de las implicaciones que tal función entraña en la nación que todavía cuenta con la más alta población mundial).

La función del estado y los políticos.

Queda claro que el instinto de agresividad es una condición biológica y genética que determina el carácter poblacional. Pero la historia y los condicionamientos inducidos no pueden obviarse. En sociedades que han sido invadidas, arrasadas, y su cultura y modus vivendi han sido destruidos, como en el caso de los nativos indios de Estados Unidos de Norteamérica o Canadá o Australia, y para no ir muy lejos, los propios nativos e indígenas del territorio peruano, el instinto de agresividad ha sido realmente aniquilado y bloqueado, la organización social ha sido derrotada, y gran parte de su población original ha sido exterminada. Quedan los restos, rezagos o huellas de ese mundo indígena. Muchos están en completo abandono, otros en estado de postración, otros deambulando de un lugar a otro como buscando una salida, otros arrinconados en su soledad y aislados del mundo, otros más, dedicados al vicio del alcoholismo o a conductas negativas e ilícitas de todo tipo. Son por cierto los derrotados, los vencidos por el conquistador en las guerras destructivas de invasión, donde se medían en fuerzas claramente desiguales.

¿Por qué Alemania y Japón, siendo potencias derrotadas en la II guerra mundial, lograron levantarse como naciones imponentes y superar el trauma de la guerra?  Precisamente porque las potencias aliadas, lideradas por Estados Unidos de Norteamérica, si bien destruyeron el poderío militar de esos países, fueron incapaces de destruir la fuerza biológica motriz o el instinto de agresividad de esas poblaciones. Y, no sólo el instinto de agresividad quedó intacto, sino también la capacidad organizativa de dichas sociedades. Por eso se reconstruyeron y son lo que hoy, a pesar de la recesión mundial, naciones organizadas en lo político, social y cultural, además de poseer solvencia y autonomía económicas.

El caso de China es particularmente especial. China fue efectivamente país vencedor de la invasión japonesa, donde millones de chinos murieron en esa guerra prolongada que además dejó un país desecho en la más honda destrucción y el caos total. No fue nada fácil levantarse de la miseria y la hambruna. Inclusive, después de la salida de los japoneses, mucha sangre siguió corriendo porque al interior de China se disputaban dos fuerzas: las del kuomindang y las del gongchandang, es decir las fuerzas nacionalistas y las comunistas. Vencieron estas últimas, porque la población le dio su respaldo y la legitimó en el poder. Hoy, después de concluir la guerra civil a mediados del siglo pasado, las dos fuerzas pueden lucir sus logros económicos y comerciales, pero subsiste hasta nuestros días la rivalidad político–ideológica. Con todo, lo más importante a destacar, se resume en la pregunta ¿de qué ha dependido esta fuerza constructiva? Desde nuestra óptica, la respuesta está en que, a pesar del conflicto que la guerra civil china ha dejado pendiente, la población en general no sólo se ha apoyado en la valencia positiva de su instinto de agresividad, sino también en su capacidad e intensa necesidad de organización social. De ambos factores ha dependido sin lugar a dudas sobreponerse a la destrucción y alcanzar desde hace tres décadas un importante papel económico en el mundo.

En consecuencia, nuestro análisis nos revela la extraordinaria importancia de la legitimidad del estado. Es obvio que un estado adquiere incuestionable legitimidad cuando es capaz de integrar a toda su población, enlazándola entre sí sin exclusiones; cuando es capaz de fijar el horizonte de la formación educativa, señalando las líneas maestras del rumbo para los educandos; cuando es capaz de formar un tejido económico y comercial articulando a todos los componentes, regiones y sub–regiones del país para formar una nación; cuando es capaz de conectar a toda la población a través de vías de comunicación para que se desarrolle un mercado interno o un mercado nacional; cuando es capaz de dar protección y sanidad a la población más vulnerable en su seno; y, en relación al tema objeto de este ensayo, cuando es capaz de señalar las rutas por donde debe canalizarse la agresividad natural de la población, sin represiones, sino con mecanismos de expresión constructiva, viables y efectivas que apunten asimismo a ideales compartidos y a metas comunes.

Pero para alcanzar los fines antes mencionados, un estado legítimo debe ante todo representar a cabalidad e íntegramente los intereses de la población por medio de políticos intachables e impecables tanto en su práctica política y profesional como también en el terreno personal y moral. El liderazgo se resquebraja y debilita cuando la población constata actos de corrupción o actos reñidos con la moral, los cuales desgraciadamente gracias a la prensa de investigación y el crecimiento de la burocracia estatal se han generalizado en muchos países del mundo. El liderazgo tal como fue concebido ha caído mayormente en el descrédito, a causa de la falta de convicción y compromiso para dirigir los destinos de los ciudadanos comunes. Dos graves problemas deben trabajarse con ahínco en un país como Perú: (a) la falta de valores colectivos consistentes con la realidad concreta del país, y (b) la carencia de una sociedad organizada en los aspectos claves del desarrollo, tales como: infraestructura y servicios básicos, vías modernas de comunicación, formación de un tejido social para el intercambio comercial, educativo y cultural, y sobre todo eficiencia y eficacia en el aparato estatal, reduciendo su tamaño y reformando tanto tu estructura como sus funciones para delegarlas a la sociedad civil. Una nación que se precia de serlo debe asumir retos y adoptar la iniciativa de cambio, superando el entrampamiento que genera la rutina burocrática. La acción de asumir retos, adoptar iniciativas y emprender cambios implica justamente poner en marcha la valencia constructiva del instinto de agresividad. El Perú y otros países en desarrollo tienen esta opción de desarrollo a pesar de los estrechos márgenes que deja la actual globalización en el mundo.

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