Posteado por: Esperanza Jhoncon | septiembre 11, 2011

El peso de la descalificación institucional

Las más poderosas instituciones sobre las cuales se asienta la sociedad contemporánea ya no protegen al individuo y la familia.  El estado, la iglesia, el sistema jurídico, la escuela y su sistema educativo, las fuerzas armadas y policiales, los partidos políticos y las organizaciones de todo tipo, incluyendo los medios de comunicación, declaran en sus estatutos que su misión es salvaguardar, defender y/o custodiar de una u otra manera los intereses y necesidades del individuo y la familia.  En la mayoría de países ―industrializados y no industrializados― tales instituciones se han ido robusteciendo con el paso del tiempo, adquiriendo una incuestionable “legalidad”, actuando como un poder de control y sobre todo garantizando las normas de civilidad que la condición de civilización a la que pertenecemos involucra. A este proceso le llamamos “formalización”, es decir, la incorporación al circuito legal y la adquisición de una personería jurídica que está muy por encima de la condición de “persona natural”, pues supuestamente permite mayores ventajas operativas dentro del sistema, así como el reconocimiento legal para actuar de manera oficial y sin intermediarios.

El sometimiento del individuo y la familia.

El individuo y los miembros de su familia no tienen otra alternativa que sujetarse a las normas de funcionamiento que el sistema tiene previsto para todos los ciudadanos que comparten un territorio. De eso se trata la coexistencia pacífica, y hay dos instituciones encargadas de velar de manera directa que este principio se cumpla. Éstas son las que siguen.

La educación

Originalmente, la familia constituía el núcleo fundamental de la sociedad y tenía la supuesta potestad de delegar en la escuela y los maestros la educación de sus hijos. Así fue concebida la educación: como el instrumento y espacio para que los hijos se eduquen conforme a las necesidades de desarrollo y progreso individual, familiar y colectivo. Pero hoy la familia opera en función de la escuela y no al revés. La familia tiene que adecuarse a las códigos de conducta y actuación que fija la escuela. La educación se ha convertido en un vehículo de poder. Los padres hacen esfuerzos extraordinarios para costear los gastos que demanda la educación de sus hijos en la esperanza que ellos adquieran un mejor porvenir al que poseen. Es común ahora ver cómo los centros educativos lucen una infraestructura muy superior a la que tenían cuando iniciaron sus operaciones. Son visibles y espectaculares algunas grandes y modernas construcciones. 

Pero no sólo se trata que subrayemos los aspectos formales que dominan el panorama de la relación “familia―escuela”. Más importante aun es el significado y el efecto que supone actualmente la estructura y funcionamiento del sistema educativo. La educación y todo su esquema institucional demanda de los educandos obtener logros (achievements). Los logros, las altas calificaciones, los premios y compensaciones en honor al mérito, así como el éxito en el rendimiento educativo son ciertamente para unos pocos. El resto debe conformarse con formar parte de la masa amorfa, son los mediocres disminuidos en su gran mayoría; pero, eso sí, sometidos a los discursos publicitarios que los alientan a obtener logros y reconocimiento si se registran en tal o cual institución educativa. Los jóvenes están pues atrapados en la lógica de conseguir logros a riesgo de ser descalificados tanto por los señores de la educación como por sus propios padres.

La religión

En el marco de indefensión en el que se encuentran los sujetos es fácil que opten por adherirse a cualquier culto religioso. Numerosos cultos de carácter religioso han proliferado recientemente y se expanden crecientemente con nada tímida notoriedad (la sociedad post-moderna protege desde luego el derecho a la libertad de cultos). Pero la religión que debiera constituirse en un vehículo del desarrollo de la espiritualidad en los seres humanos, se ha convertido en una plataforma para generar una relación de dependencia casi adictiva o de ciego apego (attachment). Para muchos jóvenes ha significado la sustitución de la adicción a determinados vicios nocivos (drogas, alcohol, apuestas, etc.) por la práctica de algún culto que le promete la salvación y la eternidad, e inclusive, la inmortalidad.

Tales relaciones de sometimiento también contribuyen a descalificar al individuo como sujeto creador y pensante, pues es evidente el estado de “robotización” que han adoptado, pretendiendo escapar precisamente de sus impulsos más primarios y mostrando una fachada de “iluminado” o “bendecido” por los credos que dicen abrazar.

Las otras poderosas instituciones también cumplen su cometido de someter al individuo en favor de la civilización (como sostenía Sigmund Freud casi un siglo atrás). No obstante, como toda acción de control tiene como resultado dos vertientes antinómicas: por un lado, la vulnerabilidad o fragilidad de una masa de individuos y, por otro lado, el desenfreno ilimitado de otro sector de la población que no tiene reparos en quebrantar las normas más elementales de convivencia pacífica. Frente a esta antinomia que la misma sociedad civilizada ha creado con sus instrumentos de poder, no sólo la familia ha perdido en solvencia y se ha debilitado (pues, incluso los propios hijos también descalifican a los padres, lo mismo que ellos y la escuela descalificaron en su momento a esos hijos), sino que igualmente, y al mismo tiempo, asistimos hoy a un claro deterioro de las instituciones rectoras de la sociedad civilizada, las mismas que por cierto nunca llegaron a consolidarse en una república como la nuestra, que se ha caracterizado siempre por una vida institucional frágil e inestable.

Con lo antes expuesto, no nos queda otra conclusión que reconocer que en pleno siglo XXI la minimización del género humano está en marcha, así como la cuasi destrucción de la familia como concepto y contenido.

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